Mis travesuras de niño

Conhermano

 

El primer regalo que recuerdo es un triciclo comprado por mi papá cuando tenía yo 3 o 4 años. Como fui inquieto, al poco tiempo me aburrí de la seguridad de andar en tres ruedas y se me ocurrió transformarlo en una bicicleta de dos llantas.
Esta fue la primera de una larga lista de travesuras iniciadas por querer estudiar el funcionamiento, mejorar lo que para mí era un desperfecto o sencillamente transformar los aparatos que estaban a mi alcance.
Casi siempre, las dificultades surgían cuando el experimento fallaba y decidía dar marcha atrás restaurando a su estado inicial el aparato en cuestión.
La mayoría de las veces sobraban piezas y tarde o temprano mis padres, en primer lugar mi mamá, notaban el desperfecto. Las reprimendas y castigos lograban el efecto contrario y con cierta frecuencia volvía a las andadas.
La siguiente víctima fue la televisión de tubos en blanco y negro que con gran esfuerzo habían comprado mis papás. Una tarde en la que estaba sin mucho que hacer, tuve la brillante ocurrencia de abrir el aparato marca Philips y estudiar con detenimiento los tubos al vacío que tenía dentro. Perdí la noción del tiempo y cuando caí en la cuenta que mi papá estaba pronto a regresar del trabajo, descubrí, con cierto horror y preocupación que los tubos no eran iguales. De más está decir mi descuido de no marcar el lugar exacto en que iba cada uno. A toda velocidad puse los tubos como pude, no obedeciendo ninguna lógica y tuve justo el tiempo exacto para dar vueltas al último tornillo y dejar la televisión con apariencias de normalidad.
Cuando mi papá encendió el aparato con la ilusión de ver el noticiero, lo único que recuerdo es la nube de humo que salió detrás del aparato y el lógico enojo de mis papás. La sorpresa que simulé no sirvió de nada para disipar las sospechas. Era evidente que el único capaz de atreverse a meterle mano a un aparato, casi nuevo, era yo.
Gracias a esta travesura, estuvimos en la casa sin televisor por varios años. Entonces las únicas fuentes de distracción para mí eran la enciclopedia y los libros de electricidad que tenía mi papá en el librero. Cuando los libros aburrían salía a la calle a jugar desde fútbol, para el que siempre fui poco hábil, hasta trompo, maules, volar barriletes o el tradicional yoyo.
Tal vez por esto, mi hermano, tres años menor que yo, se volvió aficionado a pasar horas y horas contemplando la vida de las hormigas; le fascinaban la forma de organizarse para conseguir alimentos, su forma de vida etc. Allí fue cuando comenzó a decir que le gustaría ser veterinario algún día. Al final, las vueltas de la vida le llevaron a convertirse en médico.
Tal vez fue a los 8 o 9 años cuando centré mi atención en uno de los libros de física del mencionado librero. Estudiando el Principio de Arquímedes y después de pasar por los experimentos en el agua, descubrí que las fórmulas eran también validas para el aire, que al fin y al cabo es un fluido. Al inicio los cálculos se dirigieron a determinar el tamaño del paracaídas para sostener el peso de un soldadito de plástico. Después, no se por qué razón, extrapolé un poco lo números y pensé en uno capaz de soportar el peso de Mauricio, mi hermano y compañero incondicional de nuevas experiencias científicas (o travesuras).
Después de afanarme en conseguir algunas bolsas de plástico de las que se usan para basura, las uní quemando los bordes con una candela. Cuando todo estuvo listo, subimos con Mauricio al techo de la casa, le amarré el pseudo-paracaídas y ocurrió lo peor. En la teoría todo estaba contemplado; tamaño, desplazamiento del aire, cuerdas etc. Todo estaba pensado menos la fragilidad del plástico. Gracias a Dios, mi hermano cayó sobre un montículo de arena que amortiguó el golpe y aminoró las consecuencias dramáticas. Otra vez, el merecido castigo y regaño de mis papás. Y por supuesto, el dolor de haber hecho sufrir a mi hermano.
Este mismo libro de física fue el culpable luego de un experimento con poleas. Me sorprendió que, con las combinaciones adecuadas, con el mínimo esfuerzo se podían usar para levantar pesos considerables. Fue cuando, sin decir para qué aviesos fines, le pedí a mi papá que me consiguiera algunas poleas.
Volví a tomar papel y lápiz y propuse de nuevo a mi hermano otro experimento. Usando una o dos poleas, no recuerdo bien, yo levantaría su peso de niño de 5 años. Todo parecía ir bien hasta que, de nuevo, mis cálculos tal vez demasiado teóricos, no habían considerado la fragilidad del eslabón más débil, en este caso el palo de escoba que sostendría todo el peso. Justo al comenzar la operación de ingeniería, el palo se rompió y ocurrió el desastre de caer en la cabeza de mi hermano las pesadas poleas. De nuevo, estaba en problemas y recibí el respectivo castigo.
La lista de “travesuras científicas” podría continuar. Podría contar como estropee la máquina de coser de mi mamá -justo una semana después de comprada-, como clavé un dardo metálico en la cabeza a un vecino, como incendié mi pantalón nuevo el primer día de clases en el Kinder, las varias veces que me paré en clavos, de la espinada en todo el cuerpo por atrapar moras en el cumpleaños de una prima… y muchas tantas otras travesuras que mi hermano, con mejor memoria, podría enumerar.
Con estas travesuras dejo constancia el esfuerzo que supuso para mis papás y hermano el irme civilizando. De no haber sido por su amor y paciencia nunca habría salido adelante.
Por otro lado, solamente el que procura conocer sus propias deficiencias comprende las ajenas. El recuerdo de la paciencia y el amor que han tenido con nosotros nos ayudará a ser iguales con los que dependan de nosotros.
Dios puede servirse hasta de las travesuras de niño, o de adultos, para hacernos mejores. Si aprendemos a ser sinceros y sacamos el pie del hoyo cuanto antes, adquiriremos la experiencia de no volverlo a hacer. Nos volverá expertos en ayudar a otros a salir de sus equivocaciones.

Dedicado a mis papás José Augusto, Gladys y a mi hermano Mauricio. A mis tíos, primos y a mi numerosa familia.

Juan Carlos Oyuela
Guatemala, 22 de diciembre de 2015
@jcoyuela
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