Cultivar la sensibilidad humana

Sensibilidad

Brian Bacon, presidente de Oxford Leadership Academy, cuenta una anécdota sobre un evento de liderazgo. Uno de los más importantes en los que estuvo en su vida. Se celebró en San Francisco para conmemorar el cincuenta aniversario de Naciones Unidas.

Eran dos días de conferencias con grandes expositores y profundas reflexiones sobre el capital humano. Los asistentes pagaban 5 mil dólares por estar allí. Sin embargo al final del evento, en un cuestionario de evaluación, la mayoría no resaltó a ninguno de los ponentes. Prefirieron quedarse con una conferenciante que ni siquiera estaba en el programa: la Madre Teresa de Calcuta. Invitada al evento subió poco más de 30 segundos al estrado y cambió todo con su voz suave y pocas palabras:

– Así que queréis cambiar a la gente, pero ¿conocéis a vuestra gente? ¿Y les queréis?  Porque si no conocéis a las personas, no habrá comprensión, y si no hay comprensión, no habrá confianza, y si no hay confianza, no habrá cambio.

– ¿Y queréis a vuestra gente? Porque si no hay amor en lo que hacéis, no habrá pasión, y si no hay pasión, no estaréis preparados para asumir riesgos, y si no estáis preparados para asumir riesgos, nada cambiará.

– Así que, si queréis que vuestra gente cambie, pensad: ¿conozco a mi gente?, ¿y quiero a mi gente?…”

Conocer es el primer paso del amor. La sensibilidad por las necesidades ajenas comienza abriendo las ventanas del alma y así dejarnos impresionar, hacernos cargo de los dolores, sufrimientos y las necesidades objetivas de los que nos rodean.

La comprensión de esas necesidades implica el esfuerzo de salir de nosotros mismos. Hacer el esfuerzo de poner las propias preocupaciones y aficiones en un segundo plano. Pensar en los otros, dar prioridad a sus intereses, expectativas y necesidades para luego fomentar la generosidad de forma desinteresada.

En la sociedad actual, plagada de individualismo egoísta, hacen falta personas atentas que rompan la indiferencia presente en muchos ambientes. Empeñarse descubrir la dignidad de cada uno y no dejarles pasar a nuestro lado sin procurar su verdadero bienestar. El interés verdadero por los demás, el amor sincero que se pone manos a la obra, con las manos abiertas para dar, es la única fuerza capaz de sacar a muchos de la profunda crisis de desencanto y desesperanza en la que se encuentran.

Para que este empeño sea auténtico, el primer ámbito para ejercitarlo es en la propia familia. En el caso de los padres, el amor a los hijos viene dado de forma casi connatural. Este amor facilita el conocimiento verdadero que permite luego acertar fácilmente en las necesidades reales de los propios hijos. Este ejemplo es imprescindible porque la única manera de formar en generosidad y sensibilidad humana es mediante el contagio cotidiano de buenas acciones ejercidas  una y otra vez, con constancia, sin alardes, de forma natural.

Sin embargo, este conocimiento no se ha de dar por supuesto. Hace falta un esfuerzo de dedicación de tiempo -uno de los bienes más valiosos en esta época-; para escuchar y conversar con cada hijo individualmente. Solamente así se tendrán presentes sus intereses e ilusiones. Un esfuerzo de cariño que se ha de notar, especialmente en los momentos más cruciales de su desarrollo; la adolescencia por ejemplo.

En el ámbito laboral, el liderazgo que transforma vidas y genera compromiso pasa primero por el esfuerzo sincero por comprender a cada uno de los compañeros de trabajo. Comprometerse con el bien verdadero de los demás, ver la propia tarea como servicio para luego cosechar confianza y compromiso.

El picaporte que abre la puerta de la formación de las otras personas no está accesible por fuera. Solamente se abre con el cariño, la comprensión y la preocupación sincera por el otro. Esto no se puede fingir ni comprar. Dejamos que nos ayuden a ser mejores solamente a las personas que se han ganado nuestra confianza, que nos conocen, con nuestros defectos y cualidades. Este amor es el presupuesto necesario para formar de verdad, en las lecciones que más interesan para la vida.

