Juan Carlos Oyuela

La regresión infinita del egoísmo

“No necesitamos tanto de la ayuda de nuestros amigos como de la confianza en esa ayuda.”

EPICURO DE SAMOS

El hombre, cuya vocación es el Amor, cuanto menos ensimismado viva, más alcanzará hacer el bien a los demás y como consecuencia será mucho más feliz.

Debemos examinarnos en momentos concretos a fin de hacer balance de nuestras vidas, pero considerando ayudar y servir a los demás y olvidados de nosotros y de la imagen que proyectamos.

El egoísmo tiene muchas consecuencias. Para empezar, nos hace perder el tiempo, nos lleva a olvidos o descuidos de nuestros deberes y junto con la imaginación se crean historias que nos torturan e incluso nos llegan a enfermar. La imaginación del egoísta se encargará de convertir granos de arena en auténticas montañas que aplastan.

Escribe esto de forma magistral Michael Crichton en su libro “Presa”: “Hay un problema con el conocimiento psicológico: nadie puede aplicárselo a sí mismo. Las personas pueden ser extraordinariamente sagaces respecto a las carencias de sus amigos, esposas o hijos. Pero no tienen la menor percepción sobre sí mismas. Aquellas que ven con fría lucidez el mundo que las rodea no albergan más que fantasías en cuanto a su propia realidad. El conocimiento psicológico no sirve de nada si uno se mira en el espejo. Este extraño hecho, que yo sepa, no tiene explicación.

Personalmente siempre había pensado que la programación informática podía aportar cierta luz al respecto, concretamente un procedimiento llamado recursión. La recursión consiste en hacer que el programa entre en un bucle y vuelva sobre sí mismo a fin de utilizar su propia información para repetir un proceso hasta obtener un resultado. Se emplea la recursión para ciertos algoritmos de distribución de datos y cosas así. Pero debe usarse con cuidado o se corre el riesgo de que el ordenador caiga en lo que se conoce como una regresión infinita. En programación, es el equivalente a esos espejos de las ferias que reflejan otros espejos, y más espejos, cada vez menores, hasta el infinito. El programa sigue adelante, repitiéndose y repitiéndose, pero nada ocurre. El ordenador se bloquea”.

Siempre he pensado que algo parecido debe de suceder cuando las personas dirigen hacia sí mismas su aparato de percepción psicológica. El cerebro se bloquea. El proceso de pensamiento sigue y sigue, pero no va a ninguna parte. Debe de ser algo así, porque nos consta que la gente es capaz de pensar en sí misma indefinidamente. Algunos apenas piensan en nada más. Sin embargo, da la impresión de que la gente nunca cambia como resultado de una intensiva introspección. Nunca se comprenden mejor. Es muy poco habitual encontrar un auténtico conocimiento de uno mismo.

Casi se diría que uno necesita a otra persona para que le diga quién es o le sostenga el espejo. Lo cual, si uno se para a pensarlo, resulta muy extraño. O quizá no lo sea tanto.

Todos tenemos a la vuelta de la esquina la tentación de querer construir nuestra vida de forma egoísta. Aparentemente es más cómodo aislarse y desentenderse de los demás, pero a la larga esta vida termina marchitando y amargando a cualquiera.

El egoísta está demasiado pendiente de recibir de los demás un trato que su supuesta “alta dignidad” merecería. Tristemente este camino le llevará de decepción en decepción ya que, con frecuencia, según él, los demás siempre se quedarán cortos en las alabanzas y muchas veces no se verá colocado en el pedestal que cree merecer. El egoísta entra en un “loop” interminable en el que se hundirá más y más, terminando por vivir solo y despreciado.

En relación con el tema diré que me gustó lo que leí hace tiempo en “egoísmo y amor” de Rafael Llano: “El hombre vanidoso gusta de las personas y de las cosas cuando reflejan su propia imagen. El ser humano siente una atracción indeclinable por los espejos. No solamente por esas superficies de vidrio especialmente pulidas para reflejar imágenes, sino también por otro tipo de “espejos”: la opinión pública en que se refleja su personalidad, las tres líneas del periódico en que hablan de su persona, la mirada de los más próximos en que lee admiración… Sí, tal vez los espejos que el hombre más busca sean las pupilas de las personas que lo rodean, particularmente si estas son importantes. Parece que en vez de que ese hombre mire a los otros para descubrir sus necesidades -que es la mirada de quien sabe amar-, los mira apenas para descubrir lo que piensan de él: “¿Le gustó la figura que hice? ¿Le pareció interesante mi punto de vista, la agudeza de mi inteligencia, la firmeza de mis decisiones? …” Interroga a los otros, no acerca de ellos, de sus cosas, sino únicamente acerca de sí mismo, como si las personas le interesaran exclusivamente en la medida en que él mismo se refleja en ellas”.

A la persona vanidosa, nada le provoca mayor placer que experimentar la agradable emoción de que todo se relacione con ella, de que a su derredor sucedan grandes cosas porque ella está presente. De que las circunstancias y los ambientes adquieran vida y vibración porque ella les confiere la voz y el brillo sin los cuales permanecerían miserablemente mudos y apagados. La vanidad encuentra también su espejo en las obras que salen de nuestras manos. Nos examinamos atentamente en ellas para ver reflejada nuestra propia perfección. Cuando nos satisfacen, nos demoramos contemplando en ellas nuestra belleza como la adolescente frente a su tocador; cuando nos desilusionan, nos entristecemos como la anciana señora que compara la imagen reflejada en el espejo con la fotografía de su juventud.

