Lecciones aprendidas

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El 26 de junio de 2013, publiqué mi primer artículo en www.eticaysociedad.org. Cuando apreté el botón para enviar el primer post no tenía ni idea de a dónde me llevaría esta aventura de aprendiz de escritor. Por formación y por cultura, esta era la última ocupación que podría haber pensado años atrás. Ahora, escribir es una de mis pasiones que más disfruto. Así es la vida, nunca digas: “de esta agua no he de beber”.
Ahora, con más de doscientos artículos publicados (de hecho este es el número 201), las cosas son diferentes. Nunca pensé que escribir un blog me pondría en contacto con tanta gente interesante y sorprendente. Tampoco imaginé que varios de estos artículos aparecerían publicados en varios medios escritos de diferentes países.
En estos más de tres años, solamente centré mi atención en aprender. Intentar mejorar mi forma de escribir y estar al tanto de temas de actualidad del interés de los lectores. He leído más de diez libros para mejorar mi escritura. Para mí este noble oficio consiste en explicar de la forma más sencilla posible lo que puede parecer complejo. Esto requiere estudio, reflexión y conversación con las personas que más saben sobre diversos temas. Gracias a Dios, estoy rodeado de personas con amplia cultura, con intereses y experiencias muy variadas.
Facilitar el acceso al conocimiento. Hacer ver fácil lo adquirido muchas veces con esfuerzo y escasez de tiempo. Esta es la inspiración que me mueve. Y para esto, descubrí que escribir un blog es una forma fabulosa de aprender. Escribo una lista de otras 25 lecciones aprendidas. Espero que sean de utilidad. Son lecciones aplicables prácticamente a cualquier trabajo.
1. Escribir en un blog no es fácil. Tampoco la vida lo es. Cuando eres consciente de ello, te preparas para sobrellevar con buen ánimo cualquier dificultad. En mi caso, la escasez de tiempo y la dificultad para ser perseverante.
2. Para ser constante, me sirvió pensar que cada fin de semana, algunos de los lectores esperaban alguna noticia del blog. Tengo una hora semanal para escribir y una hora prevista para publicar. Al inicio cuesta pero conforme vas practicando, como todo en la vida, se va haciendo más fácil.
3. Al inicio escribía sobre mis propios intereses. Ahora, escribo tomando en cuenta las necesidades de los demás. Cada artículo es como una carta dirigida a una persona concreta; un amigo, un conocido.
4. No esperes escribir siempre artículos de gran calidad. De hecho, casi siempre tendrás la impresión de que tu artículo no está bien escrito. El consuelo es que los mejores escritores también sienten lo mismo.
5. Solamente tendrás ideas para escribir (salida), si te preocupas de leer algunos contenidos de calidad (entrada).
6. Escribir te obliga a experimentar, leer, investigar, ser observador, cultivar la curiosidad.
7. Un blog no es una maquina de hacer dinero. Es mucho más que eso; te ayuda a conectar con el sentido más profundo de tu vida. En mi caso, intentar escribir de modo sencillo a las preguntas que se hacen las personas.
8. No pienses que lo sabes todo, porque sencillamente es mentira.
9. Intenta no fingir. Cuánto más auténtico logres ser, más personas seguirán tus artículos.
10. Mira todo lo que te sucede como posible material de escritura.
11. Responde a todos los comentarios y correos que susciten tus escritos.
12. Se honesto. Todos tenemos más o menos las mismas dificultades y problemas. Cuánto más humano procures ser más conectarás con los lectores.
13. Pregúntate: ¿Cualquier persona podría escribir este artículo? Si la respuesta es sí, bórralo y comienza otro. El peor error en el que puedes caer es ser un escritor sin rostro.
14. Sobre todo al inicio, es mejor escribir de acuerdo a tu estilo para tu propio blog y que las personas te conozcan, con tus virtudes y defectos, que escribir un artículo convencional para una gran medio de comunicación.
15. ¿Quién eres? ¿Qué representas? ¿Para qué escribes? Si no tienes una respuesta clara a estas preguntas; mejor no pierdas tu tiempo y no publiques nada.
16. La coherencia es importante. Aunque cuando leas tus escritos de años anteriores, descubrirás que vas cambiando. Siempre para mejor.
17. La inspiración se obtiene a fuerza de sentarse a escribir y punto. Si esperar sentir inspiración para escribir, nunca lo harás.
18. A escribir se aprende escribiendo y leyendo. Leer a mejores escritores hace que vayas aprendiendo.
19. No te sientes a esperar que la gente lea tus artículos. Has de distribuirlos. Conforme vayas mejorando, tus lectores lo harán por ti.
20. Prepararte para la crítica. Cuando te la hagan, agradécela. Es señal de que vas en la dirección correcta.
21. Agradece a tus lectores lo más que puedas.
22. Regala todo lo que sepas. Sean pocos o muchos tus conocimientos, que tu alegría sea compartir para que los demás se aprovechen de tu esfuerzo.
23. Mira la escritura como un compromiso. Mejorarás como escritor cuando mejores como persona. En mi caso, además de esto, es la forma de guardar en la memoria muchas lecciones aprendidas y sobre todo, tener conciencia de lo mucho que te queda por aprender.
24. Piensa siempre en el lector. Pregúntate, ¿servirá esto que escribo por lo menos a una persona?
25. La estética también es importante. ¿Hace sentir bien a los demás la apariencia de este artículo?

Esta lista de lecciones aprendidas se puede aplicar a cualquier cosa que hagas en la vida. Maduras cuando superas dificultades y fracasos. Escribir te dará muchas de estas dos clases de experiencias pero sobre todo te llevará a buscar una solución y ponerla en práctica.
En otra parte escribí como alguien me dijo que no valía la pena que escribiera. Que no decía nada nuevo y que estaba mil veces mejor dicho por otros. Es verdad. Sin embargo, cuántas anécdotas podría contar de estos tres años de personas que aprendieron algo o mejoraron en su vida personal con algo tan simple como un artículo.
También tengo la alegría de haber animado a otros más a escribir sobre ética, virtudes y situaciones de la vida cotidiana. Algunos comenzaron sus propios blogs o se lanzaron a escribir artículos. Con esto ya estoy más que recompenzado. Muchos problemas actuales se deben a que no nos detenemos a pensar. Y precisamente una de las principales virtudes de escribir es que te hace pensar. Pensar sobre cualquier tema, pero sobre todo en ti mismo. Este es el mejor antídoto para resistir a la presión de la moda o del sin sentido que arrastra a muchos.
No se trata de escribir cosas nuevas. Muchas veces me digo que solamente soy un reciclador, o un comentarista de las ideas de otros. O sencillamente un reescritor de lo dicho magistralmente por otros.
Gracias a todos los que lean medio, uno, dos, tres, o incluso los 186 artículos. Nunca pensé que miles de personas leerían mis escritos. Sobre todo, me parece increíble poder conectar con tantas personas con los mismos intereses e ilusiones. Personas que piensan que una mejor sociedad es posible.

