Juan Carlos Oyuela

¿QUÉ LE ACONSEJARÍAS A ISIDORO?

El esfuerzo por mejorar en las virtudes se puede enfocar de muchas formas. Se puede plantear de forma negativa, tratando de erradicar un defecto. Aunque la experiencia de personas de todas las culturas y de distintas épocas, nos enseñan que es mejor plantear la estrategia de forma positiva. El esfuerzo por ser mejor se vuelve mucho más atractivo si nos planteamos ocupar nuestro tiempo haciendo el bien y avanzando mediante muchas acciones positivas en las virtudes que deseamos alcanzar.
Incluso, para los que ven presente un gran defecto en sus vidas, siempre se puede dar la vuelta al planteamiento. Buscar la virtud opuesta a ese vicio. Por ejemplo, si descubrimos que la pereza es nuestro principal enemigo, la estrategia de lucha sería trabajar la diligencia y el orden, por ejemplo. Al final se trata de fortalecer el amor natural que todos tenemos por el bien y por hacer cosas buenas.
También se puede plantear la estrategia descubriendo cuáles son las virtudes que tenemos más arraigadas. En este caso, se trataría de apoyarnos en esas cualidades buenas que todos tenemos para apalancar la mejora en los puntos que vemos como negativos. Los clásicos hablaban de que existía una «conexión» entre todas las virtudes. La «Conectio virtutum» se puede representar mediante el principio físico de los vasos comunicantes. Subir el nivel del agua en uno de los conductos, hace que todos suban de nivel. Si mejoramos en fortaleza, por ejemplo, diciéndonos que no a pequeños caprichos, esto repercutirá necesariamente en que mejoremos en amabilidad y en espíritu de servicio en los demás.
Tengo un amigo que hizo el test de 24 virtudes de Martin Seligman. Por razones de espacio no entraré a describirlo. Baste con decir que este prestigioso profesor de la Universidad de Pensilvania desarrolló una propuesta de clasificación de virtudes.
Vamos a llamar a este amigo Isidoro. El test consta de 240 preguntas. Está disponible en esta dirección: https://www.authentichappiness.sas.upenn.edu/es/user/login?destination=node/629 para acceder es necesario inscribirse mediante un usuario y un password.
Después del test, Isidoro encontró que sus cinco fortalezas, en orden de importancia, son las siguientes:

  • Curiosidad, interés por el mundo: Es un intenso deseo y motivación por explorar la información novedosa de nuestro alrededor.
  • Espiritualidad, fe, sentido religioso: La espiritualidad es la fortaleza más humana y sublime, consiste en tener creencias coherentes sobre un significado y una finalidad en la vida que trasciende nuestra existencia.
  • Amor por el conocimiento y el aprendizaje: Esta fortaleza psicológica es la que genera la motivación en las personas para adquirir nuevas habilidades, conocimientos o experiencias.
  • Sentido de la justicia, equidad: Esta fortaleza conlleva el desarrollo de habilidades para el consenso equitativo, la sensibilización con la justicia social, la expresión de compasión por los demás y la perspicacia necesaria para comprender las relaciones y obtener resultados equitativos.
  • Liderazgo: El líder es aquella persona que es capaz de influir en los demás. Es la referencia dentro de un grupo (ya sea un equipo deportivo, un curso universitario, una compañía de teatro, el departamento de una empresa, etc.). Es la persona que lleva “la voz cantante” dentro del grupo; su opinión es la más valorada.
    Estos son los valores o virtudes que están más directamente conectados con las necesidades de felicidad y trascendencia de mi amigo. Si solamente contáramos con esta información ¿Cómo le ayudarías a plantear un plan de mejora? Sería interesante que tomaras papel y lápiz e hicieras el esfuerzo por proponerle a Isidoro actividades y motivaciones que le ayudaran a explotar de mejor forma sus talentos.
    Se me ocurre que un plan de mejora podría ser:
  • Curiosidad, interés por el mundo. Esta fortaleza hace que se posea una gran inquietud intelectual. Se desea buscar conocimientos, se tienen hambres por saber de todo. Sin embargo, también se puede convertir en un defecto porque puede llevar a saber un poco de todo, a comenzar múltiples proyectos pero no tener la perseverancia para terminar ninguno. Yo le plantearía a Isidoro que tuviera un tiempo diario fijo de estudio. 15 minutos o media hora podrían bastar. Atención, me refiero a estudio, no lectura. La inquietud de saber se debe dirigir a profundizar no a saber poco de muchas cosas. Podrían haber muchas propuestas más pero me quedaría en esta para comenzar.
  • Espiritualidad, fe, sentido religioso. Es un aspecto muy positivo que puede dar una gran sentido del por qué y para qué de la vida. Sería interesante que Isidoro tuviera algunas momentos diarios para meditar y conversar con Dios. Tener esas prácticas y momentos definidos puede ayudar a ser constantes.
  • Amor por el conocimiento y el aprendizaje. En este momento, lo conectaría con lo propuesto al inicio. Más adelante sería interesante ver los puntos fuertes y débiles en la formación intelectual y Isidoro y hacer un plan de estudio y lectura de acuerdo a sus necesidades.
  • Sentido de la justicia, equidad. En esta línea le plantearía a Ignacio que desarrollara una iniciativa, solo una, en la que pueda colaborar para ayudar a personas que son víctimas de las injusticia, la pobreza o la marginación. Existen muchas posibilidades de voluntariado en las que podría colaborar. Más adelante, incluso se podría plantear a Isidoro que él mismo propusiera alguna iniciativa que genere impacto en su comunidad.
  • Liderazgo. Se ve que Isidoro tiene talentos para servir a los demás organizando y dirigiendo. Podría unir este talento con cualquiera de los puntos anteriores. Por ejemplo, que liderara un grupo de promoción social o de la cultura.
    Para simplificar el plan de mejora, tal vez valdría la pena comenzar con los puntos 1, 2 y 4. Obviamente esto es completamente opinable y desde luego, estaría sujeto a la disponibilidad de tiempo y a las preferencias del mismo Isidoro. Para que el plan avance, el mismo interesado debe ser el principal protagonista. Valdría también la pena que Isidoro contara con la ayuda semanal de un coach que le ayude a mantener el rumbo y la constancia.
    Desde luego, esto es solamente un ejemplo. Existen muchas alternativas para plantear la solución. Tal vez el puesto aquí se vea extremadamente simple, pero para mejorar de verdad, es mejor la constancia en pequeños propósitos que grandes esfuerzos que duran poco tiempo.

