La generación más provida de la historia

Millenials
Tengo en mis manos un documento titulado: “La realidad del embrión humano en los primeros quince días de vida” de la Dra. Natalia López Moratalla, Directora del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. En este documento científico se afirma que desde el mismo momento de la concepción, el óvulo fecundado es un organismo diferenciado. Un ser humano con estructura genética propia distinta a la del padre y la madre.
El Dr. José Mario López, experto salvadoreño en bioética me decía hace unos días que actualmente existe el siguiente consenso en el mundo científico: “desde el primer instante del cigoto (fase unicelular del individuo) ya podemos hablar de la realidad maravillosa de un niño no nacido”.
El avance de las técnicas de imagen incluso permiten verlo con nuestros propios ojos. El Dr. Francisco J. Contreras dice que: “si el vientre materno fuera transparente, ninguna mujer sería capaz de abortar”.
El avance vertiginoso de los medios de comunicación hace ver más claro para las nuevas generaciones el asunto del aborto. Cada vida humana es intrínsecamente valiosa. Dignidad que no admite mayor o menor grado en función de su desarrollo físico, sexo, salud o raza. Este es uno de los pilares fundamentales de la democracia. Cuando en una sociedad, el destino de unos (vida o muerte) está en las manos de otros, esa sociedad está condenada a desaparecer. La historia lo confirma en diversas ocasiones; cuando existen relaciones de dominio de unos sobre otros, tales como en la época de la esclavitud, por ejemplo, a la larga se establecen injusticias tan profundas que minan radicalmente las condiciones básicas de convivencia. La paz y la justicia se vuelven bienes cada vez más inalcanzables.
En los países en donde se aprobó el aborto, en lugar de significar una conquista de libertad para la mujer (argumento llevado y traído por los promotores de las leyes a favor del aborto) en realidad resultó en un arma más para el dominio y abuso de los hombres sobre las mujeres.
Basta con ver el invierno demográfico de países como España, donde la población mayor de cincuenta años será más numerosa por primera vez en la historia, o la proliferación de otros atentados a la vida como la eutanasia, en la que se descarta de forma caprichosa a los ancianos, o la eugenesia, en la que unos deciden -como hicieran los nazis en su momento- los supuestos criterios válidos para venir a la existencia.
Desde todo punto de vista, abrir la puerta al aborto, es dar paso a toda clase de abusos y desequilibrios. Termina imponiéndose, de forma privada y unilateral, el criterio desacertado de unos pocos. Leía recientemente en una publicación Norteamericana: “Todavía existe un lugar en América donde la gente puede ser asesinada por su raza, y los asesinos quedan libres. Eso es una clínica abortista”.
Cuando no se ve el rostro de quien sufre, es fácil suprimir la reacción de la humanidad compasiva. En los últimos años las estadísticas de los países del primer mundo muestran un aumento constante, duradero y elocuente, de la oposición al aborto, especialmente entre la gente joven. El acceso a los avances científicos ha convertido a los “millenials” en la generación más pro vida de la historia.