Es tan importante el reflejo emitido por nuestras obras, que genera esa ansiedad, ese desasosiego e inquietud que se llama perfeccionismo. El perfeccionista no se resigna a ver su imagen menos brillante estampada en un trabajo incompleto, en una clase, en una publicación, en una cena festiva, en un trabajo manual o artístico, en una empresa cualquiera que no llegue a ser una obra maestra. Trabaja hasta el agotamiento, precisamente en aquello que más se cotiza en el mercado de la opinión pública. En esos trabajos es escrupuloso, preocupado, minucioso, diligente, exhaustivo. Y en otros, que tal vez son más importantes, y que nunca aparecerán en su currículum —como las tareas básicas del hogar, la educación de los hijos, el estudio de materias poco brillantes y más fundamentales, la lucha en los cimientos del alma por conseguir auténticas virtudes —, es indolente, lento, despreocupado y negligente. Así se explica la existencia de eso que podríamos denominar la pereza selectiva, la pereza que se manifiesta solamente ante las ocupaciones menos atractivas. Se trata de vanidad pura que, desmotivada por el anonimato y herida por la oscuridad, derrama por esa llaga abierta tedio, cansancio y modorra. El deslumbramiento del vanidoso —esa especie de elefantiasis personalista que lo coloca en el centro del universo— podría encontrar una imagen plástica en la figura mitológica de Narciso. Narciso era un joven extasiado por su propia belleza que, un día, al ver reflejado su rostro en las aguas de un lago, atraído por sí mismo, intentó abrazarse y murió ahogado. Es lo que sucede con este tipo humano: termina ahogado, asfixiado por el excesivo aprecio que siente por sí mismo. Yo, mis cosas, mis problemas, mis proyectos, mis realizaciones… Hay personas que solo parecen ver su propio rostro, que solo saben hablar de sí: sus pensamientos les parecen importantísimos y sus palabras son para ellas la música más melódica. Su verdad tiene que coincidir necesariamente con la verdad. Los otros deberán concordar con sus opiniones porque la razón indudablemente tiene que estar con ellas. La voz de los demás deberá ser como una resonancia de la suya. Si no fuera así, surgirá la discusión o la desavenencia. Y, después, un hombre así habrá de quejarse de soledad. Pensará que todos lo abandonaron, cuando en realidad fue él quien se aisló en su pedestal. Nadie soporta su presencia porque nadie se resigna a no tener voz, a ser simplemente eco. La soledad es el corrosivo que ahoga la personalidad narcisista. Gustavo Corcho, en Linóes do abismo, sintetiza el perfil de la personalidad del vanidoso cuando dice: todas las cosas, todas las opiniones “son como el espejo de su propia importancia, de su propio rostro, que para él es la grande, la única realidad en torno de la cual el mundo entero es un inmenso marco”.

En nuestras relaciones con los demás, en el matrimonio, por ejemplo, la raíz de muchos problemas está en olvidar que nuestra vida ha de ser servir de la mejor manera y no tanto esperar ser servidos. De esta forma, nuestros talentos, lejos de envanecernos, se colocan en el lugar adecuado para enriquecer a otros y enriquecernos.

Servir a los demás. Dar sin esperar nada a cambio. De esta forma, pasaremos la vida alegres, aunque en alguna ocasión veamos que no somos correspondidos.

El test de Harvard que te dice si el resto del mundo te ve como un narcisista

El psicólogo Craig Malkin ha elaborado una prueba que desvela si eres o no un egocéntrico

¿Cómo nos ve a nosotros el resto del mundo? ¿Somos unos egocéntricos o personas normales? Esa es precisamente la pregunta que ha tratado de responder el doctor en psicología Craig Malkin. Para ello, ha elaborado un sencillo test de 9 preguntas que responde a esta duda. «El narcisismo es como una enfermedad en la que los enfermos se sienten bastante bien, pero la gente alrededor de ellos sufre», explica el experto.

Instrucciones

Asigna un valor a cada pregunta del siguiente apartado atendiendo a si estás o no de acuerdo con lo que propone.

1-Estoy totalmente en desacuerdo.

2-Estoy en desacuerdo.

3-No estoy ni de acuerdo ni en desacuerdo.

4-Estoy de acuerdo.

5-Estoy muy de acuerdo.

Preguntas

1-Creo que tengo algo especial.

2-Creo que tengo muchas cosas buenas y ventajas en comparación con otras personas que conozco.

3-Creo que soy mejor que la mayoría de la gente.

4-Logro resolver los problemas que se presentan en mi vida aunque sean sumamente difíciles.

5-Los obstáculos no me detienen.

6-Suelo estar seguro de mí mismo.

7-Me siento incómodo cuando soy el centro de atención.

8-Me resulta difícil aceptar cumplidos.

9-No me gusta hablar de mi mismo.

Calcula tu grado de narcisismo

Resultados (sumados) de las preguntas 1, 2 y 3:

Si has obtenido una puntuación mayor que 9 implica que eres egoísta, manipulador y arrogante. Sueles exigir al resto demasiado. Si la suma es más de 11, es que eres un narcisista extremo.

Resultados (sumados) de las preguntas 4, 5 y 6:

Si has obtenido una puntuación entre 10 y 11 es que eres un «narcisista saludable». Es decir: eres ambicioso, empático y confías en tí mismo. Más de 12 implicaría que eres demasiado narcisista y deberías cambiar tu forma de ser.

Resultados (sumados) de las preguntas 7, 8 y 9:

Si has obtenido una puntuación entre 10 y 12 es que eres egoísta. No te sueles preocupar por el resto y rara vez les preguntas por sus necesidades.

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El retorcido egoísmo

Juzgar a otro es juzgarse a uno mismo.”

WILLIAM SHAKESPEARE

Me contaron que en una de las múltiples pruebas a las que son tan aficionados los psicólogos, pidieron a tres amigos que hicieran el retrato de uno de ellos, al que pidieron también un autorretrato. Una pintura mostraba a una persona seria, autoritaria, otro dibujó una figura triste, cansada y abatida. El autorretrato reflejaba a un sujeto apuesto, alegre, seguro de sí mismo… alguien totalmente distinto a la imagen que tenían de él.

El amor propio se encarga de que forjemos un alto concepto de nosotros mismos. El egocentrismo se muestra, por ejemplo, cuando nos buscamos en primer lugar en una fotografía, el mismo que se encarga de agigantar nuestros éxitos y retenerlos en la memoria para siempre y ese mismo sentimiento hace que padezcamos amnesia cuando de ver nuestros errores se trata. El egoísmo hace que seamos duros e injustos en nuestros juicios con los demás y al mismo tiempo, tiernos y complacientes con nosotros mismos.

Lo anterior, dicho de mejor forma, lo encontré en la siguiente cita: “Acostumbramos acusar al prójimo por las menores faltas cometidas por él, y a nosotros mismos nos excusamos de otras bien grandes. Queremos vender muy caro y comprar lo más barato posible… Queremos que interpreten nuestras palabras benévolamente y, en cuanto a lo que dicen de nosotros, somos susceptibles en exceso… Defendemos con extrema exactitud nuestros derechos y queremos que los otros, en cuanto a los suyos, sean mucho más condescendientes. Mantenemos nuestros lugares caprichosamente y queremos que los demás cedan los suyos humildemente. Nos quejamos fácilmente de todos y no queremos que nadie se queje de nosotros. Los beneficios que obramos en favor del prójimo siempre nos parecen muchos, mas estimamos en nada lo que otros nos brindan. En una palabra, tenemos dos corazones… uno -dulce, caritativo y complaciente-, para todo lo que nos concierne; y otro –duro, severo, riguroso-, para con el prójimo. Tenemos dos juicios: uno que mide oportunidades en favor nuestro, y otro para medir las del prójimo, igualmente en nuestro provecho… Y dos medidas; una grande para recibir, y otra pequeña, para pagar lo que se debe”.

