Breve guía para ser un corrupto de éxito (1)

Político corrupto

En un país muy lejano, en la biblioteca de un viejo amigo, encontré por casualidad un libro de nombre curioso: “Breve guía para ser un corrupto de éxito” de R.M. González. Tal vez por contraste con el “sea vuestro sí, sí y vuestro no, no” de una persona normal, sincera, de una pieza, quise dejar en evidencia a muchos hábiles “polítiquejos viperinos” de los que ya hablé en otras ocasiones.

La actividad política en su conjunto está desprestigiada. Es verdad. Hace falta con más urgencia prestigiar esta noble profesión. El paso es formarnos nosotros mismos y fomentar la participación de personas con condiciones y también con ética y principios. Tal como escribí en su momento en ¿QUÉ CLASE DE POLÍTICOS QUEREMOS?

Plasmo, casi íntegro, el capítulo referente a las habilidades comunicativas de un supuesto político corrupto. Los ejemplos me causaron  gracia y tristemente tantos recuerdos que no pude aguantar las ganas de compartirlo. No pretendo ofender a nadie. Cualquier parecido es pura coincidencia. Solamente se trata de resaltar que la sinceridad es parte importante de la deontología política.

Ojalá sirva para hacer pensar a algunos y divertir a otros. Hacer ver la responsabilidad en el uso de las palabras y aprender a distinguir a los “teóricos”, buenos para hacer sudar la lengua hasta el cansancio, de los interesados en el bien de las personas. Después del preámbulo, el texto en cuestión (los subrayados y resaltados son míos):

Lengua y Literatura Este es un terreno fértil, nos situamos frente a un vasto campo que debemos dominar con la pericia de un maestro. El lenguaje es un arma en nuestras bocas, su poder es absoluto, las posibilidades que la semántica, la retórica y la utilización de eufemismos nos ofrecen son de una importancia superlativa. La comunicación es un factor clave, la política no es más que una categoría contenida en el interior del lenguaje, las notas de prensa y las comparecencias delante de esos micrófonos impertinentes, las declaraciones en los juzgados, los discursos en el atril; el éxito depende de nuestra capacidad oratoria. Contaremos con la ayuda de múltiples expertos en comunicación y publicidad, licenciados imberbes devotos de aquellos romanos ya fríos. Aunque seremos nosotros, los corruptos, los responsables últimos de nuestras palabras. Hemos de ser cuidadosos e inteligentes. El Verbo es nuestro.

Al igual que un ministro de hacienda se refiere a una subida de impuestos como un ajuste temporal en los tipos impositivos, nosotros, los alumnos de la corrupción, debemos empezar a emplear este tipo de herramientas en nuestro día a día. Se trata, en resumen, de dulcificar cada mensaje, de cambiar las palabras para que la verdad quede oculta bajo una capa grasienta de azúcar y complacencia. Cuando nuestra pareja nos recrimine alguna omisión imperdonable (no bajar la basura) nosotros debemos responder algo parecido a esto; la coyuntura actual nos impide ejecutar aquellas medidas que anunciamos previamente, pero este hecho provisional, no nos aparta del compromiso adquirido con anterioridad, simplemente debemos centrarnos en otras tareas que, a día de hoy, representan una prioridad estatal. El aspirante a corrupto no puede, jamás, ser sincero y rotundo en sus comunicados. Si nuestra pareja nos pregunta por qué no hemos fregado los platos, nunca, bajo ningún concepto, debemos responder algo así; Porque no me ha dado la gana. Nunca. Lo que el buen corrupto respondería a una pregunta semejante, sería esto; El gobierno anterior es el responsable de la dramática tasa de desempleo que golpea a nuestro país. Dicho esto, debe repetir la misma idea de manera sistemática, constante, sin pausa, hasta que el oponente caiga rendido ante la redundante y repetitiva reiteración de nuestra locución infinita.
Una vez hayamos interiorizado este tipo de discurso, cuando controlemos los recursos que la lengua nos brinda, debemos aplicar tales conocimientos de manera práctica.
Abrid la cartera de vuestra pareja y retirad el billete de mayor valor que encontréis. Cuando ella (o él) pregunte qué ha ocurrido con el dinero, la respuesta correcta sería la siguiente: Mira, vida, sabes perfectamente que mi amor y mi cariño hacia ti gozan de una condición de perpetuidad, sabes que juntos hemos superado afrentas brutales y golpes terribles, al igual que hemos vivido momentos dulces y alegres. Mi compromiso es inquebrantable, nada podrá apartarme del camino escogido, esta senda puede resultar oscura y repleta de obstáculos, pero mi determinación es férrea. Matizado esto, es oportuno señalar que los avatares del destino escapan a nuestra capacidad de entendimiento, somos imperfectos y efímeros. El estado, la sociedad, es lo que realmente importa. Somos meros representantes de una voluntad superior y soberana. Por ello, en clara consonancia con el dialogante espíritu actual, debemos olvidar las poco probables ofensas personales y centrarnos en aquello que nos une. La desaparición de dicho billete, suponiendo que alguna vez existió, es un detalle irrelevante para el desarrollo de esta brillante sociedad que todos estamos construyendo. Es posible, incluso probable, que el billete se haya materializado en otra cartera, un comité de expertos me ha informado a este respecto. A veces ocurre. Por todo ello, amor mío, luz de mi vida, no debemos dedicar más tiempo y esfuerzos a este conflicto trivial, no. Debemos sentarnos y dialogar sin presiones ni prejuicios, debemos caminar juntos. No se admiten preguntas. Cualquier otra respuesta es errónea.
La mejor manera de contestar una pregunta es alargar la respuesta sin llegar nunca a una conclusión satisfactoria para el interrogador. Si alguna vez nos encontramos en la tesitura de responder de manera taxativa (sí o no) a una pregunta de una mínima relevancia, la mejor salida posible es hablar y hablar y hablar y hablar y hablar sin importar las palabras que utilicemos y hablar y hablar ya que se trata de evasión y hablar y hablar y hablar hasta que nuestro interlocutor sufra y hablar una aneurisma.
Y acusar a la oposición de orquestar una conspiración en nuestra contra para así dañar a nuestro partido. Siempre. Y hablar y hablar y hablar y hablar para y hablar llenar el mayor espacio y hablar y hablar posible.

Hasta aquí la larga cita. Hablar y aparentar es relativamente fácil. Es fácil perder el tiempo en ideologías; conjunto de ideas existentes solo en las sesudas inteligencias de algunos iluminados. La coherencia la dan las obras. En cualquier democracia hace falta debatir, brindar opiniones, crear espacios de entendimiento, lograr consensos. Es un punto de partida para involucrar, incitar a la participación activa en el bien común. Para ilusionar en un proyecto común y pasar a las obras.

Gracias a Dios, es relativamente fácil, descubrir al auténtico SERVIDOR público. Aquel que mira en sus conciudadanos personas a las que ayudar. Si lo hace sin esperar reconocimientos y aplausos, estaremos ante un hombre de alma grande y generosa. Destinado a pasar a la historia. No me resistí a compartir esta cita, para no olvidar, yo tampoco, que la verdadera prudencia exige deliberar, pensar soluciones pero sobre todo en implementar y poner en práctica.

Guatemala, 6 de enero de 2015

Juan Carlos Oyuela

@jcoyuela

www.eticaysociedad.org

    

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