La verdadera educación para la paz

Educación para la paz

En una clase reciente de filosofía para adolescentes, me ilusioné contemplando el entusiasmo con el que mis ingenuos estudiantes acogían los planteamientos de los primeros pensadores de la historia. “Lo propio del hombre es indagar e intentar dar explicación a la realidad que le rodea. Navegar entre incógnitas, e intentar darles respuesta, es un reto que se han planteado los hombres de todos los tiempos”. 

Intentaba inquietarlos intelectualmente. Que se atrevieran a pensar por cuenta propia, que no tuvieran inconveniente en poner en aprietos al profesor con preguntas inteligentes. Buscaba animarles a formarse un criterio propio, intentando responder a las preguntas que todos los hombres en algún momento de su vida se han planteado. Que fueran más allá de lo aparente y se sumergieran en el mundo de las esencias. 

Al evaluar si había obtenido los objetivos de la clase, pensaba en el tipo de educación que necesita nuestra Honduras para superar la excesiva polarización e intransigencia. Meditaba en que para evitar la confrontación entre las personas, haría falta brindar a los jóvenes la capacidad de pensar, de tener ideas que puestas en común mediante el diálogo, fueran capaces de generar soluciones creativas, capaces de construir una sociedad en la que impere el respeto y la justicia.

Recordé entonces unos artículos del afamado columnista del New York Times Thomas Friedman, escritos al día siguiente de los atentados del 11 de septiembre del 2001. En estos artículos, que le hicieron acreedor del premio Pulitzer, el famoso columnista señalaba la educación como el arma más eficaz contra el fundamentalismo. “Bin Laden es una cuestión secundaria, pero tenemos que hacerle frente. La verdadera guerra por la paz en esta región –afirmaba Friedman a propósito de Afganistán y Pakistán– es la que se combate en las escuelas”.

En uno de esos escritos decía que hacía falta “una revisión valiente de los programas educativos para eliminar de manera honesta y eficaz cualquier contenido que incite al extremismo”.

Los fanáticos tienen escasez de ideas, a veces solo una. Intentan resolver y explicar todo a partir de esa reducida percepción de la realidad. Y lo que resulta peor, intentan conducir a los demás -en un acto de abusiva y manifiesta violencia- por un carril único, como si se tratara de borregos al matadero. Al no saber discernir entre lo esencial y lo opinable -vuelvo a mencionar una cuestión filosófica- se sienten aludidos cuando uno cuestiona su sistema de pensamiento único. 

Aprender a pensar con honestidad, cuestionando la validez de las propias convicciones, requiere un estilo de educación particular. Estilo que no encuentro, lo digo con tristeza, en la licenciatura en educación que curso en una universidad de nuestro país.

Ayudar a un joven a desarrollar su propio criterio no es tarea fácil. Requiere competencia profesional, esfuerzo, estudio serio y profundo. Un criterio que se cultiva con paciencia, durante años, y no debe temer ser contrastado y puesto en duda mediante el diálogo y la apertura a los pareceres ajenos. 

La auténtica educación, además, ha de contar con la formación del carácter mediante el cultivo de principios, valores y virtudes que ayuden a vivir de forma consecuente con las propias convicciones.

Esta educación en contra del fundamentalismo, contra el egoísmo fanático, debe apoyarse en la competencia profesional, imbuida en valores éticos incuestionables y sobre todo orientada al servicio de los demás. 

Pero como solo se puede dar lo que se tiene, habría que repensar si contamos con los docentes capaces de ilusionar y transmitir estos valores y conocimientos. Sin duda es una labor exigente. Pero ha sido una constante en la historia que unos pocos, de convicciones fuertes y carácter decidido, los que han hecho la diferencia.

Ahogar la violencia con el bien

Ahogar la violencia con el bien

De forma casi natural procuro escapar de las personas violentas. No porque las rechace sino debido a que sencillamente el tiempo siempre demuestra que sus enfados y rabietas son estériles. Pasada la tormenta, solo quedan en la memoria los vidrios rotos, las llamas y las irreparables perdidas humanas. La violencia en todas sus formas es inútil, descalifica a las personas, las aísla y las deja en el olvido y, si es que las tenían, también a las ideas que pensaban defender.

Las llamadas a la violencia de parte de algunos en los últimos días me llevó a pensar en la forma en que muchos estadistas a lo largo de la historia han conducido a superarla. En ningún caso se aplacó fuego con fuego o injusticia con irrespeto. 

El problema social que atraviesa Honduras no es exclusivamente de los políticos, los acontecimientos recientes hacen concluir que hace falta una nueva forma hacer política. Un nuevo estilo que deje de lado la  tradicional división de vencedores y vencidos, de derecha o izquierda, de los de arriba y los de abajo.

La situación actual de nuestro país requiere una nueva manera creativa de plantear las cosas. Basada en la escucha atenta y comprensiva de todos. Una nueva forma inclusiva que genere confianza y en la que todos los hondureños -no solamente unos pocos- salgamos ganando.

Este mismo reto han tenido que enfrentar muchas sociedades en todo el mundo a lo largo de la historia. Gandhi en la India, Vaclav Havel en la República Checa o Nelson Mandela en Sud África. Este último, es un ejemplo claro de superación del odio por una cultura nueva de concordia y entendimiento. Mandela en su momento sabe reconocer sus sentimientos negativos y descubre que dejarse llevar por ellos conduce al abismo: “Nuestro corazón decía que la minoría blanca era el enemigo, que no había que hablar con ellos, pero nuestro cerebro decía que, si no hablábamos con ellos, nuestro país ardería en llamas y durante muchos años estaría cubierto por ríos de sangre. Así que tuvimos que reconciliar ese conflicto, y nuestra conversación con el enemigo fue el resultado del dominio del cerebro sobre la emoción”.

La violencia es originada por la irracionalidad y por el egoísmo. Es el dominio del más fuerte, por encima del respeto de la ley. Es dejar de lado los argumentos para intentar imponerse cayendo en la vorágine de los sentimientos del rechazo y venganza.

La solución al problema actual de Honduras no está solamente en los políticos. Está en toda una sociedad cuando sabe juzgar en qué líderes poner sus ojos y a cuáles dejar de lado, sencillamente porque no están a la altura de las circunstancias.

Solamente alcanzaremos la paz cuando apelemos a lo mejor de nosotros mismos y de los demás. Cuando sepamos encontrar la fortaleza de carácter para no devolver mal por mal. Cuando sepamos superar nuestros intereses personales y los pongamos al servicio del bien común. Hace falta una nueva generación que deje de lado la indiferencia y se implique en ver los problemas actuales como oportunidades para crecer y mejorar.

La solución está en cultivar en nosotros la auténtica paz que nace del dominio sobre todo lo que nos aparta de Dios y de los demás. La paz surge cuando superamos el mal con abundancia de bien, cuando nos implicamos en el respeto y amor hacia todos. Especialmente por los más necesitados. Cuando no instrumentalizamos las necesidades de una sociedad herida por la discordia para sacar provecho personal a toda costa. Cuando en último término, sabemos disculpar los errores ajenos, tendiendo la valentía para descubrir que nosotros también estamos necesitamos de perdón y comprensión.