Zambrano, 7 de enero de 2016

Propósitos trascendentales

Propósitos 2

Brian Tracy, en su famoso libro “Metas”, menciona el inmenso poder de poner los objetivos personales por escrito. Esto permite repasarlos con frecuencia y sobre todo, concretar a lo largo del tiempo un plan específico. Si además, los comunicamos a nuestros amigos, facilitamos el compromiso necesario para ponerlos en práctica.
Existen propósitos que nos cambian la vida por completo. En estos días últimos del año, es común hacer examen y plantearse nuevos propósitos. Para algunos será bajar unas cuantas libras, mejorar la condición física, proponerse una lista de libros a leer, mejorar las relaciones personales y para otros tal vez sea cambiar de trabajo o tal vez contraer matrimonio.
En mi caso personal, puedo referir que la meta de hace algunos años de dedicar unos minutos cada día a conversar con Dios fue uno de esos hitos transcendentales que gracias a Dios aún perdura. No porque hacer oración nos convierta en un dechado de virtudes, sino porque conversar con nuestro Padre del cielo nos lleva a experimentar la condición de criaturas, con limitaciones, y al mismo tiempo sabernos queridos con un amor incondicional. La oración personal diaria transforma nuestro modo de ver la realidad.
Habrá sido en 1989, cuando junto con un compañero de la Facultad de Ingeniería, comenzamos a ir a unas charlas semanales en la Residencia Universitaria Guaymura, en ese entonces en la colonia Reforma de Tegucigalpa. Fue allí, donde poco a poco, de la mano de un pequeño libro llamado Camino, iniciamos la gustosa práctica de hablar con Dios a diario. Con alguna experiencia, puedo decir que no conozco a nadie que haya intentado abrir su corazón con confianza y sinceridad a Dios que no haya terminado un poco mejor cada día.
Ese mismo libro me hizo vivir mi trabajo profesional de otra manera; amable y exigente a la vez. Gracias a Dios, recibí de mis padres un ejemplo maravilloso de trabajo responsable y abnegado. Con su guía, aprendí a esforzarme por hacer lo mejor posible, cualquier tarea. En esa época de estudiante de ingeniería eléctrica, lógicamente se trataba del estudio.
Aprender que el trabajo puede adquirir un sentido de servicio a los demás, y al mismo tiempo convertirse en ocasión de unión con Dios en medio del mundo, también significó un shock existencial. Gracias a Dios, después de algunos años, aún continúo procurando dar ese sentido a la labor diaria.
Reviso mis apuntes de hace un año y descubro con cierta vergüenza que varias metas se quedaron solo en buenas intenciones. Los doce libros para estudiar en el año fueron sólo nueve, los 600 km de carrera llegaron a 530. Las doce personas que intentaría ayudar de manera personal quedaron en cinco…
Así como un alfiler penetra una superficie de cera con mayor facilidad, las metas concentran nuestros esfuerzos en unos pocos puntos transcendentales. Si en algún caso no las conseguimos, los fracasos no nos apartan del camino del bien. Como decía Víctor Frankl son la mejor forma de transformar nuestras vidas y conseguir la realización personal.

Zambrano, 30 de diciembre de 2016

Generosidad sin límites

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Me conmovió el relato de un amigo el día de ayer. Me contaba que un conocido suyo, para estas fiestas de Navidad acostumbra abrir las puertas de su casa y ofrecer una buena cena, con rompopo y nacatamales incluidos, a todos los mendigos y pordioseros que quieran asistir. Al parecer, al inicio había una cierta resistencia familiar pues año con año el número de los comensales aumentaba. La alegría de compartir terminó por abrirse paso y ahora toda la familia se involucra con gusto en esta actividad.

Jorge en cambio, pide a su familia que para estas fechas escojan el regalo más preciado para hacer una visita a los más pobres y olvidados de su ciudad. Cada año comprueba que esta lección de generosidad repercute en bienes de toda clase para su familia.

En un pueblo cercano a Tegucigalpa, hace dos semanas, fui invitado a participar en una tradición de más de veinte años. Un grupo de familias consiguen con sus amigos alimentos, ropa, juguetes y enseres de primera necesidad para visitar a las familias más pobres de su entorno. En esta ocasión fueron más de cien a las que se pudo hacer llegar un gesto de alegría navideña.

Gracias a Dios, podría contar más historias recientes como estas. Son una muestra de cómo el espíritu cristiano ha ido transformando nuestra sociedad. La alegría de compartir es propio de estas fechas.

La generosidad no la hemos inventado los hombres. La Navidad es justamente la generosidad de Dios que se vuelca en la historia; al nacer Jesús en un pesebre hace más de dos mil años, Dios nos hace el regalo más portentoso de la historia. Ser conscientes del significado de la Encarnación difumina cualquier asomo de tristeza o pesimismo en la vida del hombre.

Sin querer restar mérito a todas estas acciones, siempre que damos algo; tiempo, dinero, ropa, cabe la posibilidad de que esta acción externa no sea un reflejo de nuestro interior. Incluso, ¡podría ser que hacemos estas acciones para acallar una conciencia que grita ante nuestro egoísmo permanente durante el resto del año!

Dar de nuestros bienes. Bien. Pero intentando imitar a Jesús niño hemos de dar un paso más en la generosidad.

Si aprendiéramos a mirar, a escuchar de verdad a los que están a nuestro lado, tal vez nos sorprendamos de sus verdaderas necesidades.

Si supiéramos ver cómo nos ve Jesús desde el pesebre, seguramente descubriríamos que el mundo actual es una boca sedienta de cariño y comprensión. Provocaría en nosotros un cambio radical y duradero.

Ante la rebeldía injustificada de un hijo, por ejemplo, el padre saturado de trabajo sabría descubrir una falta de atención y dedicación de tiempo. Ante el egoísmo y el orgullo, sin causa aparente, de una esposa, su marido sabría descubrir una oportunidad de ejercitarse él en la humildad para aprender a darse de verdad.

