Admitir errores: si enim fallor sum

Admitir errores
Un VIDEO que ha resultado viral en esta semana, con más de doce millones de visualizaciones, describe un interesante experimento social que da mucho para pensar. Sin que ellos lo sepan, ponen a trabajar por parejas a personas con opiniones totalmente opuestas en temas tan controversiales como el feminismo, el calentamiento global y la ideología de transgénero. Este experimento social nos introduce en la realidad de que podemos estar equivocados en nuestras posturas fundamentales. Admitir errores y abrirnos a las posturas ajenas puede ser fundamental para mejorar.

Mientras los involucrados siguen las instrucciones y realizan una construcción de madera en común, se hacen y responden preguntas en las que se dan a conocer el uno al otro. Al finalizar del trabajo en equipo, resulta que la estructura es un bar con dos sillas. Se colocan dos cervezas frías y ven un vídeo que explica la postura de cada uno en el tema controvertido. Luego suena un parlante con una instrucción: “pueden irse o quedarse para discutir las diferencias”. El escenario está servido. Las tres parejas del experimentos, optan por quedarse a conversar.
“Nuestra cultura egocéntrica niega la verdad porque reconocerla supondría que algunos sentimientos o algunas ideas pueden ser erróneas. Pero nadie quiere estar en el error. Es mucho más fácil sentirse cómodo diciendo que no hay verdad, no hay nada que pueda cuestionar lo que queremos creer”.(aceprensa.com, El Relativismo Ahoga El Diálogo)

Admitir los propios errores rompe la polarización

La polarización de la sociedad moderna es una de las enfermedades que muestran cómo nos relacionamos unos con otros. Pareciera que en casi todos los campos, la realidad está dividida en dos facciones irreconcilliables; los de derecha e izquierda; los de arriba y abajo, los que están a favor o en contra de lo que sea. Cada uno, con una postura cerrada y autosuficiente, incapaz de cuestionar su propio esquema de ideas y pensamiento.
Esta dicotomía, pareciera que es manifestación de otra característica típicamente posmoderna; el relativismo. En esta postura, no existe verdad ni mentira absolutas. Todo adquiere su valor dependiendo del observador. Todo pareciera bueno, porque sencillamente no existe una medida objetiva con la que encuadrar las diversas situaciones de la vida. En este mundo de la subjetividad, cada uno establece su propia verdad que es válida en el propio reino, que como una isla incomunicada, no tiene otros criterios o principios con los que contrastarse.

Fundamentalismo y soberbia intelectual

El rey que gobierna cada isla, es un fundamentalista que al que le parecen bien todas sus ideas, simplemente porque no conoce otras. Vive en un sistema cerrado, en el que únicamente admite a otros que piensan como él y rechaza, o ridiculiza, a los incómodos que atreven a disentir de su “esquema maravilloso” de pensamiento.
Para combatir esta soberbia intelectual a la que todos somos proclives, nada mejor que un viejo aforismo utilizado por Agustín, un grande de la antiguedad; “Si enim fallor, sum”. Podría traducirse como: “Si fallo, existo”. Cuanto más se razona esta expresión, más luces brinda al buscador de la verdad. Percibir las propias equivocaciones, manifiesta que existe un bien fuera de nuestra subjetividad. Una realidad que sirve de medida y contraste que indica una realidad objetiva y verdadera.
Reconocer errores propios
Los errores no siempre son negativos
Considerar que no somos infalibles, que podemos cometer errores nos baja de nuestro pedestal y nos pone con los pies en la tierra. Nos abre a la riqueza de que tenemos muchas cosas que aprender de los demás. Que necesitamos poner a prueba nuestras ideas mediante la conversación con los “extraños” que no piensan como nosotros.
Reconocer con sinceridad nuestras limitaciones y nuestros errores reales de todos los días, nos acerca a la fuente de la verdadera sabiduría; nos ayuda a darnos cuenta que caminamos junto con los demás en el conocimiento de la verdad y adquirir el conocimiento de las personas verdaderamente grandes; que todavía ignoramos muchas cosas.