Juan Carlos Oyuela
Tegucigalpa, 25 de septiembre de 2016
www.eticaysociedad.org
@jcoyuela

Cuando se acaba el amor

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Cuando se acaba el amor parece que todo se derrumba en el matrimonio

No estamos hablando de la conocida canción de Guillermo Dávila. Aunque nos puede dar ideas para abordar este importante tema en las relaciones matrimoniales.

Cuando se acaba el amor/La vida pasa de largo/No tienes nada qué decir/Y te alimentas de pasado.

Cuando se acaba el amor/Da lo mismo día o noche/Duermes a ráfagas y vas/Ciego, perdido, sin control/Y cuesta abajo. Te obsesiona recordar/Cosas inútiles/Y te apetecería odiar

Caminas solo como un loco/Siempre alerta, sin poder llorar/Y el futuro es como un tren

Que nunca para en la estación/Donde tú estás, tienes un témpano/De hielo, en el sitio del corazón.

Sin duda, puede ser doloroso para unos esposos despertar un día y descubrir que el enamoramiento inicial terminó. Para ese momento, es fundamental comprender la verdadera naturaleza del amor humano. Para muchos, el amor en el matrimonio se reduce únicamente a un sentimiento del que no se tiene control. La parte afectiva forma parte del amor, sobre todo en sus comienzos, sin embargo, el verdadero amor es mucho más.

Posibles causas

En un estudio de La Universidad de Western en Canadá, interrogaron a seis mil quinientas personas de ambos sexos. A la pregunta ¿Por qué muere el amor? Concluyeron que las mujeres dan mucha importancia a la higiene personal del marido, a que no se deje llevar por la pereza y que tenga finanzas estables. En cambio para los hombres es importante que sus esposas tengan sentido del humor, alimenten la confianza y la calidad de las relaciones íntimas.

Más allá de la importancia del cuidado de los detalles de educación y de algunos aspectos de la personalidad o de sexualidad, para mantener viva la ilusión en el matrimonio, es necesario comprender que cuando se acaba el amor sentimental es el momento de dar un paso más en la profundización del verdadero amor conyugal.

En consecuencia, no es extraño que en el momento en el que desaparece el enamoramiento sentimental, se piense que el amor muere. En el momento en el que el supuesto amado deja de despertar sentimientos en el amante se piense que la relación matrimonial ha entrado en crisis. En realidad, se trata de un fenómeno natural que ha de dar paso a un amor más profundo, más reflexivo y más voluntario. Para muchos, el momento cuando el amor muere –el amor sentimental- se convierte en una verdadera tragedia. Incluso, ocasión para plantearse el fin del matrimonio.

El amor es un acto de la voluntad

En lugar de plantearse un final, el momento de cuando el amor muere, puede convertirse en la oportunidad de purificar la relación matrimonial. Despojados de la mera atracción sentimental, los esposos pueden pasar al amor afianzado en el terreno más firme de la voluntad. En lugar de buscar el interés propio, para mantener una relación sana, se tratará de esforzarse con actos concretos de buscar la felicidad del otro. Es entonces cuando se comienza a entender el verdadero lenguaje del amor, que más que en recibir consuelos, se fundamenta en la entrega sincera y llena de pequeños sacrificios.

En esta línea, es significativo observar el video que ha salvado matrimonios. Con sus más de dos millones de visitas, muestra cómo un esposo, que estaba a punto de romper el matrimonio, se retracta al enterarse que su mujer tiene una enfermedad terminal. La conclusión es clara: a fuerza de tener muchos detalles voluntarios de cariño con su esposa, terminó amándola de nuevo.

El amor es un acto de la voluntad. No la veleta movida por el viento de los sentimientos. Ejercicio constante de la propia libertad. Por eso, siempre es tiempo, para revitalizar el amor. Aunque todo parezca perdido, siempre es momento para descubrir que el centro de gravedad del verdadero amor no debe estar en el yo sino en el otro.

Echar raíces en el verdadero Amor

Cuando se acaba el amor, en apariencia, es tiempo de hacer más profundas sus raíces. Fundamentar la relación en acciones voluntarias de entrega. Como siempre, hacer más divino el amor significa hacerlo más humano. El matrimonio es cuestión de tres. Cuando se acaba el amor es ocasión de hacer más presente a Dios, la única fuente del Amor con mayúscula. Como dijo Chesterton en una ocasión: “Elimina lo sobrenatural y solo quedará lo que no es natural”

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 18 de septiembre de 2016

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@jcoyuela

A mis maestros con cariño

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Sin duda, los profesores ejercen una influencia. Lo quieran o no, dejan una huella imborrable que perdura en el tiempo. Razón de sobra para valorar la gran responsabilidad que pesa sobre los hombros de cualquiera que tenga misión de enseñar y guiar a otros.

En mi caso, las dificultades de memoria se desvanecen, sobre todo con los buenos profesores. Es curioso, pero los recuerdos que más atesoro, con el paso de los años, se refieren a profesores que sabían ser al mismo tiempo exigentes y cercanos.

Para comenzar, me remonto a mi profesora de Kinder. La Profe María Cristina Martínez tenía todas las cualidades de la buena profesora de preescolar. Era cariñosa y maternal, pero no nos ahorraba el arduo trabajo de llenar páginas y páginas con ejercicios de letras y ratoncitos. Además, tenía una relación cercana con mis padres, lo que servía para tenerlos al tanto de mis frecuentes travesuras. En una ocasión, me había advertido repetidas veces que me alejara de un montículo de hojas secas que se estaba quemando. Sin embargo, junto con mi grupo de juegos, pandilla más bien, nos propusimos el reto de saltar sobre el fuego. Después de varios saltos, sucedió lo previsible; mi pantalón nuevo fue alcanzado por las llamas. Comencé a correr como loco y afortunadamente, mi profesora que estaba cerca, me interceptó como lo hubiera hecho un experimentado jugador de Fútbol Americano. Con un movimiento rápido me quitó el pantalón justo a tiempo para no sufrir ninguna quemadura. Aunque las hubiera preferido a la vergüenza de recibir clases en ropa interior hasta que mi madre me llevó un nuevo pantalón.