Si hicieras el test y me enviaras tus virtudes, estaría totalmente disponible para ayudarte a elaborar un plan similar.

365 días con historias sobre virtudes. Biografías, libros, películas y muchos recursos con ejemplos para imitar.

Para recibir un mensaje diario como este, suscríbete en: https://chat.whatsapp.com/I835VjOwT0IBUdbWyGrjRy

Comparte con tus amigos

UNA RESPUESTA ADECUADA ANTE LA INJUSTICIA

Me gusta la siguiente historia porque es un ejemplo de misericordia y perdón. Muchas veces nos encontramos con acusaciones injustas y la tentación de devolver mal por mal está a la vuelta de la esquina.

Una forma de cambiar nuestra sociedad dividida por la intolerancia es atreverse a dar una respuesta novedosa. Que solamente podemos dar con la ayuda de Dios. Es más, para mí, una de las demostraciones de que Dios existe es que existen personas que son capaces de cambiar el odio por la misericordia.

Esta historia también nos enseña que las generalizaciones siempre son injustas. Ante los casos de abusos de menores por parte de algunos sacerdotes de la Iglesia Católica, se ha de ser claros y buscar la justicia. Pero también, respetar el debido proceso y partir de la presunción de inocencia. Cualquiera puede lanzar una acusación, pero cada caso es único. Y en atención a la justicia, debe ser investigado con objetividad.

A mediados de los años 90 el Cardenal Bernardín se vio acusado ante los Tribunales de Chicago por abuso sexual por un seminarista llamado Steven Cook.

Como él narra en su libro “El don de la paz” (The Gift of Peace) decidió enfrentarse a esta terrible acusación con la fe en la verdad, puesto que, de lo profundo de su corazón salían las palabras del Señor “La verdad os hará libres” (Jn. 8,32). Su primera reacción fue escribir una carta a su acusador en la que con su instinto de pastor, le pedía reunirse con él, pues estaba convencido de que tenía problemas, para rezar. Tras cien días de proceso judicial, que habían sido precedidos de una terrible campaña, protagonizada por la cadena “liberal” CNN, el Tribunal acordó, ante lo infundado de la acusación, archivar el caso.

El Cardenal decide no abrir uno nuevo contra el falso acusador porque “no quería disuadir a personas que verdaderamente habían sufrido un abuso sexual que continuasen con sus reclamaciones”.

Conocedor de la triste situación de su acusador, Steven Cook, enfermo de Sida, el Cardenal le encomienda en sus oraciones y busca la oportunidad de encontrase con él. A través de la madre Cook, recibe el mensaje de que éste lo desea. La entrevista tiene lugar el 30 de diciembre de 1994 en el Seminario “San Carlos Borromeo” de Filadelfia y Steven pide perdón al Cardenal y la conciliación desemboca en la celebración de una misa en la que Steven recibe de manos del Cardenal la unción de los enfermos. La reconciliación es perfecta, la realidad de la Iglesia como familia espiritual cobra todo su sentido. Steven Cook mantiene relación epistolar con el Cardenal y muere en casa de su madre el 22 de septiembre de 1995, totalmente reconciliado con la Iglesia Católica, diciendo que este era el regalo para ella.

La grandeza de esta conducta del Cardenal contrasta con la zafiedad con la que se presentó a la Iglesia Católica en este supuesto caso escandaloso. Después de aclararda la verdad, lamentablemente la heroica actitud del Cardenal no tuvo casi ninguna repercusión en los medios de comunicación. Las declaraciones del sacerdote que le acusó falsamente tuvieron una enorme cobertura mediática en todo el mundo, pero su retractación apenas fue difundida. El Cardenal Bernardín sufrió mucho con todo este proceso. A los pocos meses se le descubrió un cáncer de páncreas del que fue operado. Tiempo después el cáncer vuelve a manifestarse en el hígado. Tomó la decisión de rechazar la quimioterapia y vivir en plenitud los días que le quedasen hasta regresar a la morada del Padre. Finalmente, el Presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, le concedió la más alta distinción del pueblo norteamericano, “La medalla de la Libertad”, por su espíritu conciliador, entrega al prójimo y atención a los enfermos y menesterosos.

365 días con historias sobre virtudes. Biografías, libros, películas y muchos recursos con ejemplos para imitar.

Para recibir un mensaje diario como este, suscríbete en: https://chat.whatsapp.com/I835VjOwT0IBUdbWyGrjRy

Comparte con tus amigos

MIEDO A DECIR LA VERDAD

Leí hace años un ejemplo que muestra cómo las personas se retraen de expresar su propia opinión ante la presión de un grupo. Es la llamada “paradoja de Abilene”. Fue narrada en 1988 por Jerry B. Harvey en su libro “The Abilene Paradox and other Meditations on Management”.