El egoísmo se puede comparar a un cáncer que todo lo devora o a un inmenso pulpo que atrapa a las víctimas que caen en su radio de acción. Para el egoísta, todos han de ver las cosas desde su punto de vista, todo lo que es de su agrado ha de ser del agrado de los demás, su dolor ha de ser el dolor de todos, el criterio del “para mí” ha de ser el criterio del mundo entero.

El egoísta es el que echa la culpa de sus errores a todos menos a sí mismo: el calor sería el culpable de la pereza, el carácter de los demás el culpable de la falta de caridad, el exceso de trabajo el culpable de no dedicar tiempo a la familia, el profesor sería el responsable de una materia reprobada… Al moverse en el mundo de las justificaciones y de las excusas, el egoísta se cierra la puerta que conduce a ser mejor y al colocar la causa de sus desventuras en los demás o en lo externo renuncia a rectificar sus fallos.

Lee Iacocca, cuenta en su autobiografía uno de los consejos que le dio su jefe cuando trabajaba en la compañía Ford: “Ten siempre en mente que todos cometen errores. El problema es que la mayoría nunca admite que la culpa fue suya, por lo menos para remediarla: acusan a la esposa, al conserje del edificio, a los hijos, al perro, al tiempo, pero nunca a sí mismos. Por eso, si llegas a hacer una tontería, no me vengas con disculpas, ve primero a mirarte al espejo y después, ven a hablar conmigo” (Lee Iacocca, iacoccea, una biografía, Livraria cultural Editora, 1985, pag. 58).

Errar es de humanos, pero más “humano” es echar la culpa a los demás. Cuando reconocemos sin ambages que somos los únicos responsables de nuestras “metidas de pata”, hasta ese momento seremos también responsables de uno de los actos más nobles que podemos realizar; el saber rectificar con humildad.

El egoísmo se conoce tanto en el fracaso como en el éxito. En el fracaso, disculparse con excusas o caer en el victimismo cómodo del “yo no sirvo” y en el éxito hinchándose como el sapo ante el más mínimo triunfo. En ambos casos, el egoísta ve la realidad con los anteojos que la tiñen con el color del provecho personal, ya sea la comodidad  o el orgullo que desprecia a los demás.

En una ocasión leí que una persona inteligente se recupera enseguida de un fracaso mientras que una persona mediocre tarda mucho en recuperarse de un triunfo, ojalá que tengamos el suficiente sentido común y humildad para detectar nuestros egoísmos y procuremos ponerles remedio.

Empujar o tirar 

Charles Allen habla de una lección que aprendió de un pescador. El hombre acababa de pescar algunos cangrejos y los había puesto en una caja.

—¿Y los deja en una caja abierta? —preguntó Charles—. ¿No se le escaparán?

—No —respondió el hombre.

—Pero mire cómo se esfuerzan por ser libres.

El pescador sacudió la cabeza y sonrió.

—Hace mucho tiempo aprendí que cuando en un cubo hay al menos dos cangrejos, mientras uno intenta trepar al borde, el otro tira de él hacia abajo.

Hay mucha gente que tiene una manera de ver las cosas muy parecida a la del cangrejo. Cuando alguien sale para contar una historia en la iglesia o tocar una música especial, los cangrejos son muy críticos: “Se ha equivocado. Yo podía haberlo hecho mucho mejor”.

Cuando otra persona saca buenas notas en clase, los cangrejos, secretamente, esperan que falle en el siguiente examen. Haz que un cangrejo escuche un comentario amable sobre otra persona y le faltará tiempo para buscar algún reproche.

Los cangrejos siempre se están comparando con los demás. Quienquiera que empiece a subir es visto como una amenaza y los cangrejos solo son felices si pueden tirar de esa persona y arrojarla al fondo.

La única esperanza para los que son como cangrejos es olvidarse de sí mismos y buscar la posibilidad de dar a los demás un empujoncito o un poco de ánimo. Cuando eso suceda, no solo se sentirán mejor los demás, ellos también.

Por eso, anímense y fortalézcanse unos a otros, tal como ya lo están haciendo. 1 Tesalonicenses 5:11.

Renee Coffee (”El Viaje Increíble”)

El perfeccionismo y la sociedad del rendimiento

“Una vez que aceptas que no eres perfecto, es cuando desarrollas cierta confianza. Las imperfecciones de una persona, sus fragilidades, sus faltas, son tan importantes como sus virtudes”

Rosalynn Carter

«¿Podría hablarme de sus defectos?». Es una de esas preguntas en las entrevistas de trabajo para las que todos nos hemos preparado alguna vez. En la mayoría de los casos se recurre a alguna referencia políticamente correcta que dice algo sin decir nada. Una respuesta que comprometa lo menos posible y que al mismo tiempo refleje un supuesto aspecto positivo. 

Además de las consabidas respuestas, alguna vez escuché: «mi problema es que soy perfeccionista. Tiendo a incomodar a los demás por mi exigencia desmedida». La sociedad del rendimiento en la que estamos, nos lleva a pensar que el perfeccionismo es un rasgo positivo e incluso deseable. En realidad, se trata de una deformación que lejos de producir personas felices provoca una permanente insatisfacción y agotamiento.

Byun-Chul Han en su libro «la sociedad del cansancio» nos advierte «El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote»; sin embargo «la supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad», sino que uno mismo se abandona «a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo explotado».

El texto hace referencia a la hiper-responsabilidad, característica común de los perfeccionistas. Rasgo inofensivo, pero que, si no se está atento a él, sería en cambio una señal de auto-referencia y egoísmo. Detrás del cumplimiento acabado del deber, a veces, se esconden deseos de auto-exaltación. 

Buscar rendir al máximo en todo momento es colocarse en una carrera frenética que sitúa en «una tendencia de que ahora no solo el cuerpo, sino el ser humano en su conjunto se convierta en una «máquina de rendimiento», cuyo objetivo consiste en el funcionamiento sin alteraciones y en la maximización del rendimiento. (…) El reverso de este proceso estriba en que produce un cansancio y agotamiento excesivos. (…) el exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma».

Además de que es imposible no cometer errores, porque somos seres humanos, el temor al error nos impone una excesiva carga emocional que impide actuar con libertad. Sin libertad, es imposible estar a gusto. Se pierde con facilidad el sentido de las cosas. No es extraño que, en esta óptica de la vida, se maltrate a las personas porque se vean los resultados como lo importante.

Ben-Shahar Tal, en su libro «La búsqueda de la felicidad» menciona que «El antídoto al perfeccionismo es la aceptación de la realidad. Cuando no aceptamos el fracaso, estamos evitando las dificultades y el esfuerzo, y nos privamos de la oportunidad de aprender y madurar».

El camino es reconocer que somos personas limitadas, pero al mismo tiempo con una gran dignidad. Que valemos, y los demás también, no por lo que hacemos o por los éxitos alcanzados. En esta línea, sabernos y sentirnos hijos de Dios es el inicio del camino a la auténtica libertad interior.