De primaria, recuerdo a la maestra de matemáticas de quinto y sexto grado. La profesora “Paquita” era famosa por su sabiduría en las ciencias exactas aunque sobre todo por su exigencia y extremo cuidado de la disciplina. La casa de mis padres quedaba a unas cuadras de la escuela pública donde estudiaba. En una ocasión que correspondía entregar un trabajo, recurrí a la vieja estrategia de simular una enfermedad. En esa ocasión, rara por cierto, logré convencer a mi mamá de la seriedad de mi afección, tan grave que tristemente me imposibilitaría asistir a la escuela ese día. Cuál sería mi sorpresa, cuando a media mañana llegó a la casa un compañero pidiendo, de parte de la profesora Paquita, el trabajo que correspondía entregar ese día. Esta vez ya no pude burlar la suspicacia de mi mamá que descubrió enseguida el origen de mis quebrantos. Tuve que reconocer a la irresponsabilidad como la verdadera razón de mi ausencia escolar. Con esta lección, aprendí que era mejor dar la cara y procurar ser responsable.

La mala memoria se desvanece aún más cuando pienso en mis profesores de secundaria. En primer curso, el profesor de dibujo técnico, el profesor Israel Reyes, me enseñó a repetir las veces que hiciera falta un trabajo hasta que quedara bien. El profesor de matemática, Julio César Sevilla Polanco, mezclaba su cercanía y consejos acerca de la vida con una gran cantidad de ejercicios que no me dejaban mucho tiempo libre. Recuerdo que en el taller de mecánica de banco hice un pasador metálico y en carpintería una especie de puzzle con trozos de madera ensamblables.

En segundo curso, el profesor de matemáticas, Arístides, nos hacía resolver todos los casos de factorización con cientos de ejercicios de un día para otro. Cada mañana, en la puerta del aula, pedía la entrega de los ejercicios del día anterior como requisito para entrar. En el taller de forja, hicimos un cincel de hierro forjado. Calentar al rojo vivo la pieza de metal nos servía para aprovechar y quemar los artefactos más insólitos, incluido en una ocasión, la camisa de un compañero de clase.

Del tercer curso, tengo especiales recuerdos para otro profesor de matemáticas. El profesor Fausto Napoleón Díaz pronto se dio cuenta de mi tendencia a presumir en el dominio de su clase. La abundante literatura que tenía mi papá, me permitía ir adelantado en el estudio y luego deslumbrar a mis compañeros con procedimientos y fórmulas que no habíamos visto todavía. En un examen, quise pasarme de listo y después de haber encontrado las respuestas, me dediqué a expresarlas todas en notación racional (algo que el profesor no había pedido). Mi sorpresa fue cuando recibí una mala nota en la revisión del examen. El profesor no hizo caso a mis protestas de que los problemas estaban bien resueltos, sencillamente se limitó a decirme que las respuestas eran incorrectas. Era la primera ocasión en que aplazaba una materia y precisamente una de mis preferidas. De esta forma, un tanto dolorosa, aprendí una lección que me sirvió para toda la vida.

Luego, mis recuerdos se refieren a mis profesores de electrónica y electrotecnia. Los profesores Héctor Sánchez y Rigoberto Morales me sorprendían por su competencia en las materias que impartían y al mismo tiempo por no hacer alardes. La sencillez y confianza con que nos trataban no estaba reñida con la alta exigencia que hacía que más que estudiar buscáramos aprender con pasión. De este mismo año, es una anécdota no tan ortodoxa en el taller de electricidad. El primer día de clases, el profesor dijo que la primera lección sería adquirir familiaridad con la corriente eléctrica. Nos presentó un generador de corriente continua y dijo que por orden de lista, pasaríamos a recibir 400 voltios para perder el miedo a la electricidad. En nuestra sección contábamos solamente con una compañera. Para sorpresa de ella dijo lo siguiente: -Como hemos de aprender a ser caballerosos, las damas irán primero.

Sin llegar todavía a mencionar a los profesores de la universidad, me temo que dejo de lado a muchos de los que podría contar varias anécdotas. Saavedra en metrología, Salvador Rubio en taller de electricidad, Donaldo García en electrónica, Juan Ángel Menjivar en laboratorio de electrotecnia, José Martínez en luminotecnia… Todos ellos dejaron una huella imborrable que perdura con el tiempo.

A todos ellos, con todo mi cariño: gracias. El próximo día del maestro servirá para valorar aún más todas sus enseñanzas. Las académicas por supuesto, pero más todavía las lecciones de vida que cada uno de ellos aportó. Mis padres junto con ellos construyeron con su vida lo que para mí es la mejor definición de educación: ayudar a cada uno a ser mejor persona.

Juan Carlos Oyuela

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@jcoyuela

El hombre mediocre

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Cuenta Jodorowsky en su libro El tesoro de la sombra una historia interesante. “En aquella ciudad las casas tenían ventanas y no se conocía la luz. Las calles estaban en tinieblas porque la atmósfera contaminada formaba un escudo que no dejaba penetrar el sol”. Curiosamente en esa ciudad los habitantes no tenían nariz. Se habían acostumbrado y eran felices con ese modo de vida. “Habitaban en las sombras, solo preocupados de trabajar para llenar su estómago y satisfacer sus deseos… Un buen día apareció una anciana que gritaba: “¡Vendo una lámpara y una nariz!”. Un ciudadano compró los curiosos artículos. Cuando quiso pagar, la anciana se negó a recibir el dinero. En cuanto usó sus nuevas posesiones, un insoportable olor se le metió por la nariz. Luego, encendió la lámpara. Lo que para él era antes un lugar hermoso, limpio, tranquilo, en realidad se trataba de un nido de arañas, basura, alimentos podridos, muebles apolillados, capas de grasa… ¡No pudo permanecer en ese asqueroso lugar!

“Recorrió las calles hasta encontrar a la vieja. Bruja, ¿qué hizo con mi elegante mansión? Antes yo vivía bien, como todo el mundo, pero apenas me puse su nariz y encendí la lámpara, esos dos objetos cambiaron mi mundo. ¿Por qué tanta maldad?”. La anciana respondió: “Tu mundo no ha cambiado: ¡es así! Antes no te dabas cuenta y creías estar bien en un lugar que tarde o temprano te hubiera destruido. Cuando se adquieren nuevos órganos y se hace la luz, sufrimos porque nos vemos como somos realmente y no como imaginamos ser. Ahora que sabes cuál es tu realidad, debes abrir ventanas, matar parásitos, limpiar paredes, desinfectar el lugar, y serás feliz. ¡Entonces dale la lámpara y la nariz a otro ciudadano, como lo hice yo!”.

