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Algunas virtudes de los buenos escritores

Desde mi punto de vista, escribir no es solo poner unas letras junto a otras. Garabatear un trozo de papel tampoco es exclusivamente combinar las ideas con maestría para conseguir darles significados nuevos. Es verdad que se puede jugar con las palabras, igual que un pintor experimenta con colores, pero en mi opinión escribir implica una responsabilidad y un compromiso más profundo. Ya lo dijo alguien en una película famosa: “El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”.

Tal como lo entiendo, escribir es por lo menos un acto de humildad, de autenticidad, de valentía y de coherencia. Seguramente me dirán los expertos que también están otras virtudes como la perseverancia y la laboriosidad. Sin embargo, para comenzar estas me parecen fundamentales.

Escribir es en primer lugar un acto de coherencia porque si alguien tiene al menos un poco de honestidad no se atreverá a presentar algo que él mismo no esté al menos intentando vivir. Para los fariseos escribir resulta fácil. Pero esta es una escritura no tiene vida, no deja huella, no transforma. También están los mercenarios que buscan el provecho personal y con tal de conseguir un poco de fama deslumbran con formas pomposas y grandilocuentes. No es de esta escritura a la que me refiero en esta ocasión. Aunque para estos bastaría decir que el tiempo termina mostrando la verdad de lo que cada uno somos. Podemos intentar engañar por una temporada, pero al final salen a flote las intenciones más profundas. A la larga cada uno cae en su sitio llevado por el peso de su propia vida.

Escribir es un acto de entrega tan real que cuando tomas un lápiz y un papel (o la computadora) tienes que saber que en ese ejercicio dejarás tu valiosa intimidad expuesta a la mirada respetuosa, o no, de los demás. Experimentar el apasionante juego de plasmar tus reflexiones por escrito te lleva tarde o temprano a bajar la guardia y a revelar tus realidades más queridas. Aunque no lo percibas, cuando escribes dejas insertadas entre letra y letra tu vida entera: tus miedos y tus fracasos, tus experiencias y tus errores, tus limitaciones y tu grandeza. Para que este descubrimiento no te lleve a la tristeza, debes aprender a no sorprenderte de estas realidades presentes en tu vida. Hace falta ser humildes para no perder el buen humor aunque descubramos que todavía nos queda mucho camino por recorrer. Esta es la nobleza y al mismo tiempo el drama más profundo de la vida humana: descubrir que estamos llamados a los valores más altos y a los actos más heroicos y comprobar al mismo tiempo que nuestra vida llena de tantos contrastes y limitaciones.

Para un lector atento es fácil conocer la vida de un escritor si sabe leer entre renglones. Lo que se escribe es importante aunque muchas veces es más valioso lo que no se dice. Escribir es perder el miedo a mostrarse vulnerable, pequeño y necesitado de mejora. Es más, solamente el que ha vivido la experiencia de sentarse delante de una hoja en blanco y no haber encontrando nada interesante que decir o el que tiene que trabar arduamente para dejar un texto lo menos impresentable posible luego es capaz de no envanecerse cuando consigue escribir algo de cierto valor. En mi experiencia, la inoperancia personal es un aliciente perfecto para el trabajo constante, para la lectura atenta y para la investigación incansables.

En resumen para mi no existen buenos o malos escritores, todos merecen mi respeto y mi admiración. En mi opinión solo encuentro escritores que son sinceros y se muestran tal y como son y otros que no han alcanzado todavía la autenticidad, los que escriben de forma políticamente correcta o se quedan solo la superficie. Cuando se escribe así no se consigue interesar a nadie. Una vez alguien me dijo que lo único que consigue convencer a otros es la autenticidad de ser uno mismo. Y para llegar a esa sinceridad, a esa desnudez, hace falta mucho trabajo interior.

Por lo anterior, no estoy de acuerdo con eso que me dijeron una vez sobre el ejercicio de escribir ficción: “se trata de que aprendas a mentir de la mejor forma”. Para mí, en un buen escritor esto es imposible. Cuando nos muestra mundos nuevos, historias interesantes o utopías inexploradas sencillamente nos presenta facetas desconocidas para el mundo de su propia identidad. Por esto, los buenos escritores no son solo los que cuentan con una proverbial imaginación sino sobre todo los que se conocen muy bien a sí mismos y a la naturaleza humana. Su vida rebosa de humanismo, atesoran experiencias, aprendizajes e imágenes valiosas dentro de sí mismos. Tal como yo lo veo, la creatividad consiste en conectar con el Autor Supremo de todas las cosas. La creatividad es aprender a observar con atención y a mirar de una forma nueva los mensajes que nuestro creador nos comunica. Cuando el pozo interior sube de nivel y comienza a desbordarse con experiencias, ideas y reflexiones novedosas es cuando asistimos al proceso que vemos con claridad en la vida de los genios. Tienen tanto que compartir; han vivido tanto, han pasado por tantas experiencias dolorosas que cuando se sientan a escribir, a componer una sinfonía o a pintar un cuadro nos brindan los maravillosos tesoros de su rico mundo interior. En cualquier caso, crear es un ejercicio de profundo autodescubrimiento.

Dije que hace falta coherencia porque el que está llamado a hablar de nobles ideales debe por lo menos luchar por encarnarlos. Se necesita una gran sinceridad para ser auténticos y mostrar lo que somos en realidad. El escritor requiere de valentía para experimentar mundos nuevos y desconocidos y contar con que muchas veces no será comprendido. En fin, es importante atesorar humildad para darse cuenta que nosotros no somos fuente de nada que valga la pena. La auténtica fuente se encuentra en el buen Dios que nos da las fuerzas y las ideas para perseverar. Tal vez así, algún día el escritor encuentra una vibración que es capaz de remover a alguno para ser mejor.

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