Tal vez, veríamos la solidaridad de otra manera. Intentaríamos llevar en nosotros mismos un poco de los dolores y sufrimientos de todos los marginados del mundo. Y al paladear algo de este mar de indigencia, no nos contentaríamos con dar algo. Crecería nuestro deseo de ser generosos, no solamente en una época del año, sino de forma permanente y con todos.

Con toda seguridad, nos daríamos cuenta que no podemos solos. Rezaríamos a Dios para que nos contagie de su generosidad sin límites. Sin duda, será el mejor regalo de Navidad.

Tegucigalpa, 24 de diciembre de 2016

Maestro de cariño humano y sobrenatural

 

El doce de diciembre falleció Monseñor Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei. No me cabe duda que celebró la fiesta de la Virgen de Guadalupe en el cielo, junto con sus predecesores en el gobierno del Opus Dei. Fiel al espíritu que Dios le inspiró a san Josemaría Escrivá, supo transformar su vida entera en ocasión de amor a Jesucristo, de servir a la Iglesia y a todos los hombres.

No puedo evitar recordar muchas enseñanzas que recibí personalmente de él en estos más de veintidós años en los que estuvo al frente del Opus Dei. Fue para miles de personas alrededor del mundo más que un Padre. Con su ejemplo de entrega a los demás, nos daba continuas lecciones de cómo traducir el amor a Dios en auténtico cariño humano.

Lo conocí personalmente en enero de 1999, en Guadalajara. Me llamó la atención su conocimiento cercano de la situación de calamidad de miles de hondureños que habían sufrido con el huracán Mitch. Le fui refiriendo historias y anécdotas de personas que se habían involucrado en ayudar con diversas iniciativas para paliar de alguna manera tanto dolor y carencia material. Con cierto cariño, se adelantaba y añadía circunstancias que yo desconocía. Me recalcó varias veces que era necesario que nos esforzáramos por intentar no excluir a nadie y hacer llegar a todos el bálsamo de la caridad cristiana.

Un año más tarde, en enero del año dos mil, tuvimos la gracia especial de que Mons. Echevarría hiciera su primer viaje a Honduras. En esa ocasión, nos dio ejemplo visitando a Elvin, jardinero que vivía en la colonia las Brisas de Tegucigalpa y que recientemente había perdido su casa por la crecida del rio Choluteca. Nos enseñaba de esta manera a superar lamentos estériles y pasar, con hechos concretos, a consolar a tantas personas que habían perdido a seres queridos y bienes materiales.

En el año 2001, en una reunión en Roma, me dijo que una manera indispensable para fomentar el desarrollo en Honduras era promover una educación de calidad. Enseñar a los jóvenes a tomarse en serio su propia formación, para luego convertirse en agentes de transformación del país a través de su trabajo bien hecho, con una visión ética y como medio de servir a los demás.

En julio del año 2014, ocasión en que estuvo en nuestro país por segunda vez, nos contó a más de cuatro mil personas que le escuchábamos en el Centro Escolar Antares de Tegucigalpa, que antes de llegar a esa reunión, había pasado a saludar a la Virgen en la Basílica de Nuestra Señora de Suyapa. Allí aprovechó para bendecir, una imagen de la Virgen en estado de buena esperanza, dedicada al no nacido. En ese año dedicado a la familia, era un modo concreto de animarnos a rezar y buscar la promoción de esta importante institución de la sociedad.

En todas las ocasiones, podría referir una multitud de detalles de cariño con toda clase de personas. Desde los policías de tránsito que le acompañaron en los diferentes traslados, pasando por los jardineros de la casa Montecillos en Zambrano, hasta el dueño de una empresa que da empleo a cientos de hondureños.

Para mí, Mons. Javier Echevarría, fue un ejemplo claro de cómo ser santo en medio del mundo. Un Padre que se desvivió por sus hijos. Un verdadero maestro del cariño humano y sobrenatural.

Juan Carlos Oyuela

Guadalajara, 17 de diciembre de 2016

La escultura de la promoción 2016

Los últimos años, mis alumnos de ética me piden unas palabras de despedida. Un mensaje final como recomendación para la nueva etapa que comenzarán; sus estudios universitarios. Me gustaría inmortalizar este mensaje con una escultura que sirviera de testimonio para los siglos venideros. Un testimonio mudo y a la vez elocuente de un grupo maravilloso que me dejan muchas lecciones valiosas.