El hombre mediocre se contenta con cualquier cosa. Como no se conoce, vive feliz consigo mismo. No quiere ver sus defectos y por lo tanto, tampoco ve la necesidad de cambiar.

Decía Chesterton que La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta. Con toda seguridad, el mediocre, puede estar rodeado de descuidos, abandonos, perezas, injusticias, comodidades y desidias y no darse cuenta. Mejor dicho, no quiere darse cuenta.

El mediocre padece una crisis en el amor, la vocación a la que está llamado todo hombre. La falta de amor lo lleva a abandonar el empeño por querer ser mejor. El deseo de felicidad, que solamente se encuentra en la generosidad de dar y darse a los demás, se sustituye por el egoísmo lleno de compensaciones mezquinas. El insaciable “yo” contagia todo lo que toca e intenta suprimir la tristeza con bienes materiales, en una carrera loca detrás de placeres o buscando una fama que es solo apariencia; porque en el interior, la persona mediocre padece el vacío y la pobreza más absoluta.

La mediocridad es una enfermedad de la voluntad que paraliza. Es una falta de decisión por ser mejor. Cansancio crónico ante lo que comporta esfuerzo. Desilusión y tristeza ante todo lo que frustre los deseos omnipresentes de comodidad a toda costa.

Pero no se puede pasar una vida de esta forma. El que no avanza, retrocede. El que no se complica la vida comprometiéndose en hacer el bien, la vida le tiende lazos que le amarran a los vicios más bajos y viles.

El mediocre no se exige y por ende, es incapaz de exigir. Busca quedar bien con todos. Es como el ciego que no quiere ver, como el sordo que no quiere oír y como el mudo que no quiere hablar. Todo para evitar chocar con nadie. No toma postura ante nada. Es el perfecto camaleón que cambia de color de acuerdo a las circunstancias porque… es más cómodo así.

Pero esta postura es insostenible. Si la mediocridad se instala, su tristeza característica va apagando y devorando cada vez más a esa persona. Si no se reacciona a tiempo, se huye entonces de la realidad y se viaja con la imaginación a mundos ficticios donde no existe ninguna obligación molesta que lance reproches que no se desean escuchar. El panorama se oscurece y se mira únicamente lo que alaga la propia mediocridad.

La solución comienza por reconocer con sinceridad esa triste situación. En poner los medios para revitalizar el amor en las realidades concretas del día a día. En asumir con valentía el sacrificio que comporta en hacer bien, acabadamente, las propias obligaciones. La mediocridad desaparece cuando aparece el esfuerzo por convertir en obras de arte, poniendo el corazón, lo que tengamos entre manos. La solución al final, está en hacer cada cosa por amor a Dios, como si de ello dependiera el destino del universo entero.

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 4 de septiembre de 2016

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@jcoyuela

Anteojos virtuosos para el optimismo

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El pasado jueves 25 de agosto, invitado por el periodista Carlos Medrano, estuve en su programa de televisión. El punto de partida de la entrevista fue la responsabilidad y el optimismo, antídotos de la visión negativa en las que solemos caer con cierta facilidad. Era mi primera aparición en televisión. Ahora, con más calma, profundizo en algunas ideas solamente incoadas.

Recuerdo una historia que escuché hace mucho tiempo. Era una vez, una industria de calzado, que desarrolló un proyecto para exportar zapatos a la India. La Gerencia envió a sus dos mejores consultores a puntos diferentes del país para hacer las primeras observaciones del potencial de compra de aquel futuro mercado.

Después de algunos días de investigación, uno de los consultores envía el siguiente mensaje a la gerencia: “Sugiero cancelar el proyecto de exportación de zapatos para la India. Aquí nadie usa zapatos.”

Días después, sin saber nada del mensaje anterior, el segundo consultor escribe: “Sugiero triplicar el proyecto de exportación de zapatos para la India. Aquí todavía nadie usa zapatos.”

La misma situación es contemplada desde puntos de vista diametralmente opuestos. Uno ve un obstáculo insalvable donde el otro contempla una maravillosa oportunidad. No sabemos más sobre ambos personajes. Sin embargo, suele existir una relación entre virtudes personales y la visión de la realidad, “El ladrón ve a los demás de su misma condición” dice el dicho popular.

Las situaciones más variadas de la vida son solamente espejos que reflejan nuestros propios pensamientos y virtudes. El optimismo es la coronación de muchas virtudes cultivadas con paciencia. No podemos evitarlo, vemos desde la óptica de nuestra propia realidad interior. El virtuoso, acostumbrado a través del esfuerzo cotidiano a cultivar su mundo interior, luego puede desplegar una intensa actividad en el exterior.

Para el perezoso, por ejemplo, todo se vuelve un obstáculo infranqueable. El perfeccionista solamente mira los “pelos en la sopa”. Está más pendiente de los resultados que de hacer el trabajo con perfección, por amor. El vanidoso contempla las risas o censuras que genera su comportamiento.

En cambio para el fuerte los obstáculos se convierten en retos que superar. El enamorado pareciera que tiene alas en los pies que le llevan a volar sobre los obstáculos. El servicial no ve más que ocasiones de servir.

La visión positiva o pesimista, por otra parte, también influye en nuestras acciones. El optimismo rejuvenece nuestro esfuerzo por ser mejores personas. Nos ayuda a desarrollar virtudes reales; paciencia, buenos pensamientos hacia los demás, preocupación sincera por los problemas ajenos; que luego son como un río que rebalsa al exterior con buenas obras.

Por eso, el primer antídoto para el pesimismo es el conocimiento personal. Conocer nuestras cualidades y defectos nos llevará a enderezar las formas equivocadas de enfocar la realidad. El perezoso conocedor de su defecto dominante, por ejemplo, desconfiará del cansancio excesivo que suele justificar sus retrasos y abandonos. El impaciente consciente de este vicio, se esforzará en aprender a esperar, con fortaleza, los los frutos de su esfuerzo que parecen tardar.

Reflexionar con frecuencia sobre nuestras cualidades y errores nos ayudará también a evitar las excusas. Rechazaremos las disculpas fáciles llamando a las faltas por su nombre.