“Una calurosa tarde en Coleman (Texas), una familia compuesta por un matrimonio y sus suegros están muy animados jugando al dominó cómodamente a la sombra en su pequeño jardín. De repente, el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad distante 80 kilómetros. La mujer dice «Suena muy bien, una gran idea», pese a tener sus reservas porque el viaje promete ser largo y caluroso, pero piensa que sus preferencias personales no coinciden con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. No sé si tu madre tendrá ganas de ir.» La suegra después asegura: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no vamos a Abilene!». Así, todos de acuerdo, emprenden viaje. Hay mucho tráfico y mucho calor, por lo que el desplazamiento resulta largo y pesado. Cuando por fin llegan a Abilene, dan una vuelta por el poblado y no encuentran ningún sitio interesante para disfrutar, ni para hacer una parada. Entran en una cafetería y acaban disgustados por el mal servicio y la pésima comida. Finalmente deciden regresar y, después de varias horas de camino, están de nuevo en casa, totalmente agotados y decepcionados. A la llegada, uno de ellos, con cierta intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra explica entonces que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero apoyó la idea porque los otros tres parecían estar muy entusiasmados. El marido dice: «Vaya, pues yo solo fui para satisfaceros a vosotros». La mujer añade: «Pues yo igual, solo fui para agradaros. No me apetecía nada salir con el calor que hace». El suegro por último confiesa que él lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás lo estaban deseando. El grupo se queda perplejo por haber decidido en común hacer un viaje que ninguno de ellos quería hacer. Cada cual hubiera preferido quedarse sentado cómodamente en el jardín, como estaban, pero no llegaron a decirlo cuando todavía tenían tiempo para quedarse a disfrutar de la tarde allí.” (interrogantes.net)

En este caso, las consecuencias del temor a expresarse no son tan graves. Sin embargo, en otras ocasiones, las omisiones pueden significar la diferencia entre la vida o la muerte.

En su libro «Conversaciones Cruciales», Ron McMillan cuenta una historia en la que varios profesionales de la salud se abstuvieron de decir lo que pensaban. Tal vez por temor a quedar mal.

“Una mujer ingresó en un hospital para que le operaran de las amígdalas, y el equipo quirúrgico le amputó por error una parte del pie. ¿Cómo pudo suceder esta tragedia? En realidad, ¿cómo se explican las casi 200 000 muertes hospitalarias al año en Estados Unidos debidas a errores humanos?1 En parte, porque muchos profesionales de la salud tienen miedo a decir lo que piensan. En este caso, hubo al menos siete personas que se preguntaron por qué el cirujano intervenía el pie de la paciente, pero no lo manifestaron. El significado no fluyó libremente porque los involucrados tenían miedo de expresar lo que pensaban.” (Ron McMillan, Conversaciones Cruciales – Edición Revisada)

Es importante estar pendientes para que nunca los silencios nos coloquen en una situación de complicidad culpable. Que nunca los respetos humanos o el miedo al «qué dirán» nos cohíban de cumplir con nuestros deberes. Cultivemos la valentía que nos lleve a expresar nuestros pensamientos con respeto y naturalidad. Será una forma de conquistar la libertad.

PARA SER BUENOS

Debo a Alexander Solyenitsin una de las intuiciones más certeras que conozco sobre el hombre. El escritor ruso desterrado al archipiélago Gulag cuenta en sus memorias cómo un día, tras recibir una golpiza, tuvo un delirio de venganza. Imaginó que la situación se invertía. Que sus verdugos pasaban a ser presos y él, verdugo. Sintió de pronto cómo la maldad hacía erupción en su interior. Manaba a borbotones desde una oscura y hasta entonces desconocida fuente. Se vio a sí mismo, casi extasiado, desquitándose con extrema saña y crueldad. Entonces recapacitó y cayó en la cuenta de una tremenda e inquietante realidad: la línea divisoria entre el bien y el mal no está en el exterior. No podemos trazar una línea divisoria que separe a unos hombres de otros —los «buenos» y los «malos»—, sino que atraviesa de punta a punta el corazón de cada hombre.

Todos tenemos una lucha interior que define externamente lo que somos. Para ser buenos, hemos de saber que somos capaces de hacer las acciones más depravadas y perversas. Por eso, hemos de vigilar sobre nosotros mismos. De forma natural no deseamos hacer el mal, pero cuando lo cometemos, incluso esas acciones malas las podemos aprovechar para ser mejores.

En estos días un grupo de amigos fue a una excursión a un conocido lago de mi país. Alquilaron kayaks y comenzaron su alegre travesía. Después de un par de horas remando, uno de ellos notó que estaba entrando agua a su medio de transporte. Fue entonces que comenzó a pedir ayuda a sus amigos y regresar al muelle fue toda una odisea. Se tiró al agua, y entre varios compañeros intentaron sacar su canoa. Otro, un poco más liviano, se subió al kayak dañado y dejó el suyo al temeroso de perecer en el fondo de las aguas.

Al regresar al punto de origen, resultó que habían dado el kayak n. 4, el defectuoso, a mi amigo. El dueño de los alquileres de kayak dijo a sus compañeros de negocio: «cuántas veces les he dicho que no entreguen el kayak n. 4 ya que está en mal estado».

Cuando conté las historias contadas por mis amigos, pensé que a veces somos el kayak n. 4. Tenemos desperfectos, fallamos, cometemos errores. Pero, ¿cómo había sido la excursión sin el kayak n. 4? Tal vez una excursión como cualquier otra. Gracias al desperfecto, mis amigos vivieron mejor el compañerismo, el trabajo en equipo. Se interesaron unos por otros. Gracias al Kayak n. 4, mis compañeros tuvieron una historia interesante que contar por la noche. El desperfecto inesperado hizo que pasaran una gran experiencia.