Recordarán el último trabajo pedido en la clase; ¿cómo combatir la corrupción en Honduras?. Todos aportaron valiosos elementos. No dejaron de sorprenderme gratamente las propuestas de algunos de ustedes; desde Rodrigo que planteaba vencer el germen de “corrupción endógena” que todos portamos enseñando a pensar a las personas. Otros propusieron mejorar la institucionalidad y el respeto de las leyes fortaleciendo el sistema judicial. Otro, con el sano idealismo de los 17 años, remarcó la necesidad de formar en solidaridad a todos los hondureños. Acercar los que tienen más a los que tienen menos, para constatar en primera persona las enormes necesidades y las consecuencias de la corrupción en los más desfavorecidos.

Después de repasar los análisis de la magnitud de los problemas sociales de Honduras, por un momento no pude evitar el pesimismo. Sin embargo, después de reflexionar sobre los puntos en común de todos los escritos, me di cuenta que al contemplar esta nueva generación, y a este grupo en concreto, no queda más alternativa que llenarme de esperanza y optimismo.

La escultura que pediría para inmortalizar este mensaje, mostraría a treinta y cuatro jóvenes realizando las más diversas tareas con la seriedad del trabajo bien hecho. Allí estarían los más brillantes, con inteligencias preclaras capaces de mostrar los avances de las diversas ciencias. Aunque personalmente me gustaría más poner en primer plano a los que supieron suplir con su trabajo, constante y esforzado, la posible desventaja en otras cualidades.

El trabajo, cualquiera que sea, realizado por amor, a conciencia, es para mí la primera cualidad que requiere todo el que desee sacar adelante nuestro país. Gracias a Dios, me consta, que todos ustedes han demostrado esta capacidad de trabajo hecho a conciencia.

La segunda cualidad que intentaría dejar plasmada en esta escultura es la del servicio. Por eso, no sería una escultura de una persona en particular. Servir se hace necesariamente en grupo. Para esto, pediría al escultor que reflejara a varios, ayudando a los demás, después de haber concluido con el trabajo personal.

La tercera cualidad que me gustaría encargar al escultor es que refleje un alto sentido de la ética y de los valores. Para esto, me gustaría que uno de los personajes mantuviera en alto una antorcha simbolizando la luz de la belleza, de la verdad y del bien. Este estudiante, radiante de alegría, aunque cansado por el esfuerzo, nos mostraría que la ética no es solamente para admirarla y conocerla sino sobre todo para ponerla en práctica. Ordinariamente con el ejercicio diario y esforzado de las virtudes.

Por último, mi escultura ideal no tendría nombres. Aunque para los conocedores de los Seniors 2016, cada personaje fuera perfectamente reconocible, preferiría mostrar que lo importante no está en figurar, sino en ser útil y servir. La ausencia de nombres sería además un canto de esperanza. Mostraría que el ideal de un grupo de amigos; leales, trabajadores, sinceros y esforzados, está al alcance de cualquiera de nosotros.

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 27 de noviembre de 2016

La paradoja de mis cuarenta y seis

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Los regalos que pido a Dios en mis últimos cumpleaños son cada vez más curiosos. Llega una edad en la que se valoran las cosas de otra manera. Lo caduco comienza a dejar paso a lo permanente. El deseo de lo material se extingue en favor de los auténticos bienes espirituales. Las ideas y logros de éxitos desaparecen como el humo y se comienza a valorar más a las personas.

Me encantan las paradojas. La primera que llamó mi atención, tal vez fue a los doce años, decía más o menos así: “vive de tal manera que aunque pierdas, ganes”. Mis amigos de esa época, podrían hablar de múltiples sueños, ambiciones y una que otra cumbre conquistada.

En torno a los veinte, se presentó el ideal de. intentar volar como las águilas y no como ave de corral. Esta, junto con otra genial paradoja de Chesterton: “Al hombre de cada siglo le salva un grupo de hombres que se oponen a sus gustos”, orientaron mis pasos.

La cercanía con el Evangelio y la formación católica, me pusieron en contacto con un sinnúmero de paradojas. Más para intentar poner en práctica que para teorizar: baja si quieres subir; sirve si quieres ser mejor; olvidarte de ti mismo si quieres encontrarte.

Aquí va otra paradoja. Un año más y pareciera que es uno menos. Con toda sinceridad, me siento como cuando ingresé con gran ilusión a mi colegio de secundaria, cuando tenía trece. Cabría preguntarse ¿cuál es el elixir de esa extraña juventud? El que han buscado, sin mucho éxito, los hombres de todos los tiempos.

