Categorías
Compromiso Lealtad

El compromiso nos defiende en los momentos malos

El hombre es un ser libre. Frente a sí se presentan múltiples veredas que le obligan a decidir por cuál transitar. Es verdad que existe la posibilidad de posponer esa elección o incluso de evitarla por completo pero eso equivale a renunciar a vivir. Para ejercitar nuestra libertad hemos de aprender a decidir cuál es el sendero que da sentido a nuestros pasos. El poder de decisión implica que también poseemos la capacidad de comprometernos.

La auténtica libertad no nos lleva a decidir irresponsablemente, tampoco a hacer lo que nos da la gana. La grandeza a la que está llamado el hombre implica que oriente su vida hacia los valores más importantes, aquellos por los que vale la pena emplear la vida entera. Descubrir cuáles son las cumbres a las que orientar la propia existencia es el primer paso para llenar la vida de sentido. Luego vendrá el compromiso de mantenernos en el camino elegido a pesar de las dificultades que encontremos. Tal es nuestra condición de que si no decidimos bien y nos comprometemos con aquello que nos hace mejores, la vida misma se encargará de que opciones de menor valor nos rebajen e intenten esclavizarnos.

Entendidos así, los compromisos lejos de significar una pérdida de libertad más bien nos aseguran que en los momentos de debilidad o de cansancio sabremos perseverar en el bien. En este sentido me gusta recordar la historia de Ulises cuando después de una temporada en el palacio de Circe decide regresar a Ítaca. La diosa, antes de dejarle partir, le advierte sobre algunas de las aventuras que pasará en los días siguientes. La primera de ellas será encuentro con las sirenas.

Desde su nave, Ulises divisa la isla de las sirenas. El peñasco aparece rodeado de cadáveres cuya carne se pudre al sol en la arena. Los muertos son aquellos que han cedido a la seducción del canto. Al pasar por aquel lugar los navegantes quedaban embaucados y acababan estrellándose contra los arrecifes. Ulises pide a sus hombres que todos se tapen con cera los oídos, y que a él le aten con cuerdas a un mástil del barco. Les ordena que no le suelten por mucho que luego lo pida: “Amigos, atadme con dolorosas ligaduras para que permanezca firme allí, junto al mástil; que me sujeten bien a las amarras, y si os suplico o doy órdenes de que me desatéis, apretadme todavía con más cuerdas”.

Cuando la nave se acerca a la isla las sirenas entonan su canto fascinador: “Vamos famoso Odiseo, gran honra de los aqueos, ven aquí y haz detener tu nave para que puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave sin escuchar la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de gozar con ella y saber más cosas (…) Ulises, glorioso Ulises, Ulises bienamado, ven, escúchanos, te diremos todo, cantaremos la gloria de los héroes, tu propia gloria”.

El corazón de Ulises queda seducido de inmediato y desea ardientemente detenerse y escuchar aquellas hermosas voces. Hace señas a sus compañeros para que le desaten, pero ellos siguen remando impasibles, ajenos a los deseos que devoran su interior. Perimedes y Euríloco se levantan y le atan, apretándole con fuerza, según les había indicado antes. Cuando por fin han pasado de largo y ya no se oye la voz de las sirenas ni su canto, sus fieles compañeros se quitan las ceras de los oídos y a Ulises le sueltan de las amarras. Ha pasado el momento de la seducción, del tormento y de la ofuscación en la que pese a estar plenamente advertidos, han estado en gran peligro de caer.

Son muchas las lecciones que podríamos sacar de esta historia. Tal vez el principal mérito de Ulises consistió en aprender a desconfiar de su propia debilidad y tomó las precauciones correspondientes. Con relación a la lealtad a que hemos de guardar con nuestros principios me gusta pensar que estas amarras simbolizan a los compromisos que libremente adquirimos en los momentos en los que contábamos con claridad y paz para hacerlos. Los cantos de las sirenas son las seducciones que encontraremos necesariamente en nuestro camino y que intentarán desviarnos de nuestra meta. Es entonces, en esos momentos de mayor dificultad cuándo más necesarias se hacen esas ataduras que aseguran que no traicionaremos nuestros ideales más altos.

Es fácil ser leales y guardar nuestros compromisos cuando las cosas van bien, cuando el viento sopla a nuestro favor. En cambio cuando aparecen las tempestades, es entonces cuando se muestra nuestra calidad como personas y la fortaleza de nuestros compromisos brillan con todo su esplendor. En esos momentos, los compromisos son como el ancla que mantiene la estabilidad de nuestra nave y evita que sucumban.