Wenceslao Vial en su libro «Ser quien eres» menciona: “Luchamos por amor a nuestro Padre Dios, es en Él en quien tenemos fija la mirada y no en nosotros mismos. Conviene, por tanto, desechar la tendencia al perfeccionismo, que quizá podría surgir si planteáramos erróneamente nuestra lucha interior según unos criterios de eficacia, la precisión, el rendimiento…, muy en boga en algunos contextos profesionales, pero que desdibujan la vida”. Al final, el secreto es no olvidar que estamos hechos para amar, a Dios en primer lugar y a las personas que nos rodean. Todo lo demás únicamente es medio para esto.

Algunos rasgos del perfeccionista

  • Se entusiasman con los proyectos, inicialmente, pero se suelen agobiar al poco tiempo de comenzarlos, en cuanto ven las deficiencias y no logran esa excelencia a la que aspiran. 
  • Son muy vitales y ponen entusiasmo en lo que hacen pero se defraudan con facilidad y se desmoronan o enfadan. 
  • Son capaces de una gran sensibilidad y su capacidad para ver los detalles y enamorarse es muy notable. Su entusiasmo puede ser muy volátil y conmovedor. 
  • Tienen tendencia a cambios en el estado de ánimo, pueden pasar del entusiasmo al desánimo con facilidad. 
  • Sesgan la realidad, dando más importancia al defecto que al acierto. 
  • Se obsesionan con los fallos o deficiencias 
  • Sienten tensión ante el desempeño de la actividad que se exigen 
  • Suelen sentir obligación en vez de elección voluntaria; utilizan expresiones como «tengo que hacer esto» y «debería hacer esto» en vez de quiero hacer, me gustaría, me conviene… 
  • Evalúan de forma poco justa o ecuánime 
  • No utilizan criterios racionales para elegir el nivel de satisfacción idóneo
  • Son rígidos y no suelen rebajar ese nivel de exigencia
  • Se entristecen o enfadan y decepcionan cuando no logran lo que esperaban
  • Les cuesta sobreponerse al enfado o la decepción
  • Temen hacerlo mal, anticipan más problemas o dificultades que cosas a favor
  • Pueden ser muy detallistas y puntillosos con todo lo que hacen
  • Pueden lograr gran calidad en lo que producen
  • Son muy exigentes con los equipos. Si no son tiranos y logran delegar, pueden alcanzar grandes logros
  • Pueden abandonar proyectos por el temor a no lograr el nivel alcanzado.
  • Aunque busquen el reconocimiento externo, su propia insatisfacción y falta de realismo hace que no se vean con el aprecio y admiración que les muestran otras personas.
  • Pueden buscar el reconocimiento externo y sentir enfado por buscarlo, si tienen ese conflicto pueden boicotearse, practicando conductas que les distancian del entorno social del que aparentemente dependen.

Los propios errores y el relativismo

“Muchas veces nuestras faltas nos aprovechan más que nuestras buenas obras. Las grandes hazañas hacen engreírse a nuestro corazón y le inspiran una peligrosa presunción; mientras que los defectos hacen que el hombre entre dentro de sí mismo y le devuelven aquella prudencia que sus triunfos le habían hecho perder.” 

FRANÇOIS FENELON

 

Un vídeo que ha resultado viral, con más de doce millones de visualizaciones, describe un interesante experimento social que da mucho para pensar. Sin que ellos lo sepan, ponen a trabajar por parejas a personas con opiniones totalmente opuestas en temas tan controversiales como el feminismo, el calentamiento global y la ideología transgénero.

Mientras los involucrados siguen las instrucciones y realizan una construcción de madera en común, se hacen y responden preguntas en las que se dan a conocer el uno al otro. Al finalizar del trabajo en equipo, resulta que la estructura es un bar con dos sillas. Se colocan dos cervezas frías y ven un vídeo que explica la postura de cada uno en el tema controvertido. Luego suena un parlante con una instrucción: “pueden irse o quedarse para discutir las diferencias”. El escenario está servido. Las tres parejas del experimento, optan por quedarse a conversar.

La polarización de la sociedad moderna es una de las enfermedades que muestran cómo nos relacionamos unos con otros. Pareciera que, en casi todos los campos, la realidad está dividida en dos facciones irreconciliables; los de derecha e izquierda; los de arriba y abajo, los que están a favor o en contra de lo que sea. Cada uno, con una postura cerrada y autosuficiente, incapaz de cuestionar su propio esquema de ideas y pensamiento.

Esta dicotomía, pareciera que es manifestación de otra característica típicamente posmoderna; el relativismo. En esta postura, no existe verdad ni mentira absolutas. Todo adquiere su valor dependiendo del observador. Todo pareciera bueno, porque sencillamente no existe una medida objetiva con la que encuadrar las diversas situaciones de la vida. En este mundo de la subjetividad, cada uno establece su propia verdad que es válida en el propio reino, que, como una isla incomunicada, no tiene otros criterios o principios con los que contrastarse.

El rey que gobierna cada isla, es un fundamentalista al que le parecen bien todas sus ideas, simplemente porque no conoce otras. Vive en un sistema cerrado, en el que únicamente admite a otros que piensan como él y rechaza, o ridiculiza, a los incómodos que se atreven a disentir de su “maravilloso esquema” de pensamiento.

Para combatir esta soberbia intelectual a la que todos somos proclives, nada mejor que un viejo aforismo utilizado por Agustín, un grande de la antigüedad; “Si enim fallor, sum”. Podría traducirse como: “Si fallo, existo”. Cuanto más se razona esta expresión, más luces brinda al buscador de la verdad. Percibir las propias equivocaciones, manifiesta que existe un bien fuera de nuestra subjetividad. Una realidad que sirve de medida y contraste que indica una realidad objetiva y verdadera.

Considerar que somos falibles, que podemos cometer errores que, todavía ignoramos muchas cosas nos hace bajar del  pedestal que a veces nos construimos y nos pone con los pies en la tierra. Nos abre a la posibilidad de aprender de los demás y poner a prueba nuestras ideas mediante la comunicación con los “extraños” que no piensan como nosotros. Adquirimos así la riqueza de conocimientos de personas eruditas.