La labor de examen nos hará rechazar tanto las visiones negativas generalizadas como los entusiasmos desmedidos. Al esforzarnos por ver todo con humildad y realismo, estaremos más atentos a captar las situaciones desde diversos puntos de vista. Escucharemos a los demás y pediremos consejo para ser más objetivos en nuestras apreciaciones.

El optimismo nace del esfuerzo de encontrar la verdad que en la realidad se encierra. Nace de la fe en un Dios providente que nos cuida y dispone todas las cosas para bien. El verdadero optimismo no cierra los ojos a los problemas reales, tampoco a los múltiples dones que recibimos a diario. Nace de individuar las causas de lo que está mal y o puede ser mejorado.

Este optimismo vital ayudará a tener paciencia con lo que está fuera de nuestro radio de acción y en cambio poner manos a la obra para remediar lo que sí está en nuestras capacidades. Nos hará desconfiar de las visiones negativas generalizadas. Sobre todo, hará que evitemos preocupaciones innecesarias, estando ocupados en transformar poco a poco la realidad que nos rodea.

Desafíos para poner en práctica

Optimismo

  1. Escribe a diario tres cosas positivas por las que tendrías que agradecer.
  2. Has un acto bueno de audacia cada día.
  3. Examina tu día por la noche. Escoge una pequeña acción que corrija un defecto personal.
  4. Realiza una obra de servicio al día. El optimismo nace de ser generoso con lo demás.
  5. Mira los problemas como oportunidades para crecer. Concreta la forma de superar el problema que más te preocupa.

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 28 de agosto de 2016

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@jcoyuela

Optimismo como Elección

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En la previa de la primera semifinal de fútbol masculino de las olimpiadas de Río 2016 todos sentíamos hinchado el corazón. La selección nacional de Honduras jugaba contra Brasil, país en categoría mayor número uno en logros históricos, copas mundiales y estadísticas. Jugábamos nada menos que en La Meca del fútbol mundial, el mítico Maracaná, donde se han jugado dos finales del mundo, en el mismo césped pisado por Pelé, Maradona, Messi, Ronaldo, Garrincha y aunque no me crean también Frank Sinatra, Paul McArtney y U2. La emoción era máxima cuando se entonó “Tu Bandera es un lampo de cielo…”, nos parecía flotar. A los quince segundos del partido, perdíamos uno a cero, y el primer comentario que escuché a la persona que tenía al lado fue: “apagá ese televisor”. Me quedé viéndole muy sorprendido.

No me duele tanto que pierda la selección. Sí me duele en el alma que haya hondureños que sólo apoyen cuando ganamos. Es como si un amigo que te acompaña a tomarse dos tragos sale huyendo cuando hay que pagar la cuenta. Me pareció que no era pesimismo aquello, sino pura comodidad. Era como si me hablara el corazón de esa persona y dijera: “yo quería que la selección me diera algo, pero ahora que la selección demanda algo de mí, ya no estoy dispuesto a darlo. Ya no me conviene éste partido, porque ahora me toca dar de mí ya no estoy recibiendo nada.”

Más allá del fútbol, que nos apasiona a todos, me importa mucho la actitud de las personas de nuestro país. ¿De dónde viene esa actitud pesimista y ramplona que se mira también en otras esferas de la vida? La respuesta fácil y errónea es la que recibo de las personas con las que hablo del tema: es cultural. ¿El pesimismo forma parte de nuestra cultura? Esa afirmación no sólo falta a la verdad, sino que además hace algo todavía peor que la actitud negativa, porque la legitima. Es como decir: no sólo soy una persona interesada y mezquina, sino que además lo hago porque todos lo hacen, y por tanto no es algo malo. Lo hago porque lo recibí del ambiente donde me muevo y por tanto no tengo la culpa, la tiene los demás.

Un hombre de cierta relevancia escribió una vez: “yo no sé si soy honrado o no, porque no me han faltado nunca los medios económicos, porque cuando mi mujer o mis hijos se han puesto enfermos he tenido donde llevarles para que les atendieran, porque cuando ha llegado el momento de descanso hemos podido trasladarnos de lugar. No me ha faltado nada.” De la misma forma podemos decirle a un estadounidense que realmente él no sabe si es optimista o no, porque en todas las olimpiadas siempre son los que sacan más medallas de oro. En todas las competiciones, entre los primeros diez hay un gringo, ¿qué saben ellos de optimismo? Muy poco.

Las personas, como las culturas, no se comparan. Al hacerlo pierden su “personalidad” es decir su condición de personas, de seres únicos e irrepetibles. Me perdona entonces el lector al hacer la anterior comparación, sólo quiero aclarar que el verdadero optimismo es una elección, que cuesta cierto esfuerzo. El esfuerzo de asimilar una derrota, de aprender del digno adversario, cuando nos ha ganado justamente. Cuesta empeño levantarse de nuevo. Hace falta sacrificio para estrujar el corazón para exprimir la última gota de energía, e invertirla en seguir adelante.

No somos diferentes de otras culturas, simplemente hemos tenido distintas condiciones. Todos estamos hechos de la misma pasta, y todos podemos caer alguna vez en el pesimismo de la rutina, de pensar que las cosas no van a mejorar. El pesimismo es siempre una profecía auto cumplida, una forma de envidia que entristece el alma y por lo mismo la envenena. No caigamos por tanto en ese vicio que nos cercena los brazos y los pies del alma, haciéndonos incapaces de levantar la vista hacia un futuro mejor. El optimismo cuesta esfuerzo en última instancia porque nos pone a trabajar, y nos pone en camino hacia la victoria. Yo elijo ser optimista.