Es aquí donde aparece la paradoja más desconcertante todavía. Desconocida tristemente para la gran mayoría de las personas: la auténtica felicidad está amarrada misteriosamente con el sufrimiento y con el dolor. Y no es que la vida me haya brindado tantos sufrimientos. Se trata sobre todo de una actitud ante lo que pueda costar.

Cuando se hace el asombroso descubrimiento de que solamente es feliz el que se empeña en no serlo; cuando se intenta ser un poco más generoso y se abre sin miedo la puerta al dolor sobrellevado por amor, es entonces cuando se hace más difícil perder la paz y la alegría.

Me parece que fue san Bernardo quien dijo que solamente puede llevar una vida recta el que está dispuesto a sufrir con alegría y aún así perseverar haciendo el bien. Este es el deseo que quiero compartir con mis amigos el día de hoy: perder el miedo a las incomodidades de la vida, estar dispuestos a convivir con el dolor, sin quejarse; llevar con elegancia las dificultades. Aquí es cuando se comienza a caminar por la vía virtuosa.

Con seguridad, falta mucho camino por recorrer. C.S.Lewis decía que el dolor es el altavoz de Dios para enseñarnos a amar de verdad. Si aprendemos a escuchar este altavoz, tendremos cada vez más juventud, porque iremos aprendiendo a amar de verdad.

Juan Carlos Oyuela

23 de noviembre de 2016

Los buenos somos más

Buenos

Tal vez te pase lo mismo que a mí cuando escuché esta expresión por primera vez. Casi instintivamente me la apliqué pensando que estoy en el lado de los buenos. Especialmente en este Año de la Misericordia, el Papa Francisco ha mencionado en varias ocasiones que no es cristiano dividir a las personas entre buenas y malas.

En una sociedad herida de muerte por la corrupción y la violencia, hace falta mucha valentía -o desconocimiento propio- para utilizar esta expresión en primera persona. Si los buenos somos más, ¿quiénes son los que causan las graves injusticias que vemos a diario?, y además ¿qué clase de bondad es esa que contempla con indiferencia la muerte de tantas y tantos? ¿Qué bondad es esa que se acostumbra a tanta desigualdad social?.

Ya sea por acción u omisión, todos somos protagonistas de los aciertos y enfermedades de nuestro país. En el caso de la corrupción por ejemplo, no actúa de forma equivocada solamente el que ofrece una “mordida” sino también el que la recibe y además, los testigos mudos que hacen como que no ven y no oyen.

Es difícil que en un ambiente enfermo de iniquidad hasta los tuétanos, pueda instalarse cómodamente alguno sin hacer nada, o que tranquilice su conciencia con la ceguera del que no quiere ver tanta pobreza e impunidad.

La expresión que ahora comento, me recuerda otra parecida que podría sufrir un análisis parecido y que es el título de un interesante libro: “Que los buenos no hagan nada”. En este caso, la frase resulta más imposible aún ya que es difícil calificar de bueno al que se deja atenazar por la inactividad; más en una sociedad como la nuestra que requiere más que nunca de nuestra participación, para defender los derechos individuales, especialmente de los más desfavorecidos.

De forma indirecta, la expresión “los buenos somos más”, coloca en aprietos a los relativistas defensores de que la verdad y la justicia dependen del punto de vista de cada uno. Siempre, cuando hablamos de bondad o maldad, estamos abocados a reconocer la objetividad de un orden superior que traza la línea divisoria entre estas dos realidades. En mi caso personal, constatar la existencia del bien y del mal objetivos, es una muestra más de la existencia de una ley que está fuera de cada uno, que no nos hemos dado a nosotros mismos como dicen los positivistas. Y como sabrán bien los jurisprudentes, si existe ley, existe legislador. Que en mi caso personal, además considero que es un Dios amoroso y providente.

La ingenua postura de Rousseau que define al hombre como naturalmente bueno es una y otra vez desmantelada por la historia. Los que la defienden por ignorancia o autocomplacencia, han de prepararse para continuos desengaños. La experiencia también muestra con qué facilidad se pasa de un extremo al otro: de la fe ciega en una humanidad autosuficiente, sin necesidad de redención, a la más profunda decepción y desconfianza hacia todo lo humano.

La verdad es que no existen personas buenas ni malas en estado químicamente puro. Todos somos una mezcla de colores claros y oscuros; tenemos virtudes y defectos. Las virtudes como cualidades que hemos de agradecer y mantener con esfuerzo; los defectos como imperfecciones y errores de personalidad que están para que ninguno se sienta exonerado de luchar por ser mejor cada día.