Los 10 mandamientos del relativismo

 

Analicemos la situación en unos pocos aforismos, que son lo mandamientos vigentes. El primero y más importante de todos, que los engloba a todos, que los resume y abarca a todos, es el siguiente:

  1. “En este mundo traidor, nada es verdad ni nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Ahora bien, la frasecita de Campoamor, que revela como ninguna otra el fin de las verdades absolutas, es la que incurre en la primera contradicción flagrante: nada es verdad ni nada es mentira… menos esta frase, este principio, este dogma aniquilador.
  2. “Prohibido Prohibir”, tradujeron los del mayo francés, una generación que continúa sin abandonar el poder. Ahora bien, si prohibimos prohibir, ya hay algo que sí está prohibido : prohibir.
  3. “Todo es opinable”, aseguran los hombres de la sociedad de la comunicación. Sí, todo es opinable; todo menos justamente eso : que todo sea opinable.
  4. “Los dogmas son inadmisibles”. Salvo justamente el que a acabo de enunciar, indemostrable pero de aplicación forzosa. En cualquier caso, el hombre siempre parte de un dogma para concluir, tanto en el pensamiento deductivo como en el inductivo
  5. “Libertad de pensamiento”. Muy cierto, pero dos más dos sólo son cuatro en base y por definición. Nadie comienza pensar desde cero, sino desde un eje de coordenadas que le viene dado. El pensamiento humano está sometido a reglas estrechas, que componen lo que se conoce como la ciencia de la lógica: no damos para más y no es para avergonzarse de ello. A fin de cuentas, mal de muchos…
  6. “Toda idea, principio o creencia es tan respetable como otra”. ¿Todas? No, porque la que acabo de escribir vale mucho más que cualquier otra y es acreedora del mayor de los respetos.
  7. “Eduquemos en libertad”. Pero eso es imposible: si concedemos libertad al alumno para someterse o rechazar la educación, seguramente optará por la libertad de no educarse, sobre todo si piensa en el sometimiento y el esfuerzo que implica el hacerlo. Lo único que importa es la tolerancia, no las ideas que se toleran. Es más, la misma libertad de expresión es un atentado contra la libertad ajena, en cuanto pude influir en el interlocutor.
  8. “No acepto aquello que no sea demostrable”. Pero ni tan siquiera puedo demostrar nuestra existencia. Lo empíricamente demostrable no alanza ni el 0,1% e lo conocimientos humanos. Tampoco puedo dar razón de mi existencia.
  9. “Lo que se ve, existe, y lo que no se ve, no existe”. Pero nuestros sentidos nos engañan. Además, de esta forma no existirían la lunas de Júpiter, ni el amor, ni el dolor, ni la belleza, ni el arte, ni la literatura… Además, ¿estamos seguros de que la vida no es sueño y ensueño no es la verdadera vida?
  10. “Nadie puede decir lo que está bien o lo que esta mal”. Pero esta política de no injerencia es buena en sí misma, así como sus numerosos desarrollos en forma de juicios morales, esos juicios que constantemente estamos pronunciando. Es más, si en algo creemos es en nuestras críticas al próximo o en nuestros halagos (en ésos menos, dado que resultan menos numerosos).

No me extraña que el hombre actual esté mareado. Sufre de vértigo intelectual y sus síntomas son: falta de personalidad, acentuada inseguridad en sus talentos. O sea, que el relativismo le ha llevado al complejo de inferioridad, a la tristeza: Porque el hombre puede ser bueno o malo, sabio o ignorante, pero lo que su propia naturaleza racional no puede aceptar jamás sin romperse en pedazos es vivir en la contradicción. El único velo capaz de ocultar la incoherencia es la locura. Y esa es, precisamente, la meta lógica de todo relativismo.

Extraído de hispanidad.com. Autor: Eulogio López – 20-09-2005

Somos una mezcla de virtudes y defectos

“Cuanto más grandes somos en humildad, tanto más cerca estamos de la grandeza.”

RABINDRANATH TAGORE

Los buenos somos más. Escuche recientemente a alguien en los medios de comunicación usar este slogan. Por supuesto, tuve la inclinación casi automática de incluirme yo también dentro de ese grupo. Aunque no es del todo realista dividir a las personas en buenas y malas, somos muy inclinados a hacer divisiones. Los de la izquierda y los de la derecha. Los de arriba y los de abajo. Aunque la verdad es que la mayoría de las veces esos colectivos son artificiales y están creadas por personas interesadas en oponer a unos contra otros.

En una sociedad con tantos problemas crónicos y profundos, hace falta mucha valentía -o desconocimiento propio- para ubicarse en el lado de los buenos. Si los buenos fuéramos más, ¿quiénes son los causantes de las graves injusticias que vemos a diario?, y además ¿qué clase de bondad es esa que contempla con indiferencia la violencia y la muerte de tantas y de tantos? ¿Qué bondad es esa que se acostumbra a tanta desigualdad social?

Hace años, un conocido mío de gran corazón, me decía que no la pasaba bien al leer el periódico. Sentía en carne viva las noticias que implicaban asesinatos, robos, casos sonados de corrupción… cuando él me contaba esto yo pensaba, avergonzado, ojalá tuviera la misma sensibilidad. En una ocasión, ambos pasamos en diferentes momentos por una calle en donde una mujer extremadamente pobre había instalado su lugar de habitación. Vivía prácticamente a la intemperie, resguardada solo con unos cartones y unos cuantos trapos sucios. A pesar de haber pasado yo en varias ocasiones por este lugar, no había reparado en la nueva inquilina de la zona. A mi amigo le bastó pasar una vez para que inmediatamente me llamara por teléfono y preguntarme si acaso no le podría llevar yo un poco de comida y algunos ponchos de abrigo para que hiciera frente al frio de la noche.

Ya sea por acción u omisión, todos somos protagonistas de los aciertos y enfermedades de nuestra sociedad. En el caso de la corrupción, por ejemplo, no actúa de forma equivocada solamente el que ofrece un soborno sino también el que la recibe y además, los testigos mudos que hacen como que no ven ni oyen.

Es difícil que en un ambiente enfermo de indiferencia hasta los tuétanos, pueda instalarse cómodamente alguno sin hacer nada, o que tranquilice su conciencia con la ceguera del que no quiere ver tanta pobreza y miseria.

Los buenos somos más. Esta expresión me recuerda otra similar que podría recibir un análisis parecido y que es el título de un interesante libro: “Que los buenos no hagan nada”. En este caso, la frase resulta más imposible aún ya que es difícil calificar de bueno al que se deja atrapar por la inactividad. Una sociedad como la nuestra, con tanto que hacer por el bien de los más necesitados, requiere más que nunca de nuestra participación.

De forma indirecta, la expresión “los buenos somos más”, coloca en aprietos a los relativistas defensores de que la verdad y la justicia dependen del punto de vista de cada uno. Siempre, cuando hablamos de bondad o maldad, estamos abocados a reconocer la objetividad de un orden superior establece un orden y una calificación para estas dos realidades.

Constatar la existencia del bien y del mal, objetivamente, es una muestra más de la existencia de una ley que está fuera de nosotros, una ley que no nos hemos dado a nosotros mismos. Y como podrían decirnos los jurisprudentes, si existe ley, existe legislador. En mi caso personal considero que es un Dios amoroso y providente. 