Daniel Cáceres

Que quiera ser mejor persona

Niño buena persona

Pedro busca trabajo. Es ingeniero industrial y dirigió un departamento de soldadura en los últimos cinco años, es un especialista en su campo.
Encuentra un anuncio en el periódico de una empresa multinacional que necesita cubrir dos puestos de trabajo. Uno es de soldador y el otro es especialista en sistemas de computación.
Como es lógico, Pedro presenta su solicitud para el puesto en el que tiene experiencia; el de soldador. Pasa toda clase de entrevistas, encuestas y exámenes psicotécnicos… Al cabo de un mes recibe una carta, le dicen que está contratado para el puesto de sistemas de computación. Pedro pensó: “Debe tratarse de un error, no tengo la más mínima experiencia en computadoras”. Al solicitar una entrevista con el Director de Personal se da cuenta que no se trata de ningún error. ¡El puesto en experto en informática era para Pedro! Contrataron como soldador a otro candidato que le superaba en pericia con la máquina de soldar.
La explicación que le dieron no deja de ser interesante: “Para nuestra empresa la contratación de personal nuevo es muy importante, hacemos lo posible para no equivocarnos. Hemos analizado su vida y sabemos que usted es trabajador; es leal a su empresa; trabaja bien en equipo; es constante y ordenado. Además posee un nivel académico universitario y tiene cinco años de experiencia en empresas. Con este currículum le hemos adjudicado el puesto que requiere de nuestra confianza absoluta. ¿Lo quiere usted?”.
Pedro replicó; pero yo no tengo ninguna experiencia en sistemas de computación. El Director de Personal le dice: “En cuatro meses, nosotros le enseñamos los conocimientos necesarios y en un año tendrá la experiencia que pedimos. En un año y medio, usted será la persona idónea para ocupar ese puesto. ¡Las características que usted tiene como persona no se pueden adquirir en dos años, y, a veces, ni en toda la vida! ¡Es un puesto de gran responsabilidad! No nos hemos equivocado. Usted es el mejor”.
Esta anécdota, con algunas adaptaciones, que aparece en el libro “Cómo educar la voluntad” de Fernando Corominas, es también la historia de un buen amigo. Es una experiencia que constato una y otra vez cuando me corresponde intervenir en alguna contratación en la empresa en que trabajo. Es más fácil dar a alguien los conocimientos técnicos en relación a su labor determinada, que formar las virtudes que le hacen lo que solemos llamar “buena persona”.
Hace pocos días me preguntaba alguien con el que hacía una entrevista de contratación : -qué hace falta de mi parte para trabajar con ustedes. Mi respuesta, tal vez algo simplista, no dejó de sorprenderle. -Que quiera ser usted mejor persona, -¿Ese es el único requisito? Me preguntó el entrevistado con algo de sorpresa -Si, ¿le parece poco? Si entra a trabajar con nosotros, le exigiremos mucho compromiso en su formación personal. Deberá esforzarse por ser buen trabajador, aprovechando el tiempo al máximo. Deberá esforzarse además por ser buen compañero: sincero, leal, solidario. Le preguntaremos con frecuencia si se esfuerza en ser buen esposo… nosotros estamos para darle toda la formación necesaria, pero usted deberá hacerla “vida propia”. Con cierta dureza concluí: -Si no desea esforzarse por mejorar personalmente, adquiriendo las virtudes necesarias, mejor no pierda su tiempo y no nos lo haga perder.
Aunque esta forma de contratación, centrada en la persona, sea más lenta, he comprobado que a la larga es la mejor. Una persona con virtudes es terreno propicio en el que luego pueden desarrollarse las competencias para hacer bien prácticamente cualquier labor.
Una vez contratado, con las virtudes y la actitud adecuada, la persona capta con mucha más prontitud nuestra filosofía institucional. Con los talentos necesarios, se aprovecha más el tiempo en las capacitaciones correspondientes. Se absorben como por ósmosis, el buen trato, la preocupación de unos por otros y el espíritu de servicio que son parte del día a día de la institución donde trabajo.
Con el paso de los años, he descubierto que este exigente compromiso personal en ser mejores junto con el serio empeño por servir a los demás es el mejor motor para hacer bien las cosas. Aún con la importancia de percibir un salario adecuado, los profesionales más competentes buscan otras razones más trascendentes para permanecer en un determinado empleo.
Al final, el trabajo bien hecho, a conciencia, es el mejor medio de formación en el que se ponen en práctica todas las virtudes. La satisfacción por la contribución personal a la familia y a la sociedad se convierte en la mejor motivación para “las personas que se esfuerzan por ser mejores”. Basta solamente una de ellas para transformar un ambiente por completo.

Desafíos para ser mejor
Centrados en la persona humana

1. ¿Cuántos verdaderos amigos tienes? Escribe sus nombres
2. Investiga los gustos de tres amigos
3. ¿Sabes qué preocupación tienen en este momento tus mejores amigos? ¿Puedes hacer algo esta semana para ayudarles?
4. ¿Cuándo fue la última vez que sugeriste a alguien un consejo para mejorar como persona?¿Tienes pendiente alguna conversación importante en esta línea?
5. ¿Cómo sería una tarde con cada uno de estos grupos de personas: tus padres, tus hermanos, compañeros de escuela o trabajo y un grupo de niños de 5 años a los que debes cuidar? ¿Estarías pendiente de servir o de ser servido?

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 14 de agosto de 2016

@jcoyuela

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Fiestas costosas

Fiestas

Esta semana, tuve una conversación interesante con Daniel, estudiante de la escuela en la que trabajo.  Nada mejor que las preguntas inquisitivas de un joven de 17 años para desempolvar y aclarar argumentos. El interés iba en vistas a su próxima fiesta de graduación, y tal vez, perder un poco de tiempo de su clase de matemáticas…

No estoy en contra de las fiestas. Son necesarias. Festejar por lo que vale la pena, es parte de la vida humana desde que el hombre está en este mundo. El libro de Josef Pieper “Una teoría de la fiesta”, resalta algunas dificultades del hombre moderno para celebrar. Estamos tan rodeados de “edificios prefabricados de alegrías artificiales”, motivadas muchas veces por fines comerciales, que a veces perdemos de vista el significado profundo de las celebraciones. Hace falta cierta capacidad contemplativa para valorar los abundantes regalos que recibimos todos los días. Las fiestas nos llevan precisamente a darnos cuenta de la bondad de todo lo que existe y de descubrir que estos regalos proceden de la bondad de otros, que desean comunicarnos sus bienes.

Conviene escuchar la advertencia de Nietzsche, recogida por Pieper: “No es muestra de habilidad organizar una fiesta, sino el dar con aquellos que puedan ‘alegrarse’ en ella”. El aviso se completa con una observación del propio Pieper, en otro libro (“El amor”): “Una persona no desea sin más ponerse en ese especial estado físico de la alegría, sino que siempre desea tener una ‘razón’ para alegrarse”.

En la celebración, lo más importante son las personas, no el derroche desconsiderado de gastos. Cuando se exagera en lo material es difícil luego ver el rostro de los demás. Al desorden de un corazón lleno de materialismo no puede entrar nada que no sea el propio yo, la comodidad o el capricho. Alguien que sabe colocar a las personas por encima de lo material luego le es más fácil ser servicial y misericordioso.