Así pasa también en nuestra vida. Quisiéramos una vida perfecta y sin contratiempos. Pero las faltas y los errores son los que más nos sirven para mejorar. La humildad consiste precisamente en eso: aceptar nuestros errores, no perder la alegría y además sacar experiencia de ellos.

Para ser buenos hemos de saber que podemos ser malos, y que de hecho lo somos en diversas ocasiones. Pero ese conocimiento lejos de producirnos tristeza nos debe llevar a estar vigilantes, aprender de nuestras fallas y recomenzar de nuevo, siendo más conscientes de nuestra debilidad. El conocimiento de nuestra debilidad nos permitirá romper nuestra autosuficiencia y nos llevará a pedir ayuda. Este es otro aspecto importante de nuestra mejora personal. Nadie puede ser mejor si no cuenta con amigos con los que compartir sus problemas y dificultades. Recibir consuelo y ayuda nos permite mantener el combate contra nosotros mismos.

¿Qué hacer con nuestros defectos? No tomarlos tan en serio. En este deporte que consiste en ser mejores cada día es más importante levantarse que no caer. Así, aprenderemos a perder y a ganar. Adquiriremos la agilidad que da la humildad para reiniciar nuestra lucha por ser mejores, aprovechándonos de nuestras faltas diarias.

Gracias por acompañarme un día mas en este reto de 365 días de historias sobre virtudes.

Para que más personas reciban estos escritos diarios puedes compartirlos junto con este link: https://chat.whatsapp.com/I835VjOwT0IBUdbWyGrjRy

La regresión infinita del egoísta

Juan Carlos Oyuela

“No necesitamos tanto de la ayuda de nuestros amigos como de la confianza en esa ayuda.”

EPICURO DE SAMOS

En un artículo anterior, El conocimiento más útil en la ética, escribí sobre la necesidad del conocimiento propio y del examen personal para verificar si el rumbo que lleva nuestra vida es el adecuado. Debo reconocer que luego de publicado me quedó algo de inquietud porque podía dar la impresión de que hemos dedicar gran parte de nuestras energías a conocernos a nosotros mismos. La verdad es que el hombre, cuya vocación es al amor, cuanto menos se contemple más alcanzará hacer el bien a los demás y como consecuencia será mucho más feliz.

No digo que no hemos de examinarnos en tiempos concretos para hacer balance, pero es mejor centrarnos más en procurar pensar en los demás y en cómo servirles que estar atentos a mirarnos el ombligo.

El egoísmo tiene muchas consecuencias. Para empezar nos hace perder el tiempo, a olvidar y descuidar nuestro deberes. Si se mezcla con la imaginación pueden elaborar historias que nos torturan e incluso nos enfermen. La imaginación del egoísta se encarga de convertir granos de arena en auténticas montañas que aplastan.

Para aclarar a qué me refiero quizá nos sirva la siguiente cita:

«Hay un problema con el conocimiento psicológico: nadie puede aplicárselo a sí mismo. Las personas pueden ser extraordinariamente sagaces respecto a las carencias de sus amigos, esposas o hijos. Pero no tienen la menor percepción sobre sí mismas. Aquellas que ven con fría lucidez el mundo que las rodea no albergan más que fantasías en cuanto a su propia realidad. El conocimiento psicológico no sirve de nada si uno se mira en el espejo. Este extraño hecho, que yo sepa, no tiene explicación.

Personalmente siempre había pensado que la programación informática podía aportar cierta luz al respecto, concretamente un procedimiento llamado recursión. La recursión consiste en hacer que el programa entre en un bucle y vuelva sobre sí mismo a fin de utilizar su propia información para repetir un proceso hasta obtener un resultado. Se emplea la recursión para ciertos algoritmos de distribución de datos y cosas así. Pero debe usarse con cuidado o se corre el riesgo de que el ordenador caiga en lo que se conoce como una regresión infinita. En programación, es el equivalente a esos espejos de las ferias que reflejan otros espejos, y más espejos, cada vez menores, hasta el infinito. El programa sigue adelante, repitiéndose y repitiéndose, pero nada ocurre. El ordenador se bloquea.

Siempre pensé que algo parecido debe de suceder cuando las personas dirigen hacia sí mismas su aparato de percepción psicológica. El cerebro se bloquea. El proceso de pensamiento sigue y sigue, pero no va a ninguna parte. Debe de ser algo así, porque nos consta que la gente es capaz de pensar en sí misma indefinidamente. Algunos apenas piensan en nada más. Sin embargo, da la impresión de que la gente nunca cambia como resultado de una intensiva introspección. Nunca se comprenden mejor. Es muy poco habitual encontrar un auténtico conocimiento de uno mismo.

Casi se diría que uno necesita a otra persona para que le diga quién es o le sostenga el espejo. Lo cual, si uno se para a pensarlo, resulta muy extraño.

O quizá no lo sea».

Escribe esto de forma magistral Michael Crichton en su libro “Presa”. Todos tenemos a la vuelta de la esquina la tentación de querer construir nuestra vida de forma egoísta. Aparentemente es más cómodo aislarse y desentenderse de los demás, pero a la larga esta vida termina marchitando y amargando a cualquiera.

El egoísta está demasiado pendiente de recibir de los demás un trato que su supuesta “alta dignidad” merecería. Tristemente este camino le lleva de decepción en decepción ya que, según él, los demás siempre se quedan cortos en las alabanzas y muchas veces no se verá colocado en el pedestal que cree merecer. El egoísta entra en un “loop” interminable en el que se hundirá más y más, terminando por vivir solo y despreciado.