También el conocimiento y el amor son un presupuesto imprescindible en el trato con nuestros amigos. El esfuerzo por conocer al otro, dedicarle tiempo, hará que nos abramos a sus intereses y sepamos saltarnos el egoísmo de pensar solamente en nosotros, que es en el fondo el principal obstáculo con el que se enfrenta cualquier amistad.

Si quieres conocer a una persona, no le preguntes que piensa sino qué ama. Se puede tener el corazón lleno de cosas o personas. Para cualquiera que busque tener ordenado el suyo, lo lógico es que pesen más las personas. Ojalá fomentemos el deseo de llenar el nuestro con la preocupación efectiva por ayudar a ser mejores a todos los que nos rodean. El auténtico amor dilatará nuestras pupilas para saberles atender con una vida comprometida en servicio.

Ahogar la violencia con el bien

Ahogar la violencia con el bien

De forma casi natural procuro escapar de las personas violentas. No porque las rechace sino debido a que sencillamente el tiempo siempre demuestra que sus enfados y rabietas son estériles. Pasada la tormenta, solo quedan en la memoria los vidrios rotos, las llamas y las irreparables perdidas humanas. La violencia en todas sus formas es inútil, descalifica a las personas, las aísla y las deja en el olvido y, si es que las tenían, también a las ideas que pensaban defender.

Las llamadas a la violencia de parte de algunos en los últimos días me llevó a pensar en la forma en que muchos estadistas a lo largo de la historia han conducido a superarla. En ningún caso se aplacó fuego con fuego o injusticia con irrespeto. 

El problema social que atraviesa Honduras no es exclusivamente de los políticos, los acontecimientos recientes hacen concluir que hace falta una nueva forma hacer política. Un nuevo estilo que deje de lado la  tradicional división de vencedores y vencidos, de derecha o izquierda, de los de arriba y los de abajo.

La situación actual de nuestro país requiere una nueva manera creativa de plantear las cosas. Basada en la escucha atenta y comprensiva de todos. Una nueva forma inclusiva que genere confianza y en la que todos los hondureños -no solamente unos pocos- salgamos ganando.

Este mismo reto han tenido que enfrentar muchas sociedades en todo el mundo a lo largo de la historia. Gandhi en la India, Vaclav Havel en la República Checa o Nelson Mandela en Sud África. Este último, es un ejemplo claro de superación del odio por una cultura nueva de concordia y entendimiento. Mandela en su momento sabe reconocer sus sentimientos negativos y descubre que dejarse llevar por ellos conduce al abismo: “Nuestro corazón decía que la minoría blanca era el enemigo, que no había que hablar con ellos, pero nuestro cerebro decía que, si no hablábamos con ellos, nuestro país ardería en llamas y durante muchos años estaría cubierto por ríos de sangre. Así que tuvimos que reconciliar ese conflicto, y nuestra conversación con el enemigo fue el resultado del dominio del cerebro sobre la emoción”.

La violencia es originada por la irracionalidad y por el egoísmo. Es el dominio del más fuerte, por encima del respeto de la ley. Es dejar de lado los argumentos para intentar imponerse cayendo en la vorágine de los sentimientos del rechazo y venganza.

La solución al problema actual de Honduras no está solamente en los políticos. Está en toda una sociedad cuando sabe juzgar en qué líderes poner sus ojos y a cuáles dejar de lado, sencillamente porque no están a la altura de las circunstancias.

Solamente alcanzaremos la paz cuando apelemos a lo mejor de nosotros mismos y de los demás. Cuando sepamos encontrar la fortaleza de carácter para no devolver mal por mal. Cuando sepamos superar nuestros intereses personales y los pongamos al servicio del bien común. Hace falta una nueva generación que deje de lado la indiferencia y se implique en ver los problemas actuales como oportunidades para crecer y mejorar.