No estoy en contra de las fiestas. Pero sí de las fiestas excesivamente costosas. Pueden ser caldo de cultivo para la frivolidad, provocar la envidia en los demás, llevar a presumir de lo que tenemos o no tenemos, facilitar una vida llena de caprichos y centrada en nosotros mismos.

Tenemos tanto de todo y tan al alcance de la mano, que con facilidad se nos embota el alma y se empequeñece. Es fácil que el opulento piense que con eso basta para ser feliz. No se da cuenta que ese estilo de vida promete mucho pero da poco. Causa cada vez más insatisfacción que luego se busca llenar con una forma de vida cada vez más superficial. Una persona así, necesita experiencias más novedosas y rebuscadas para alcanzar una alegría que se aleja irremediablemente. En resumen, hacen falta más virtudes para comportarse adecuadamente en la abundancia que en la escasez.

Recuerdo los juegos de béisbol en mi infancia. Hacíamos la pelota con un calcetín y una piedra en el centro. El bate era un palo de escoba sobrante y los guantes, pelotas de plástico partidas por la mitad con un agujero en el centro para meter el dedo y sujetarlo. Con este rústico equipo, pasábamos unas tardes estupendas con los amigos jugando al béisbol. Por contraste, recuerdo otro juego un tanto diferente que presencié hace algunos años. Todos los jugadores tenían uniformes impecables. Bates y guantes nuevos. Parecía que los padres de familia estaban al servicio de sus hijos, uno incluso estaba colgado del tablero para anotar el marcador. ¿Y los niños jugando en el campo? Unos perfectos inútiles y caprichosos. No quiero decir que sea malo tener los medios adecuados. Tener antes que desear y encontrar sin esforzarse en buscar siempre inutiliza a las personas.

Así es la naturaleza humana. No se valora lo que no cuesta. Hacemos un enorme daño cuando existe desproporción entre el don otorgado y el esfuerzo realizado. Cuando una persona ingresa por la vía del materialismo, todo se aprecia desde el único lente del tener. Tanto vales, tanto tienes. Se pierde la óptica verdadera para sopesar a las personas y a la cosas.

Un santo educador del siglo XX decía que es conveniente tener a los hijos cortos de dinero. Los empresarios podrían contarnos tantos ejemplos de que la abundancia de recursos no es buena compañera de una vida virtuosa. La facilidad en el gastar casi siempre no va de la mano en el esfuerzo por obtener los recursos. Kant afirmaba: “dadle a un hombre todo lo que desee, e inmediatamente pensara que ese todo ya no es todo”.

Es difícil que una celebración pletórica de lujos innecesarios nos haga mejores personas. Por lo menos, es fuente de escándalo (entendido como ocasión de perjuicio a los demás), en primer lugar respecto a los asistentes. Y en un país en el que abundan tantas necesidades y niños que no tienen ni qué comer, tal vez incluso motivo de injusticia que clama al cielo.

Detrás de cada billete hay una persona. El dinero que nosotros gastamos en cosas superfluas e innecesarias pertenece a los pobres ¡Cuántas veces vemos nuestras supuestas necesidades de otra forma cuando entramos en contacto con personas pobres o enfermas! Todavía recuerdo las lágrimas en los ojos de un alumno caprichoso después de visitar a un niño con cáncer. En cambio, cuánto se puede hacer con el dinero bien empleado. Por lo menos puede ser una escuela de orden, generosidad, sobriedad, fortaleza, perseverancia, magnanimidad, humildad, justicia y responsabilidad.

Celebrar, ¡Claro que hemos de celebrar muchas cosas! En primer lugar queriendo de verdad a las personas. Pero procurando que el modo de hacerlo sea sobrio y no nos haga olvidar la razón de fondo. Que los detalles materiales sean expresión de las virtudes que procuramos cultivar. Que exista proporción entre el dinero que dedicamos a nosotros mismos y el que procuramos dar a los más necesitados.

Desafíos para poner en práctica
Generosidad y desprendimiento
1. ¿Serías capaz de regalar a un niño necesitado la prenda de tu closeth que más aprecias?
2. La Madre Teresa, una religiosa ganadora del Premio Nobel de la Paz, murió en 1997 luego de una vida dedicada al servicio. ¿Considerarías la posibilidad de ayudar a las personas como una profesión de tiempo completo sin esperar ninguna recompensa material a cambio?¿Por qué o por qué no?¿Cómo te sentirías con respecto de las personas con empleos regulares?
3. Si donaras un día de tu vida a trabajar en una ONG que brinda alimentos a personas con hambre ¿A quienes irías a visitar en tu ciudad?¿Cómo te comportarías?
4. Dispones una hora de tiempo para hacer una obra de caridad ¿A quienes buscarías para ayudarles?
5. ¿Qué gasto innecesario podrías evitar esta semana?¿A quién donarías esa cantidad de dinero?

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 7 de agosto de 2016

@jcoyuela

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Ateos y cristianos ante el dolor