En relación con el tema, me gustó lo que leí hace tiempo en “egoísmo y amor” de Rafael Llano:

«El hombre vanidoso gusta de las personas y de las cosas cuando reflejan su propia imagen. El ser humano siente una atracción indeclinable por los espejos. No solamente por esas superficies de vidrio especialmente pulidas para reflejar imágenes, sino también por otro tipo de “espejos”: la opinión pública en que se refleja su personalidad, las tres líneas del periódico en que hablan de su persona, la mirada de los más próximos en que lee admiración… Sí, tal vez los espejos que el hombre más busca sean las pupilas de las personas que lo rodean, particularmente si estas son importantes. Parece que en vez de que ese hombre mire a los otros para descubrir sus necesidades —que es la mirada de quien sabe amar — , los mira apenas para descubrir lo que piensan de él: “¿Le gustó la figura que hice? ¿Le pareció interesante mi punto de vista, la agudeza de mi inteligencia, la firmeza de mis decisiones?…” Interroga a los otros, no acerca de ellos, de sus cosas, sino únicamente acerca de sí mismo, como si las personas le interesaran exclusivamente en la medida en que él mismo se refleja en ellas».

A la persona vanidosa, nada le provoca mayor placer que experimentar la agradable emoción de que todo se relacione con ella, de que a su derredor sucedan grandes cosas porque ella está presente. De que las circunstancias y los ambientes adquieran vida y vibración porque ella les confiere la voz y el brillo sin los cuales permanecerían miserablemente mudos y apagados. La vanidad encuentra también su espejo en las obras que salen de nuestras manos. Nos examinamos atentamente en ellas para ver reflejada nuestra propia perfección. Cuando nos satisfacen, nos demoramos contemplando en ellas nuestra belleza como la adolescente frente a su tocador; cuando nos desilusionan, nos entristecemos como la anciana señora que compara la imagen reflejada en el espejo con la fotografía de su juventud. Es tan importante el reflejo emitido por nuestras obras, que genera esa ansiedad, ese desasosiego e inquietud que se llama perfeccionismo. El perfeccionista no se resigna a ver su imagen menos brillante estampada en un trabajo incompleto, en una clase, en una publicación, en una cena festiva, en un trabajo manual o artístico, en una empresa cualquiera que no llegue a ser una obra maestra. Trabaja hasta el agotamiento, precisamente en aquello que más se cotiza en el mercado de la opinión pública. En esos trabajos es escrupuloso, preocupado, minucioso, diligente, exhaustivo. Y en otros, que tal vez son más importantes, y que nunca aparecerán en su currículum —como las tareas básicas del hogar, la educación de los hijos, el estudio de materias poco brillantes y más fundamentales, la lucha en los cimientos del alma por conseguir auténticas virtudes — , es indolente, lento, despreocupado y negligente. Así se explica la existencia de eso que podríamos denominar la pereza selectiva, la pereza que se manifiesta solamente ante las ocupaciones menos atractivas. Se trata de vanidad pura que, desmotivada por el anonimato y herida por la oscuridad, derrama por esa llaga abierta tedio, cansancio y modorra. El deslumbramiento del vanidoso —esa especie de elefantiasis personalista que lo coloca en el centro del universo— podría encontrar una imagen plástica en la figura mitológica de Narciso. Narciso era un joven extasiado por su propia belleza que, un día, al ver reflejado su rostro en las aguas de un lago, atraído por sí mismo, intentó abrazarse y murió ahogado. Es lo que sucede con este tipo humano: termina ahogado, asfixiado por el excesivo aprecio que siente por sí mismo. Yo, mis cosas, mis problemas, mis proyectos, mis realizaciones… Hay personas que solo parecen ver su propio rostro, que solo saben hablar de sí: sus pensamientos les parecen importantísimos y sus palabras son para ellas la música más melódica. Su verdad tiene que coincidir necesariamente con la verdad. Los otros deberán concordar con sus opiniones porque la razón indudablemente tiene que estar con ellas. La voz de los demás deberá ser como una resonancia de la suya. Si no fuera así, surgirá la discusión o la desavenencia. Y, después, un hombre así habrá de quejarse de soledad. Pensará que todos lo abandonaron, cuando en realidad fue él quien se aisló en su pedestal. Nadie soporta su presencia porque nadie se resigna a no tener voz, a ser simplemente eco. La soledad es el corrosivo que ahoga la personalidad narcisista. Gustavo Corcho, en Linóes do abismo, sintetiza el perfil de la personalidad del vanidoso cuando dice: todas las cosas, todas las opiniones “son como el espejo de su propia importancia, de su propio rostro, que para él es la grande, la única realidad en torno de la cual el mundo entero es un inmenso marco”.

En nuestras relaciones con los demás, en el matrimonio por ejemplo, la raíz de muchos problemas está en olvidar que nuestra vida ha de ser servir de la mejor manera y no tanto esperar ser servidos. De esta forma, nuestros talentos, lejos de envanecernos, se colocan en el lugar adecuado para enriquecer a otros y enriquecernos.

Servir a los demás. Dar sin esperar nada a cambio. De esta forma, nos pasaremos la vida alegres aunque en alguna ocasión veamos que no somos correspondidos.

¿Quiéres vencer a diario el egoísmo?

Apunta en tu agenda una lista de personas a las que quieres ayudar y piensa en ellas. Si lo haces con constancia, descubrirás muchas formas de ayudarles.

Si quieres recibir más mensajes como estos, puedes suscribirte al grupo:

https://chat.whatsapp.com/I835VjOwT0IBUdbWyGrjRy

Gracias por ser testigo de este reto de 365 días promoviendo las virtudes. Hasta mañana.

Un año de virtudes

Comienza hoy, primero de enero, el reto del 2019. Todos los días de este año estaré publicando un post relacionado con la mejora personal mediante la adquisición de hábitos buenos. El sitio se convertirá durante 365 días, en una auténtica caja de herramientas con toda clase de recursos sobre virtudes como el orden, el trabajo, la excelencia, la amistad etc.
Pondré a disposición historias, artículos, libros, biografías, retos, actividades, citas famosas relacionadas con una virtud.
Me interesa escuchar tus comentarios.