La solución está en cultivar en nosotros la auténtica paz que nace del dominio sobre todo lo que nos aparta de Dios y de los demás. La paz surge cuando superamos el mal con abundancia de bien, cuando nos implicamos en el respeto y amor hacia todos. Especialmente por los más necesitados. Cuando no instrumentalizamos las necesidades de una sociedad herida por la discordia para sacar provecho personal a toda costa. Cuando en último término, sabemos disculpar los errores ajenos, tendiendo la valentía para descubrir que nosotros también estamos necesitamos de perdón y comprensión.

Si no puedes alabar cállate

Si no puedes alabar cállate
Sigo una página en Facebook que publica fotos antiguas de Tegucigalpa. Un día reciente, los comentarios nostálgicos habituales se interrumpieron al publicarse una foto de la familia de Tiburcio Carías Andino. Me sorprendieron la ligereza y la mala educación de algunos que vertieron toda clase de ataques hacia el expresidente. Hasta tal punto llegó el nivel de confrontación que el administrador de dicha página quitó la foto e hizo una aclaración llamando al orden a los usuarios.
Pensé en un fenómeno cada vez más frecuente, facilitado por el carácter anónimo de estos medios digitales, de lanzar piedras contra casi cualquier cosa. En varias ocasiones me encuentro con personas que muestran una valentía inaudita en el mundo virtual para difamar y calumniar pero que en la vida real son incapaces de dar la cara y mantener con el mismo brillo sus ataques. Para muchos pareciera que sentirse protegidos detrás de una pantalla les da licencia para dañar la fama de cualquiera.
Me vino a la memoria una anécdota que se cuenta del santo cura de Ars. Una mujer se fue a acusar ante el santo sacerdote de haber emitido comentarios en contra de otras personas de su pueblo. La penitencia que se le impuso fue algo curiosa: subir a una parte alta del pueblo y soltar las plumas de una almohada. Hasta aquí todo parecía fácil. La sorpresa surgió cuando le pidió que regresara a recoger una a una todas las plumas. Ante la protesta de que esto sería imposible, el sacerdote mencionó la moraleja de que al emitir comentarios negativos no nos hacemos cargo del alcance y la repercusión de ese comportamiento.
En este caso en concreto, es lógico que existan errores y aciertos que requieren además el estudio atento del contexto histórico y de diversas circunstancias que no podemos evaluar con ligereza. Emitir un juicio sin estos datos equivaldría a lanzar una piedra al aire sin reparar en los daños que se pueden ocasionar. Es fácil atacar desde la ignorancia y sobre todo cuando la persona en cuestión carece de la posibilidad de defenderse. Por mis estudios recientes, también podría mencionar algunos hechos de esta parte de la historia hondureña que se prestan para cuestionamientos, pero ¿Qué persona de carne y hueso no los tiene? ¿Quién podría sentirse exento de haber cometido las mismas o peores equivocaciones si se pusiera en las mismas condiciones y circunstancias? ¿Quién no se ha sentido inclinado a injusticias cuando le colocan en una posición de autoridad?
Muchas veces, las difamaciones y calumnias nacen del odio o la envidia. Curiosamente, los que se prestan a esta clase de juegos malévolos no se dan cuenta de que más que hablar de las supuestas imperfecciones ajenas, estos comportamientos desleales dejan al descubierto la mediocridad e imperfección propia. Suele cumplirse casi siempre; los que gastan su tiempo y energías en criticar, muestran luego su ineptitud en construir nada de provecho.
Tal vez por lo anterior, no puedo evitar desconfiar de los que fundamentan su conducta en la crítica. Dice la sabiduría popular que una persona es, en buena medida, lo que piensa de los demás. Oír a alguien atribuir malicia a otro, es estar casi seguro de que en el autor ya existe algo de esa malicia, o está a un paso de tenerla.
Con esto no estoy diciendo que hemos de ser ingenuos y evitar mencionar el error cuando exista. Sobre todo si hemos de juzgar por razón de nuestro cargo. Sin embargo, si queremos ser justos, hemos de cuidar no prestarnos a escuchar y mucho menos transmitir chismes sin fundamento. Ojalá practicáramos aquel consejo que leí hace años: “si no puedes alabar, cállate”.