La ingenua postura de Rousseau que define al hombre como naturalmente bueno es una y otra vez desmantelada por la historia. El hombre no es naturalmente bueno, tiende hacia el bien por supuesto pero contamos con una gota de mal dentro de nosotros. Los que piensan que el hombre es naturalmente bueno y la sociedad es la corruptora han de prepararse para continuos desengaños.

La experiencia también muestra con qué facilidad se pasa de un extremo al otro: de la fe ciega en una humanidad autosuficiente, sin necesidad de redención, a la más profunda decepción y desconfianza hacia todo lo humano. El pesimismo existencialista es el resultado de comprobar que cuando queremos bastarnos a nosotros mismos no nos alcanzan las fuerzas para procurar el bien al que estamos llamados.

La verdad es que no existen personas buenas ni malas en estado químicamente puro. Todos somos una mezcla de claroscuros; tenemos virtudes y defectos. Las virtudes son cualidades que hemos de agradecer y acrecentar con esfuerzo; los defectos representan imperfecciones y errores de personalidad que hemos de procurar erradicar. La constante pugna entre unas y otras nos recuerdan que no nos hemos de dormir en los laureles. Nadie está exonerado de luchar por ser mejor cada día.

Las imperfecciones personales, enfocadas con humildad, cumplen la valiosa función de comprender y a ser pacientes con los defectos ajenos. Pero, sobre todo, las imperfecciones personales nos ayudan a conseguir la mínima modestia de nunca auto colocarnos de forma imprudente entre los que se consideran “buenos”. Pensar que tenemos una virtud tampoco nos concede la autoridad de erigirnos en jueces para trazar una línea que separa a los buenos de los malos.

Los que más han luchado y sufrido por ser mejores tal vez nos contarían que nunca se les ocurriría ubicarse entre los buenos. Toda potestad y bien es recibido. Tal vez por conocerse mejor nos hablarían más bien de sus errores y de la misericordia divina que les ayuda continuamente a superar sus defectos. Ojalá aprendiéramos de ellos, pidiéramos la ayuda de Dios y de los que nos quieren, para que al final de nuestra vida seamos incluidos entre los que son buenos de verdad.

El caballero que pidió perdón

Érase una vez un despiadado caballero que durante toda su vida no había hecho otra cosa que sembrar la discordia, y causar dolor a cuantas personas habían osado cruzarse en su camino.

Un buen día, al levantarse, observó que le habían salido unas llagas purulentas y malolientes en la piel de todo su cuerpo. A medida que pasaban los días, las úlceras iban creciendo y creciendo. Asustado, decidió acudir al lago azul, famoso por curar todo tipo de enfermedades.

Agotado por el viaje, bajó de su caballo y se sentó en la orilla del lago. De pronto, emergió de las aguas una hermosísima ninfa que le preguntó:

—Poderoso caballero ¿qué has venido a buscar aquí?

El gentilhombre respondió:

—Hace tiempo que vengo sufriendo de terribles heridas que invaden todo mi cuerpo.

La ninfa le dijo:

—Báñate en el lago.

El hidalgo así lo hizo y, después de permanecer varios minutos en las frías aguas, salió. Y cuál fue su sorpresa, al comprobar que no había desaparecido ni una sola de sus llagas.

—¡Mira! -exclamó enfadado-: No he sanado.

El hada sin perder la calma le dijo:

—Tus llagas son el fruto del odio que llevas en tu corazón. Tan sólo el bálsamo del perdón puede curarte.

El aristócrata, enfurecido, montó de nuevo sobre su caballo y con premura se alejó de allí.

Pasó el tiempo y, un atardecer de verano, el caballero regresó de nuevo hasta el lago. La ninfa emergió nuevamente de las aguas y le preguntó:

—¿Qué has venido a buscar aquí?

El gentilhombre respondió:

—¿Es que no me reconoces?

El hada le observó con detenimiento durante unos minutos y le dijo:

—Han aumentado tanto las lesiones de tu piel que, de no ser por tu voz, jamás te hubiese reconocido.

El hidalgo, angustiado, exclamó:

—¡Ayúdame! Me he convertido en un monstruo repugnante, y sufro de terribles dolores.

La ninfa, con voz serena, le respondió:

—Las úlceras son el fruto del odio que anida en tu corazón. Tan sólo el bálsamo del perdón puede sanarte. El dolor que sufres, no es otra cosa que tu propio arrepentimiento.

El hidalgo, cabizbajo, montó de nuevo sobre su caballo y se alejó del lugar.

Pasó el tiempo y, un amanecer, llegó hasta el lago un apuesto joven.

La mágica dama emergió de las transparentes aguas y le preguntó:

¿Qué has venido a buscar aquí?

El joven respondió, a la vez que se dibujaba una gran sonrisa en sus labios:

—¿No me reconoces? Yo, soy aquel caballero lleno de úlceras que vino hasta ti para pedirte ayuda. ¿Me recuerdas ahora?

El hada, sorprendida, exclamó:

—De no ser por tu voz, jamás te hubiese reconocido. Te has transformado en un joven muy apuesto, me entusiasma comprobar que estás completamente sano.

El gentilhombre prosiguió:

—Vengo a darte las gracias, hermosa dama. Puse en práctica tu sabio consejo, y fui a pedir perdón a todos y cada uno de los seres humanos a los que un día hice daño. Por cada persona que me perdonaba de corazón, desaparecía una de mis llagas. Así, hasta curarme del todo.

La ninfa sonrió satisfecha.

—No tienes nada que agradecerme, lo has hecho todo tú solo. Yo tan sólo soy la voz de tu conciencia y el lago, el espejo donde veías reflejado tu interior. A partir de ahora, dedícate a hacer el bien y a amar a tus semejantes y, cuando quieras hablar conmigo, tan sólo tendrás que escuchar la voz de tu corazón.