Juan Carlos Oyuela
uc?export=download&id=0B9bQUbYTA5akTWxXVnJRQ2ZzMkU&revid=0B9bQUbYTA5akSnR2WFJyeDZWc2U3ZmF6Tm5XUzVGZVdLS1FNPQ

Juan Carlos Oyuela
www.eticaysociedad.org
https://twitter.com/jcoyuela

El sentido cristiano del dolor

Hace unos días, conversaba con una persona que dice no creer en Dios. Por cosas de la vida, está sufriendo en carne propia una serie de dificultades que lo tienen metido en un laberinto sin aparente salida. El dolor le tiene con los ojos puestos en sus propios problemas y cada día que pasa se siente con menos fuerzas para hacerle frente.
Es una realidad que todos; creyentes o no, altos o bajos, ricos y pobres, todos experimentamos el dolor en algún momento de nuestra vida. Día a día, y conforme pasan los años más, notamos nuestra condición mortal y nuestras propias limitaciones. Desde el punto de vista moral, también constatamos que no somos perfectos y que tenemos muchos vicios y errores que requieren perdón y curación. Aceptar nuestra condición de criaturas es fundamental para encontrar una explicación a nuestra identidad personal y hacer frente a esas limitaciones.
Si Dios es bueno ¿Cómo permite el mal y el dolor?, este es uno de los cuestionamientos más usado por los ateos y agnósticos para intentar demostrar la inexistencia de Dios. Este tema no tiene explicaciones fáciles. La verdad es que desde un punto de vista científico y racional no tiene respuesta. Se equivocan los que echan la culpa a Dios del dolor y los males del mundo porque olvidan la existencia de la libertad humana. Dios no es el creador del mal.
Los cristianos de los que no lo son es precisamente que ante el drama desolador del sufrimiento, los sin-Dios solamente encuentran en el mejor de los casos algo inútil, sin sentido. Fuente de tristeza y desesperación. En cambio, para nosotros los cristianos, Dios es el eterno amante. El Padre-Dios cristiano solamente trae bienes para sus hijos, igual que los padres de la tierra. Él es precisamente la causa de la vida, la libertad y el amor que todos ansiamos en lo más profundo de nuestro corazón.
Solo los cristianos pueden comprender que “La muerte es un proceso de sanación. En ese camino suceden cosas importantes, y el sufrimiento y el dolor suelen ser compañeros de viaje.” (Austen Ivereigh, Yago de la Cierva y Mons. Carlos Osoro, Cómo Defender La Fe Sin Levantar La Voz)
El cristiano saborea en ocasiones la tristeza y la desesperanza, sin embargo para él, hasta estas incomprensibles realidades adquieren un sentido. Igual que el médico aplica la medicina desagradable para alcanzar la salud, Dios permite los dolores que no coartan nuestra libertad, en vistas a bienes mejores.
El dolor, lejos de aislar en una rabiosa soledad, puede servir para solidarizarse y salir al encuentro de los que sufren. Para unos puede ser ocasión de instalarse en la autocompasión, para otros, puede ser la oportunidad de imitar a su Maestro que se hizo cercano, uno más entre nosotros. Y de esta forma enseñarnos a compartir esta realidad con generosidad.
La enfermedad, el sufrimiento y la muerte, bien enfocados, como el antídoto obtenido del mismo veneno, se convierten en medicina para enfocarse en lo verdaderamente importante. Estas realidades pueden ser maestros estupendos para colmar la vocación al amor. Por otra parte “Ofrece el dolor que hayas de sufrir en expiación por lo pecados – los tuyos y los de otros – y en beneficio de los que han sido injustos contigo.” (El Poder Oculto De La Amabilidad)
Intentar entender el problema del dolor es trascendental. Nos lleva a la esencia del cristianismo o nos aparta de él. La forma en qué una persona enfrenta el sacrificio demuestra si confía de verdad en un Ser supremo o no. Paladear el amor divino es la diferencia que brinda al que cree en Dios la posibilidad de transformar una experiencia dolorosa en fuente de alegría y paz.
Para un buen cristiano, Dios es el Dios del amor y la alegría. La confianza en Él le lleva a descubrir que su amor es el aceite que suaviza cualquier sufrimiento. Las dificultades no le apartan de su Padre-Dios sino todo lo contrario. El dolor, sobrellevado por amor es precisamente lo que le hace fuerte. Es el escudo que le protege de la desesperanza y le permiten alcanzar la plenitud definitiva en el amor verdadero.