Las imperfecciones personales, enfocadas con humildad, cumplen otra valiosa función; nos ayudan a comprender y a ser pacientes con los defectos ajenos. Pero sobre todo, las imperfecciones personales nos ayudan a tener la mínima  modestia de nunca auto colocarnos de forma imprudente entre los que se consideran “buenos” a sí mismos. En todo caso, pediremos la ayuda de Dios y de los que nos quieren, para que al final de nuestra vida podamos ser incluidos entre el número de los que son buenos de verdad.

 

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 6 de noviembre de 2016

¿Qué leer?

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La lectura del interesante artículo ¿Qué leer? (I): Nuestro mapa del mundo me trajo a la memoria un correo que recibí hace mucho tiempo. Lo guardé en mi baúl de material interesante, tal vez porque sentí cierta identificación con el caso de este amigo desconocido.

***

Tengo varias adicciones. Tal vez la más esclavizante en estos últimos años es la que me ata a Internet. Se me hace difícil desconectar, aunque sea por un día. Esta adicción, posiblemente se alimenta de la curiosidad de buscar información; soy coleccionista empedernido de libros y artículos. El deseo de saber me engaña pensando que en algún momento encontraré tiempo para leer todo el material acumulado. Como si se tratase de una urraca que va coleccionando baratijas de los resplandores más variados, voy acumulando una cantidad ingente de información sin orden ni concierto. A veces, caigo en el engaño de que en algún momento estaré en una isla desierta junto con mi biblioteca, allí sí dispondré de todo el tiempo del mundo para la lectura.
Como siempre, cantidad va en detrimento de la calidad. En mi biblioteca particular tengo más de cinco mil libros, de las temáticas más variadas. Desde los dedicados a la formación, pasando por los de historia hasta los de pasatiempos más diversos. Obviamente, es mucho más material del que podré leer en toda mi vida.
En el caso de los artículos, la situación también es preocupante. A diario, dedico casi una hora a almacenar información que pienso será de utilidad en algún momento. Casi siempre se trata de artículos que podrán servir de inspiración para un futuro artículo o de recomendación para alguno de mis amigos o conocidos.
Una cosa es la cantidad de lecturas y otra el aprovechamiento. Mejor poco y bien, que mucho y mal.
Dime de que presumes y te diré que te falta dice el conocido refrán. La adicción a coleccionar información, tal vez sea manifestación de un complejo de inferioridad o la vanidad de querer ser visto como intelectual. En el fondo, es una valoración equivocada. Tanto sabes, tanto vales.
En todo caso, es algo irracional que establece unos rituales diarios o semanales que deben ser realizados a toda costa. Es llamativo, pero conforme pasan los años, el afán mal entendido de orden, se puede cristalizar en rutinas que si te descuidas, en lugar de perfeccionar, hacen que pierdas flexibilidad y disminuya el sentido crítico para valorar si este hábito es conveniente o no.
La verdad, es que dedico poco tiempo a leer. Si recortara el tiempo para coleccionar información, tal vez, podría ganar más en profundidad y en tiempo de lectura y estudio de temas transcendentales. Ganas de lectura y estudio no me faltan, pero el que mucho abarca poco aprieta. Habitualmente tengo varios libros que voy leyendo de forma simultanea.
Cuando más orden tuve en este campo, fue cuando una persona me recomendaba las lecturas, dedicaba un tiempo diario con constancia -incluso plasmado en el horario- y me había propuesto no tocar un libro nuevo hasta haber concluido el anterior.
La cantidad de libros y artículos que se pueden leer es enorme. Obviamente, siempre habrá más material del que podamos asimilar con provecho. Como en todo, no se trata de la cantidad sino de la calidad. En esto, también se podría aplicar el principio 80-20. Escoger el 20% de las mejores lecturas que pueda hacer y enfocarse en estas.
Ser consciente de las propias adicciones es sumamente valioso para controlarlas y ponerles medida. El esfuerzo de desconectar de Internet de estos días ha sido sumamente provechoso. Mi propósito: consultar de nuevo las lecturas y tomar control del tiempo que dedico a coleccionar información. 

***

Internet, con su grandiosa utilidad, puede llegar a hastiar. Demasiados datos plantean la necesidad de saber escoger para no sucumbir ante la marea de información innecesaria. Utilizar la red con una finalidad específica, para no dejarnos atrapar por Internet que, como telaraña, puede envolvernos y asfixiarnos en un mundo irreal.