Cómo Educar Bien A Los Adolescentes

No hay duda, la adolescencia es una etapa crucial en el proceso de maduración personal. En este tiempo, junto con los cambios físicos, psicológicos y morales aparece el deseo de independencia, natural en los jóvenes. Para los padres y educadores de todos los tiempos la relación con sus hijos en estas edades siempre significa un verdadero reto, especialmente en la actualidad, época en la cual la autoridad sufre una importante crisis. Además, crece la influencia de otros actores como los amigos, las redes sociales, la música y las series de televisión que pueden presentar un cambio de valores a los vividos hasta el momento en el ambiente familiar.
En esta semana, con ocasión de varias conversaciones con mis estudiantes, vinieron a mi memoria unas palabras dirigidas por el papa san Juan Pablo II a los jóvenes en 1985, les prevenía de «la tentación del criticismo exasperado que pretende discutir todo y revisar todo; o del escepticismo respecto de los valores tradicionales de donde fácilmente se puede desembocar en una especie de cinismo desaprensivo cuando se trata de afrontar los problemas del trabajo, de la carrera o del mismo matrimonio. Y ¿cómo callar ante la tentación que representa el difundirse –sobre todo en los países más prósperos– de un mercado de la diversión que aparta de un compromiso serio en la vida y educa a la pasividad, al egoísmo y al aislamiento? Os amenaza, amadísimos jóvenes, el mal uso de las técnicas publicitarias, que estimula la inclinación natural a eludir el esfuerzo, prometiendo la satisfacción inmediata de todo deseo, mientras que el consumismo, unido a ellas, sugiere que el hombre busque realizarse a sí mismo sobre todo en el disfrute de los bienes materiales. ¡Cuántos jóvenes, conquistados por la fascinación de engañosos espejismos se abandonan a las fuerzas incontroladas de los instintos o se aventuran por caminos aparentemente ricos en promesas, pero en realidad privados de perspectivas auténticamente humanas!».
La adolescencia es la época de las rebeldías. Los padres deben contar con esto, estar prevenidos y acompañar de cerca a sus hijos. Es lógico que ellos vayan aprendiendo a tomar sus propias decisiones, y los adultos deben saber respetar su espacio personal para facilitarles el ejercicio de su propia libertad.
Es necesario estar atentos, propiciar el clima de amor y confianza, necesarios para una educación auténtica. Es importante no exagerar los desatinos propios de la edad y saber comprenderles. Ser pacientes es de suma importancia para esperar el mejor momento de hacer una corrección cuando sea necesario.
En cualquier caso, es imprescindible estar cerca de ellos y tomar la iniciativa para suscitar conversaciones, en el momento adecuado. Hacerles razonar sobre posibles decisiones, algunas correctas y otras no. Al fin y al cabo, aunque a veces no lo parezca, los jóvenes están esperando de sus educadores la orientación, la firmeza y el buen ejemplo. Nosotros también fuimos adolescentes y seguramente recordaremos a los que con su actitud de apertura y disponibilidad nos ayudaron a sortear las dificultades propias de la edad.

La confianza en Dios

El ritual de los indios Cherokee es una historia que encontré en el sitio Tengo sed de tí. Esta hermosa historia, me sirvió, entre otras cosas, para caer más en la cuenta de que independientemente de nuestra actitud ante Dios, lo queramos o no, contamos con el tesoro de su mirada vigilante y amorosa.
Saberse mirado y amado por nuestro Padre del cielo añade a nuestra vida una confianza y serenidad inquebrantables. Ante cualquier situación o dificultad, bastará con fomentar la fe en su amor misericordioso para recuperar la paz, actitud imprescindible para no agrandar los problemas y salir de ellos. Cuántas veces, con la mejor de las intenciones, dejamos que el atolondramiento y la desesperación nos hagan perder el rumbo.
El que confía en su Padre-Dios no hace drama de las contrariedades. Las ve como una ocasión de ahondar en la fe, buscar la ayuda del cielo y las convierte en acicate para crecer en virtudes como la alegría, la paciencia y la fortaleza.

Los indios Cherokee tienen un ritual muy especial que marca el paso a la vida adulta. Cuando el niño empieza su adolescencia, su padre lo lleva al bosque, le venda los ojos y se va, dejándolo solo.
El joven tiene la obligación de sentarse en un tronco toda la noche, no puede quitarse la venda de los ojos hasta que los rayos del sol brillan de nuevo al amanecer. No puede pedir auxilio a nadie. Si consigue sobrevivir esa noche, ya es un hombre. Esta es una experiencia personal y el joven tiene prohibido comentar o platicar de su vivencia con los demás jóvenes.
Durante la noche, como es natural, el joven está aterrorizado. Puede oír toda clase de ruidos: bestias salvajes que rondan a su alrededor, lobos que aúllan… o quizás, hasta algún humano que puede hacerle daño. Escucha el viento soplar y la hierba crujir, pero debe permanecer sentado estoicamente en el tronco, sin quitarse la venda. Pasar esta prueba es la única manera en que puede llegar a ser un hombre ante los ancianos de su tribu.
Finalmente, después de esa horrible noche, aparece el sol y el niño se quita la venda… es entonces cuando descubre a su padre sentado junto a él. Entonces descubre que no se ha separado de su lado ni siquiera un instante, velando durante la noche en silencio, listo para proteger a su hijo de cualquier peligro.
¿Sabes algo? De esa misma forma, nosotros tampoco estamos solos. Aún cuando no podamos verlo, en medio de las oscuridades de la vida, nuestro Padre Celestial está a nuestro lado, velando por nosotros, cuidándonos y protegiéndonos de los peligros que nos asechan. Por eso, cuando vengan los problemas y las sombras nos envuelvan, lo único que tenemos que hacer es confiar en Él, con la seguridad de que algún día vendrá el amanecer, nos quitaremos la venda y lo veremos cara a cara tal cual es.

Arréglate tú mismo

Nunca lo había encontrado mejor dicho. El precio a pagar por nuestra libertad es asumir la responsabilidad de nuestros actos. Es la mejor forma de ser mejores y de cargar menos en los demás la culpa de nuestros desaciertos. Sin embargo, pocos queremos asumir las consecuencias de nuestras decisiones; a veces buenas pero en ocasiones  equivocadas.
En este vídeo, Jordan Peterson da una clase magistral sobre estas ideas. Me gusta este autor porque no tiene miedo a hablar con claridad. Aunque recomiendo, para asimilar bien estas profundas reflexiones, tomarlas con una sonrisa.