Taular: cambiando vidas uno a uno

Taular

El jueves 18 de octubre, en el Centro Universitario Guaymura, nos damos cita más de cien personas. Los asistentes estamos vinculados de una u otra forma con Taular, prestigioso centro educativo, que brinda educación de calidad para jóvenes de escasos recursos en Tegucigalpa. Estamos para presenciar el estreno del vídeo “La lotería de la vida”, donde Kevin y Yosmin nos cuentan sus historias de vida. Ambos asisten a Taular; uno como docente y el otro como estudiante de décimo curso.
En los primeros minutos se van alternando las palabras de Kevin y Yosmin. Su testimonio es un ejemplo de cómo superar dificultades con responsabilidad y esfuerzo. Uno de ellos comenta que ante la falta de recursos para trasladarse al centro, tenía que caminar más de dos horas para no faltar a sus clases. Dña. Karla, madre de Yosmin, da su testimonio del esfuerzo que debió poner su hijo para suplir la falta de conocimientos. El paso de los días le irá confirmando que tomó la decisión correcta al inscribir a su hijo en esta institución, aunque signifique un gran sacrificio. Menciona con emoción que es testigo de la transformación que irá convirtiendo a su hijo en un estudiante ordenado y responsable.
Mientras veo a algunos antiguos estudiantes que están presentes, compruebo que la educación no es principalmente asunto de medios económicos sino de principios. Y es que parte importante del éxito de esta institución se fundamenta en una sólida educación en valores. Esta formación se hace realidad en primer lugar con el ejemplo de los docentes, pero también con el acompañamiento cercano de un preceptor que tiene una entrevista periódica con cada estudiante. En estas conversaciones, salen a la luz diversas dificultades; desde no contar con lo necesario para tener tres tiempos de comida hasta el dolor por la ausencia de uno de los padres por haberse trasladado a otro país en busca de trabajo. El preceptor, además de orientar en la superación de estos problemas, ayuda en el seguimiento de las metas de mejora académica y personal.
La totalidad de los estudiantes de escasos recursos cuentan además con una beca obtenida con mucho esfuerzo por los promotores. Uno de los objetivos de esta reunión es agradecer la colaboración de muchas empresas y hondureños comunes y corrientes que ayudan con los fondos para que estos jóvenes perseveren en su esfuerzo por graduarse en una de las mejores instituciones académicas de Honduras.
Recuerdo entonces la idea que me repetía uno de los fundadores hace ya hace casi veinte años: “La educación es el principal instrumento de promoción social. Por su medio, personas de orígenes humildes pueden alcanzar una verdadera superación humana y económica”.
Yosmin nos comentará el destino incierto de muchos de sus amigos de barrio que no han tenido su fortuna y que han sucumbido a diversos problemas sociales como la delincuencia, las drogas o las maras. El video “La lotería de la vida” nos irá mostrando en dos historias, que vencer obstáculos, con el debido acompañamiento, se convierte en la mejor escuela de virtudes. Lo que para unos es excusa para el conformismo o la parálisis, para otros es el medio de convertirse en los ciudadanos que transformarán el futuro de nuestro país.
Después del evento quedo enormemente agradecido con los directivos de esta iniciativa. A lo largo de estos años colaboré como preceptor o refiriendo a personas con deseos de dedicar tiempo para ayudar o con sus donaciones. Todavía queda mucho por hacer, aunque con seguridad aparecerán más personas generosas, deseosas que Taular siga cumpliendo con su lema: “Cambiando vidas uno a uno”.

Admitir errores: si enim fallor sum

Admitir errores
Un VIDEO que ha resultado viral en esta semana, con más de doce millones de visualizaciones, describe un interesante experimento social que da mucho para pensar. Sin que ellos lo sepan, ponen a trabajar por parejas a personas con opiniones totalmente opuestas en temas tan controversiales como el feminismo, el calentamiento global y la ideología de transgénero. Este experimento social nos introduce en la realidad de que podemos estar equivocados en nuestras posturas fundamentales. Admitir errores y abrirnos a las posturas ajenas puede ser fundamental para mejorar.

Mientras los involucrados siguen las instrucciones y realizan una construcción de madera en común, se hacen y responden preguntas en las que se dan a conocer el uno al otro. Al finalizar del trabajo en equipo, resulta que la estructura es un bar con dos sillas. Se colocan dos cervezas frías y ven un vídeo que explica la postura de cada uno en el tema controvertido. Luego suena un parlante con una instrucción: “pueden irse o quedarse para discutir las diferencias”. El escenario está servido. Las tres parejas del experimentos, optan por quedarse a conversar.
“Nuestra cultura egocéntrica niega la verdad porque reconocerla supondría que algunos sentimientos o algunas ideas pueden ser erróneas. Pero nadie quiere estar en el error. Es mucho más fácil sentirse cómodo diciendo que no hay verdad, no hay nada que pueda cuestionar lo que queremos creer”.(aceprensa.com, El Relativismo Ahoga El Diálogo)

Admitir los propios errores rompe la polarización

La polarización de la sociedad moderna es una de las enfermedades que muestran cómo nos relacionamos unos con otros. Pareciera que en casi todos los campos, la realidad está dividida en dos facciones irreconcilliables; los de derecha e izquierda; los de arriba y abajo, los que están a favor o en contra de lo que sea. Cada uno, con una postura cerrada y autosuficiente, incapaz de cuestionar su propio esquema de ideas y pensamiento.
Esta dicotomía, pareciera que es manifestación de otra característica típicamente posmoderna; el relativismo. En esta postura, no existe verdad ni mentira absolutas. Todo adquiere su valor dependiendo del observador. Todo pareciera bueno, porque sencillamente no existe una medida objetiva con la que encuadrar las diversas situaciones de la vida. En este mundo de la subjetividad, cada uno establece su propia verdad que es válida en el propio reino, que como una isla incomunicada, no tiene otros criterios o principios con los que contrastarse.

Fundamentalismo y soberbia intelectual

El rey que gobierna cada isla, es un fundamentalista que al que le parecen bien todas sus ideas, simplemente porque no conoce otras. Vive en un sistema cerrado, en el que únicamente admite a otros que piensan como él y rechaza, o ridiculiza, a los incómodos que atreven a disentir de su “esquema maravilloso” de pensamiento.
Para combatir esta soberbia intelectual a la que todos somos proclives, nada mejor que un viejo aforismo utilizado por Agustín, un grande de la antiguedad; “Si enim fallor, sum”. Podría traducirse como: “Si fallo, existo”. Cuanto más se razona esta expresión, más luces brinda al buscador de la verdad. Percibir las propias equivocaciones, manifiesta que existe un bien fuera de nuestra subjetividad. Una realidad que sirve de medida y contraste que indica una realidad objetiva y verdadera.
Reconocer errores propios
Los errores no siempre son negativos
Considerar que no somos infalibles, que podemos cometer errores nos baja de nuestro pedestal y nos pone con los pies en la tierra. Nos abre a la riqueza de que tenemos muchas cosas que aprender de los demás. Que necesitamos poner a prueba nuestras ideas mediante la conversación con los “extraños” que no piensan como nosotros.
Reconocer con sinceridad nuestras limitaciones y nuestros errores reales de todos los días, nos acerca a la fuente de la verdadera sabiduría; nos ayuda a darnos cuenta que caminamos junto con los demás en el conocimiento de la verdad y adquirir el conocimiento de las personas verdaderamente grandes; que todavía ignoramos muchas cosas.