Hace falta disponer de tiempos y lugares para desconectar del mundo virtual y establecer conexiones con el mundo real; con las personas, con nosotros mismos. Hacen falta momentos de tranquilidad, al margen de los continuos reclamos de atención de las notificaciones del teléfono, de las redes sociales y de los mensajes de correo que quieren tiranizar nuestra atención. En ese mundo de puertas abiertas a toda clase de mensajes, falta discriminar para discernir lo que es importante de lo que no. Igual llama a la puerta un correo en el que se nos ofrece un curso on line, que carece de interés en ese momento, que un mensaje importante que necesita reflexión y en algunos casos, poner manos a la obra para convertirlo en acción.

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 9 de octubre de 2016

@jcoyuela

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Motivación para un estudiante de filosofía

motivación estudiante filosofía
Converso con un estudiante que tiene dificultades en la clase de filosofía. Sus padres y yo coincidimos plenamente en la importancia de esta materia sobre todo en la cultura actual. Aunque es una ciencia cuestionada por algunos, vacía e insustancial para otros, en nuestro tiempo se muestra imprescindible. Hace falta sentido crítico y desarrollar la capacidad de pensar para hacer frente al exceso de información intrascendente que nos inunda. Ahora más que nunca, con la cultura de la imagen, hace falta ahondar y evitar quedarse en las apariencias. Para superar la frivolidad y no acomodarse en lo accesorio e ir a la esencia de las cosas. Para razonar con orden y expresarse con claridad.
Es verdad, aun con su aparente inutilidad, el estudio de la filosofía nos brinda una estructura de pensamiento que nos ordena interiormente y ubica cada conocimiento en su sitio. Sin estudios filosóficos, las personas se vuelven contenedores de conocimientos, de sensaciones y conceptos, sin criterio e incapaces de encontrar el verdadero sentido a la realidad.
Entendí perfectamente a mi estudiante. Me traslado años atrás a mis primeros pininos en la ciencia de Sócrates, Platón y Aristóteles. Recuerdo el esfuerzo que supuso para mí, que aún continúa, superar algunos “virus” intelectuales que me habían contagiado, sin darme cuenta. Mis estudios más orientados a las ciencias exactas harían que viera la realidad desde un lente teñido de ciertos colores distorsionadores.
Fue precisamente al entrar en el mundo de sofía, de la mano de unos pacientes maestros, cuando al deambular por las mentes preclaras de los más variados filósofos y sus estilos de pensamiento, que me hizo caer en cuenta que estaba enfermo hasta los tuétanos. El “positivismo”, con su equivocada idea de que solo existe lo que se puede ver y tocar, era el martillo con el que quería resolverlo todo.
El método científico, propio de este “científismo” erróneo, convierte a la persona en una máquina de carácter exclusivamente material. Reduce a la sociedad en un conjunto de leyes que pasan por alto muchas veces la maravilla de la dignidad y libertad de las personas. La ética queda reducida únicamente a una emotividad individualista que quita la vigencia de conceptos y normas universales. En resumen, para un positivista, todo el conocimiento pasa por un estrecho agujero por el que entra solamente una parte de la realidad, dejando por fuera la existencia de verdades tan trascendentales como el amor, el alma y Dios, por ejemplo.
Para nuestro estudiante, puede tratarse de un problema de motivación. Llegados a este punto, aprovecho para mencionar que la filosofía es una esas asignaturas que choca de frente con algunas tendencias pedagógicas modernas. Aquí el maestro deberá ser más que un facilitador y un orientador de los aprendizajes. Habrá de “personificar” el amor por la sabiduría de cada uno de los autores estudiados. No para repetir los mismos problemas que intentaron resolver, sino para imitar su empeño por conectar con la realidad, escudriñarla y encontrarle sentido. Y todo esto, requiere esfuerzo por parte del maestro y por supuesto del estudiante. Precisamente la palabra de la que intentan escapar muchos pedagogos modernos.
La filosofía, tal como la ejercitó san Agustín, nos conduce a desconfiar de las respuestas inmediatas e irreflexivas. Nos llevará, tal como el hizo, a encontrar la paz del corazón inquieto en la Verdad suma. Si le dejamos, nos dará todos los elementos para escapar de las esclavitudes de pensamiento único y de los fanatismos. Nos llevará a preguntarnos incansablemente en los “por qué” de las cosas y nos transformará en verdaderos pensadores. Precisamente la única actividad que nos distancia de reaccionar instintivamente como los animales. Pensar nos hará rebeldes, con esa rebeldía buena que desconfía de los estereotipos comunes que esclavizan.
Quien lee una vez a Platón, a santo Tomás de Aquino, a Descartes, a Piepper, no podrá evitar que estos pensadores continúen viviendo en él y le acompañen. Intentar filosofar y plantearse los problemas que ellos enfrentaron hará que veamos el mundo de una forma diferente. Probar el elixir del amor a la sabiduría hará que no podamos despojarnos del ojo inquisitivo, y ahora sí científico, que busca conocer las verdaderas causas de todo.
Nuestro estudiante está ahora esforzándose por aprovechar mejor su clase. Me dicen que está encontrando la motivación que le hacía falta. Le deseo que continúe con su empeño, que descubra el placer de pensar y tal vez su viaje termine deslumbrándole con la ciencia de las ciencias.