Culpar a otros por tus problemas es una completa pérdida de tiempo.
Cuando haces eso, no aprendes nada.
No puedes crecer y no puedes madurar.
Por lo tanto, no puedes mejorar tu vida.
En mis tres décadas como profesor y psicólogo clínico, he aprendido que hay dos actitudes fundamentales que uno puede tomar hacia la vida y sus dolores.
Aquellos con la primera actitud culpan al mundo.
Aquellos con la segunda, se preguntan que podrían hacer diferente.
Imagina una pareja al borde del divorcio.
Están heridos y enojados.
El esposo infeliz y amargo recuerda las cosas terribles que su esposa ha hecho, y las razones por las cuales no puede vivir mas con ella.
La esposa agobiada y desilusionada, por su parte, puede describir todas las formas en que su esposo la decepcionó.
Cada uno tiene una larga lista de cambios necesarios -para la otra persona.
Sus posibilidades de reconciliación son pocas.
¿Por qué? Porque otra gente no es el problema.
TÚ eres el problema.
No puedes cambiar a otra gente, pero te puedes cambiar a ti mismo.
Pero es difícil. Requiere coraje y disciplina cambiar.
Es mucho más fácil -y mucho más gratificante a tus deseos más básicos culpar a alguien más por tu miseria.
Considera el activista joven, haciendo una protesta contra el “corrupto” sistema capitalista destrozando ventanas de negocios locales.
¿Qué ha hecho, además de causar daño a gente que no tiene nada que ver con sus problemas reales?
La culpa, la duda y la vergüenza que él inevitablemente sentirá en consecuencia tendrán que ser suprimidos para que su ideología siga sin cambios.
Y esa supresión no hará más que aumentar su enojo y alejamiento. En la obra “The Cocktail Party” del poeta Inglés T.S. Eliot a uno de los personajes le esta yendo muy mal.
Le habla de su profunda infelicidad a su psiquiatra.
Le dice que espera que su sufrimiento sea solo su propia culpa.
Sorprendido, el psiquiatra le pregunta por qué.
Porque -ella dice- “si todo es MI culpa, entonces puedo hacer algo al respecto”.
Y si todo es culpa de la naturaleza del mundo, entonces esta condenada. No puede cambiar todo lo demás.
Pero se puede cambiar a sí misma.
Ahora, hay gente que parece consignada a un terrible destino. Pero no la gran mayoría de nosotros.
La mayoría de nosotros tenemos oportunidad de mejorar nuestra vida.
Pero ¿cómo?
Empieza pequeño.
Pregúntate lo siguiente: ¿Has aprovechado plenamente las oportunidades que has tenido?
¿Estás trabajando a tu máxima capacidad en la escuela o el trabajo?
En otras palabras, ¿has puesto tu casa en orden?
Si la respuesta es no, intenta esto: deja de hacer lo que sabes que esta mal.
Comienza hoy.
No desperdicies tiempo preguntándote como saber si lo que estas haciendo esta mal. Preguntas inoportunas pueden confundir sin iluminar, y desviarte de tu camino.
Tú puedes saber si algo es bueno o malo sin saber por qué.
Comienza prestando atención: ¿Procrastinas? ¿Llegas tarde? ¿Gastas dinero que no tienes?
¿Bebes mas de lo que deberías?
No se trata de aceptar una moralidad externa.
Es un diálogo con tu propia consciencia.
¿Que estás haciendo que está mal, desde tu propia perspectiva? ¿Qué podrías arreglar ahora mismo?
Ponte a trabajar a tiempo. Deja de interrumpir a la gente.
Haz paz con tus hermanos y padres.
Utiliza responsablemente todo lo que tienes a mano.
Si haces eso, tu vida mejorará.
Te harás productivo, pacífico y mas deseable.
Luego de algunos días, semanas o meses de esfuerzo, tu mente estará clara.
Tu vida será menos trágica, y tendrás mas confianza.
Empezarás a distinguir el bien del mal más claramente.
El camino en frente tuyo brillará más. Dejarás de meterte en tu propio camino.
En vez de causarte problemas a ti mismo, a tu familia, y tu sociedad, serás una fuerza positiva y segura.
Tu vida seguirá siendo difícil. Seguirás sufriendo.
Ese es el precio de estar vivo.
Pero quizás serás lo suficientemente fuerte para aceptar esa carga, y de esa manera incluso llegar a actuar noblemente y con propósito.
La mejor manera de arreglar el mundo no es arreglar el mundo. No hay razón para asumir que puedes lograrlo solo.
Pero puedes arreglarte a ti mismo. No herirás a nadie haciéndolo. Y de esa forma, al menos, harás del mundo un mejor lugar.
Soy Jordan Peterson, profesor de psicología clínica en la Universidad de Toronto, para Prager University.
Gracias por mirar este vídeo.

La sociedad del rendimiento y el perfeccionismo

«¿podría hablarme de sus defectos?». Es una de esas preguntas en las entrevistas de trabajo para las que todos nos hemos preparado alguna vez. En la mayoría de los casos se recurre a alguna referencia políticamente correcta que dice algo sin decir nada. Una respuesta que comprometa lo menos posible y que al mismo tiempo refleje un supuesto aspecto positivo.
Además de las consabidas respuestas, alguna vez escuché: «mi problema es que soy perfeccionista. Tiendo a incomodar a los demás por mi exigencia desmedida». La sociedad del rendimiento en la que estamos, nos lleva a pensar que el perfeccionismo es un rasgo positivo e incluso deseable. En realidad se trata de una deformación que lejos de producir personas felices provoca una permanente insatisfacción y agotamiento.
Byun-Chul Han en su libro «la sociedad del cansancio» nos advierte «El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote»; sin embargo «la supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad», sino que uno mismo se abandona «a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo explotado».
El texto hace referencia a la hiper-responsabilidad, característica común de los perfeccionistas. Rasgo inofensivo, pero que si no se está atento, sería en cambio una señal de autoreferencialidad y de egoísmo. Detrás del cumplimiento acabado del deber, a veces, se esconden deseos de autoexaltación.
Buscar rendir al máximo en todo momento es colocarse en una carrera frenética que sitúa en «una tendencia de que ahora no solo el cuerpo, sino el ser humano en su conjunto se convierta en una «máquina de rendimiento», cuyo objetivo consiste en el funcionamiento sin alteraciones y en la maximización del rendimiento. (…) El reverso de este proceso estriba en que produce un cansancio y agotamiento excesivos. (…) el exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma».
Además de que es imposible no cometer errores, porque somos seres humanos, el temor al error nos impone una excesiva carga emocional que impide actuar con libertad. Sin libertad, es imposible estar a gusto. Se pierde con facilidad el sentido de las cosas. No es extraño que, en esta óptica de la vida, se maltrate a las personas, ya que lo importante son los resultados a toda costa.
Ben-Shahar Tal, en su libro «La búsqueda de la felicidad» menciona que «El antídoto al perfeccionismo es la aceptación de la realidad. Cuando no aceptamos el fracaso, estamos evitando las dificultades y el esfuerzo, y nos privamos de la oportunidad de aprender y madurar».
El camino es reconocer que somos personas limitadas, pero al mismo tiempo con una gran dignidad. Que valemos, y los demás también, no por lo que hacemos o por los éxitos alcanzados. En esta línea, sabernos y sentirnos hijos de Dios es el inicio del camino a la auténtica libertad interior.
Wenceslao Vial en su libro «Ser quien eres» menciona: “Luchamos por amor a nuestro Padre Dios, es en Él en quien tenemos fija la mirada y no en nosotros mismos. Conviene, por tanto, desechar la tendencia al perfeccionismo, que quizá podría surgir si planteáramos erróneamente nuestra lucha interior según unos criterios de eficacia, la precisión, el rendimiento…, muy en boga en algunos contextos profesionales, pero que desdibujan la vida”. Al final, el secreto es no olvidar que estamos hechos para amar, a Dios en primer lugar y a las personas que nos rodean. Todo lo demás únicamente es medio para esto.