dolor photo

Hace unos días los padres de un niño con algunas dificultades en el aprendizaje estaban analizando la permanencia en su escuela o trasladarlo a otra para niños con capacidades especiales. Después de varios análisis, el psicólogo que les atendió les dijo: -el niño puede continuar. Será capaz de sobrellevar las dificultades que se le presenten porque el amor de ustedes como padres será la mejor protección para adaptarse al ambiente escolar.
Pensaba en esta anécdota después de varias conversaciones con un amigo que se autodenomina ateo. Al repasar diversos argumentos filosóficos y teológicos sobre la existencia divina, decidí abordar en dichas pláticas el sufrimiento humano.
Todos, creyentes en Dios o no, altos o bajos, ricos o pobres, todos experimentamos el dolor en algún momento de nuestra vida. Todos también, tenemos ansias de paz, de reconciliación y perdón. Estos son lugares comunes que compartimos los cristianos con los que se dicen creyentes en un dios-sin-rostro o mejor dicho en diferentes dioses-con-muchas-caras. Porque hasta los que se dicen ateos creen que no existe dios alguno. La increencia absoluta es imposible. Los que no tienen ningún punto de apoyo, los que no creen en nada ya dejaron este mundo o están a punto de hacerlo; por la puerta que conduce a la desesperación.
Si Dios es bueno ¿Cómo permite el mal y el dolor?, este es uno de los cuestionamientos más usado por los ateos y agnósticos para intentar demostrar la inexistencia de Dios. Este tema no tiene explicaciones fáciles y durante siglos fue piedra en la que tropezaron muchos. Los que echan la culpa a Dios de la existencia del dolor en el mundo parecen olvidar la libertad del hombre. Me corrijo, no es la libertad lo que a veces olvidan sino su contrapartida necesaria; la responsabilidad. Dios no se escapa tampoco de esa tendencia nuestra de echarle las culpas a otros. Dios no es culpable de nuestros males sino todo lo contrario; es la fuente de todos los bienes que existen.
La diferencia entre los cristianos de los que no lo son es precisamente que ante el drama desolador del sufrimiento, los sin-Dios solamente encuentran en el mejor de los casos algo inútil, sin sentido. Fuente de tristeza y desesperazón. En cambio, para nosotros los cristianos, Dios es el eterno amante. El Padre-Dios cristiano solamente trae bienes para sus hijos, igual que los padres de la tierra. Él es precisamente la causa de la vida, la libertad y el amor que todos ansiamos en lo más profundo de nuestro corazón.
El cristiano saborea en ocasiones la tristeza y la desesperanza, sin embargo para él, hasta estas incomprensibles realidades adquieren un sentido. Igual que el médico aplica la medicina desagradable para alcanzar la salud, Dios permite los dolores que no coartan nuestra libertad, en vistas a bienes mejores.
El dolor, lejos de aislar en una rabiosa soledad, puede servir para salir al encuentro de los que sufren. Para unos puede ser ocasión de instalarse en la autocompasión, para otros, puede ser la oportunidad de imitar a su Maestro que se hizo cercano, uno más entre nosotros. Y de esta forma enseñarnos a compartir esta realidad con generosidad.
La enfermedad, el sufrimiento y la muerte, bien enfocados, como el antídoto obtenido del mismo veneno, se convierten en medicina para enfocarse en lo verdaderamente importante. Estas realidades pueden ser maestros estupendos para colmar la vocación al amor.
Intentar entender el problema del dolor es trascendental. Nos lleva a la esencia del cristianismo o nos aparta de él. La forma en qué una persona enfrenta el sacrificio demuestra si confía de verdad en un Ser supremo o no. Paladear el amor divino es la diferencia que brinda al que cree en Dios la posibilidad de transformar una experiencia dolorosa en fuente de alegría y paz.
Para un buen cristiano, Dios es el Dios del amor y la alegría. La confianza en Él le lleva a descubrir que su amor es el aceite que suaviza cualquier sufrimiento. Las dificultades no le apartan de su Padre-Dios sino todo lo contrario. El dolor, sobrellevado por amor es precisamente lo que le hace fuerte. Es el escudo que le protege de la desesperanza y le permiten alcanzar la plenitud definitiva en el amor verdadero.

Juan Carlos Oyuela
Tegucigalpa, 31 de julio de 2016
@jcoyuela
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Familias fuertes contra la violencia

El caso reciente aparecido en los medios de comunicación de una mujer golpeada brutalmente por su pareja seguramente nos conmovió profundamente. Nos da la ocasión de reflexionar sobre la tremenda realidad de la violencia en la familia. No existen los matrimonios sin problemas, nos lo decía recientemente el Papa Francisco en su última exhortación postsinodal “Amoris Laetitia”. Hacen falta familias fuertes, sustentadas en el amor y el respeto mutuo para que no se cuelen por las rendijas del descuido o la indiferencia la fuerte presión de la violencia e intolerancia imperante en la sociedad actual.

Hacer frente a la crisis de valores requiere algo más que leyes. En el caso de la violencia doméstica resultan siempre insuficientes sin la adecuada custodia y promoción de la institución familiar. Sin valores cultivados precisamente en el seno del hogar, no son más que papel mojado. Letra muerta incapaz de detener cualquier clase de violencia.

La violencia solamente puede ser eliminada por el amor. El dragón de mil cabezas de la violencia familiar solamente puede ser ahogado en el santuario que custodia las correctas relaciones en la familia. Es decir en el matrimonio. Institución que por miles de años, anterior a cualquier forma de gobierno, es la única que se ha mostrado capaz de socializar al hombre y prepararlo para los retos de cada época.

En varias estadísticas reveladoras se muestra que la violencia en las parejas de hecho es hasta trece veces mayor que en los matrimonios bien constituidos. Sustentados sobre la base sólida de un compromiso estable fundado en el amor. En las sociedades donde este vínculo es débil debido a la proliferación de “matrimonios” de hecho o el divorcio, las familias se ven sin las herramientas para cumplir su función pacificadora y educativa.

Una sociedad sin familias fuertes es necesariamente una sociedad violenta pues solamente en este ámbito se enseña a vivir y a respetar la gratuidad del amor verdadero. Único elemento capaz de superar la violencia del egoísmo individualista que es la principal causa de los conflictos sociales y familiares.

También son gérmenes de la violencia en la familia, y por ende en la sociedad, todas las formas de eliminación de los más débiles e indefensos. La eutanasia y el aborto son realidades de dominación injusta que introducen la cultura del utilitarismo y cosificación de las personas. Cuando se permite impunemente que unos estén sobre otros, se introduce el chantaje del temor en las relaciones familiares. La experiencia demuestra que en todas estas formas de oponer unos contra otros, al permitir la asimetría de derechos y deberes, quien sale más lastimada es la mujer.

Ya lo decía un personaje importante del siglo XX: “Pervertida la mujer, pervertida la sociedad”. En la familia, la mujer es el santuario de la vida y de los valores más nobles de las personas. Al final, la fortaleza que custodia los valores imperantes en una sociedad son las mujeres, especialmente las madres. La función del hombre, importante también, es custodiar y marcar límites. Pero es la mujer la que define primariamente la función educativa en la familia. Con los valores correctos, las madres pueden cambiar radicalmente una generación completa. Depende mucho de que ellas sean conscientes de su gran responsabilidad y que enseñen a sus hijos el respeto. A veces incluso deberán ir contra corriente para hacerse respetar y defender su importante labor en la familia.

Hacen falta padres fuertes que enseñen a sus hijos, primero con el ejemplo, la lógica del amor y el respeto en la intimidad familiar. De esta forma, los padres, cada uno en su lugar, enseñarán a sus hijos la lógica del servicio y de la entrega mutua. Único lenguaje válido para familias que lejos de la violencia, cultiven el amor sincero y duradero, familias sembradoras de paz y de alegría.

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 24 de julio de 2016

@jcoyuela

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