Juan Carlos Oyuela
Tegucigalpa, 2 de octubre de 2016

Fuertes contra la violencia familiar

violencia familiar

El caso reciente aparecido en los medios de comunicación de una mujer golpeada brutalmente por su pareja seguramente nos conmovió profundamente. Nos da la ocasión de reflexionar sobre la tremenda realidad de la violencia familiar. No existen los matrimonios sin problemas, nos lo decía recientemente el Papa Francisco en su última exhortación postsinodal “Amoris Laetitia”. Hacen falta familias fuertes, sustentadas en el amor y el respeto mutuo para que no se cuelen por las rendijas del descuido o la indiferencia la fuerte presión de la violencia e intolerancia imperante en la sociedad actual.

Hacer frente a la crisis de valores requiere algo más que leyes. En el caso de la violencia familiar resultan siempre insuficientes sin la adecuada custodia y promoción de la institución familiar. Sin valores cultivados precisamente en el seno del hogar, no son más que papel mojado. Letra muerta incapaz de detener cualquier clase de violencia.

La violencia solamente puede ser eliminada por el amor. El dragón de mil cabezas de la violencia familiar solamente puede ser ahogado en el santuario que custodia las correctas relaciones en la familia. Es decir en el matrimonio. Institución que por miles de años, anterior a cualquier forma de gobierno, es la única que se ha mostrado capaz de socializar al hombre y prepararlo para los retos de cada época.

En varias estadísticas reveladoras se muestra que la violencia en las parejas de hecho es hasta trece veces mayor que en los matrimonios bien constituidos. Sustentados sobre la base sólida de un compromiso estable fundado en el amor. En las sociedades donde este vínculo es débil debido a la proliferación de “matrimonios” de hecho o el divorcio, las familias se ven sin las herramientas para cumplir su función pacificadora y educativa.

Una sociedad sin familias fuertes es necesariamente una sociedad violenta pues solamente en este ámbito se enseña a vivir y a respetar la gratuidad del amor verdadero. Único elemento capaz de superar la violencia del egoísmo individualista que es la principal causa de los conflictos sociales y familiares.

También son gérmenes de la violencia familiar, y por ende en la sociedad, todas las formas de eliminación de los más débiles e indefensos. La eutanasia y el aborto son realidades de dominación injusta que introducen la cultura del utilitarismo y cosificación de las personas. Cuando se permite impunemente que unos estén sobre otros, se introduce el chantaje del temor en las relaciones familiares. La experiencia demuestra que en todas estas formas de oponer unos contra otros, al permitir la asimetría de derechos y deberes, quien sale más lastimada es la mujer.

Ya lo decía un personaje importante del siglo XX: “Pervertida la mujer, pervertida la sociedad”. En la familia, la mujer es el santuario de la vida y de los valores más nobles de las personas. Al final, la fortaleza que custodia los valores imperantes en una sociedad son las mujeres, especialmente las madres. La función del hombre, importante también, es custodiar y marcar límites. Pero es la mujer la que define primariamente la función educativa en la familia. Con los valores correctos, las madres pueden cambiar radicalmente una generación completa. Depende mucho de que ellas sean conscientes de su gran responsabilidad y que enseñen a sus hijos el respeto. A veces incluso deberán ir contra corriente para hacerse respetar y defender su importante labor en la familia.

Hacen falta padres fuertes que enseñen a sus hijos, primero con el ejemplo, la lógica del amor y el respeto en la intimidad familiar. De esta forma, los padres, cada uno en su lugar, enseñarán a sus hijos la lógica del servicio y de la entrega mutua. Único lenguaje válido para familias que lejos de la violencia, cultiven el amor sincero y duradero, familias sembradoras de paz y de alegría.

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 24 de julio de 2016

@jcoyuela

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