Cultivar la sensibilidad humana

Sensibilidad

Brian Bacon, presidente de Oxford Leadership Academy, cuenta una anécdota sobre un evento de liderazgo. Uno de los más importantes en los que estuvo en su vida. Se celebró en San Francisco para conmemorar el cincuenta aniversario de Naciones Unidas.

Eran dos días de conferencias con grandes expositores y profundas reflexiones sobre el capital humano. Los asistentes pagaban 5 mil dólares por estar allí. Sin embargo al final del evento, en un cuestionario de evaluación, la mayoría no resaltó a ninguno de los ponentes. Prefirieron quedarse con una conferenciante que ni siquiera estaba en el programa: la Madre Teresa de Calcuta. Invitada al evento subió poco más de 30 segundos al estrado y cambió todo con su voz suave y pocas palabras:

– Así que queréis cambiar a la gente, pero ¿conocéis a vuestra gente? ¿Y les queréis?  Porque si no conocéis a las personas, no habrá comprensión, y si no hay comprensión, no habrá confianza, y si no hay confianza, no habrá cambio.

– ¿Y queréis a vuestra gente? Porque si no hay amor en lo que hacéis, no habrá pasión, y si no hay pasión, no estaréis preparados para asumir riesgos, y si no estáis preparados para asumir riesgos, nada cambiará.

– Así que, si queréis que vuestra gente cambie, pensad: ¿conozco a mi gente?, ¿y quiero a mi gente?…”

Conocer es el primer paso del amor. La sensibilidad por las necesidades ajenas comienza abriendo las ventanas del alma y así dejarnos impresionar, hacernos cargo de los dolores, sufrimientos y las necesidades objetivas de los que nos rodean.

La comprensión de esas necesidades implica el esfuerzo de salir de nosotros mismos. Hacer el esfuerzo de poner las propias preocupaciones y aficiones en un segundo plano. Pensar en los otros, dar prioridad a sus intereses, expectativas y necesidades para luego fomentar la generosidad de forma desinteresada.

En la sociedad actual, plagada de individualismo egoísta, hacen falta personas atentas que rompan la indiferencia presente en muchos ambientes. Empeñarse descubrir la dignidad de cada uno y no dejarles pasar a nuestro lado sin procurar su verdadero bienestar. El interés verdadero por los demás, el amor sincero que se pone manos a la obra, con las manos abiertas para dar, es la única fuerza capaz de sacar a muchos de la profunda crisis de desencanto y desesperanza en la que se encuentran.

Para que este empeño sea auténtico, el primer ámbito para ejercitarlo es en la propia familia. En el caso de los padres, el amor a los hijos viene dado de forma casi connatural. Este amor facilita el conocimiento verdadero que permite luego acertar fácilmente en las necesidades reales de los propios hijos. Este ejemplo es imprescindible porque la única manera de formar en generosidad y sensibilidad humana es mediante el contagio cotidiano de buenas acciones ejercidas  una y otra vez, con constancia, sin alardes, de forma natural.

Sin embargo, este conocimiento no se ha de dar por supuesto. Hace falta un esfuerzo de dedicación de tiempo -uno de los bienes más valiosos en esta época-; para escuchar y conversar con cada hijo individualmente. Solamente así se tendrán presentes sus intereses e ilusiones. Un esfuerzo de cariño que se ha de notar, especialmente en los momentos más cruciales de su desarrollo; la adolescencia por ejemplo.

En el ámbito laboral, el liderazgo que transforma vidas y genera compromiso pasa primero por el esfuerzo sincero por comprender a cada uno de los compañeros de trabajo. Comprometerse con el bien verdadero de los demás, ver la propia tarea como servicio para luego cosechar confianza y compromiso.

El picaporte que abre la puerta de la formación de las otras personas no está accesible por fuera. Solamente se abre con el cariño, la comprensión y la preocupación sincera por el otro. Esto no se puede fingir ni comprar. Dejamos que nos ayuden a ser mejores solamente a las personas que se han ganado nuestra confianza, que nos conocen, con nuestros defectos y cualidades. Este amor es el presupuesto necesario para formar de verdad, en las lecciones que más interesan para la vida.

También el conocimiento y el amor son un presupuesto imprescindible en el trato con nuestros amigos. El esfuerzo por conocer al otro, dedicarle tiempo, hará que nos abramos a sus intereses y sepamos saltarnos el egoísmo de pensar solamente en nosotros, que es en el fondo el principal obstáculo con el que se enfrenta cualquier amistad.

Si quieres conocer a una persona, no le preguntes que piensa sino qué ama. Se puede tener el corazón lleno de cosas o personas. Para cualquiera que busque tener ordenado el suyo, lo lógico es que pesen más las personas. Ojalá fomentemos el deseo de llenar el nuestro con la preocupación efectiva por ayudar a ser mejores a todos los que nos rodean. El auténtico amor dilatará nuestras pupilas para saberles atender con una vida comprometida en servicio.