Fanáticos y fundamentalistas

Fanáticos fundamentalistas

Hace algunos días, un amigo me criticaba por haber mencionado la expresión “la vida debe continuar en nuestra Honduras”. Hacía alusión a continuar poniendo el dedo en la llaga de la ilegalidad del reciente proceso electoral. Respeto la postura de algunos en mantener su oposición al partido de gobierno. Personalmente manifesté de forma pública mi opinión con relación a la reelección -que sigo sosteniendo- pero de eso a esgrimir las banderas del odio y la destrucción existe un mundo de diferencia.

Dicen que en la antigüedad, una forma de tortura consistía en atar un cadaver al cuerpo del condenado hasta que la putrefacción invadía haciendo padecer una muerte lenta y penosa. Pensé en este símil al escuchar una y otra vez, hasta el cansancio, la forma en que algunos insisten en sacar adelante a nuestro país.

Sin duda, el olor dejado en el ambiente por las pasadas elecciones no es precisamente el de olor a rosas. Seguramente este fenómeno brindará mucho material para los estudiosos. En los próximos años aparecerán muchos análisis que en mi opinión son únicamente una muestra más de una profunda enfermedad larvada desde hace muchos años.

Todos sabemos los problemas de nuestra institucionalidad inoperante, la falta de ética y valores presente en muchos ciudadanos y políticos. La corrupción paralizante que corroe desde los huesos a nuestra incipiente democracia. Pero un enfermo no es un cuerpo para el cementerio. El buen médico es práctico. Busca las causas de las enfermedades, no todas al mismo tiempo tal vez, y aplica los remedios oportunos.

La medicina para Honduras no puede ser el fanatismo que cierra la puerta a la razón e intenta vendernos soluciones de todo o nada, que en una sociedad plural y libre no pueden existir. El fundamentalismo, contrario a lo que muchos piensan, es la falta de compromiso con verdades no negociables que pasan por el bien de las personas. El fanático, queriendo o sin querer, se aferra a muertos que le impiden levantar la mirada y juzgar en cada ocasión, con serenidad, con las circunstancias reales, lo que más conviene por el bien de todos. Puede ser, como muchos mencionan, que el cadáver en esta ocasión es la Constitución y las leyes vigentes. Yo pienso más bien en otros que parecen vivos pero que en realidad son cadáveres ambulantes.

Mi opinión es que en los días pasaos quedaron en evidencia la falta de valores, la incapacidad e inoperancia de diferente actores, que debieron cumplir con su deber y no lo hicieron. Dicen que la justicia a destiempo no es justicia, pero tarde o temprano, todos daremos cuenta del papel desempeñado en el reciente proceso democrático. Quedará en evidencia que la gran mayoría hizo lo correcto. Unos cuantos -miles tal vez- jugaron sucio con la ilusión y expectativas del pueblo hondureño.

¿Conformista?, no. Los expertos en ética señalan que a veces lo más conveniente es tolerar un mal menor, sin perder de vista que existe la obligación de aplicar los medios adecuados para remover ese mal en cuanto sea posible. 

Pueden ser las leyes el problema. Aunque más pareciera que es la falta de personas que prefieran fijar su mirada en donde conviene ponerla. Si nos obsesionamos en ver solo los problemas, veremos como estos se multiplican como los microbios, por arte de magia. Necesitamos personas que saquen experiencia, pero sobre todo que pongan su atención en las soluciones, en los diálogos y entendimientos. Dejar de lado a los fanáticos que intentan atarnos a problemas -fomentados por ellos mismos- e intentan colocarnos en callejones sin salida.

Necesitamos el trabajo serio y responsable. El estudio sereno y profundo que nos plantee alternativas inteligentes. Tal vez nos vendría bien pedir prestada a Diógenes su lámpara. Buscar a esos hombres que con su competencia profesional y su amor a Honduras, desplacen a los fanáticos fundamentalistas que parece que andan pero que solo nos contaminan con una visión caduca y pesimista.