La confianza en Dios

El ritual de los indios Cherokee es una historia que encontré en el sitio Tengo sed de tí. Esta hermosa historia, me sirvió, entre otras cosas, para caer más en la cuenta de que independientemente de nuestra actitud ante Dios, lo queramos o no, contamos con el tesoro de su mirada vigilante y amorosa.
Saberse mirado y amado por nuestro Padre del cielo añade a nuestra vida una confianza y serenidad inquebrantables. Ante cualquier situación o dificultad, bastará con fomentar la fe en su amor misericordioso para recuperar la paz, actitud imprescindible para no agrandar los problemas y salir de ellos. Cuántas veces, con la mejor de las intenciones, dejamos que el atolondramiento y la desesperación nos hagan perder el rumbo.
El que confía en su Padre-Dios no hace drama de las contrariedades. Las ve como una ocasión de ahondar en la fe, buscar la ayuda del cielo y las convierte en acicate para crecer en virtudes como la alegría, la paciencia y la fortaleza.

Los indios Cherokee tienen un ritual muy especial que marca el paso a la vida adulta. Cuando el niño empieza su adolescencia, su padre lo lleva al bosque, le venda los ojos y se va, dejándolo solo.
El joven tiene la obligación de sentarse en un tronco toda la noche, no puede quitarse la venda de los ojos hasta que los rayos del sol brillan de nuevo al amanecer. No puede pedir auxilio a nadie. Si consigue sobrevivir esa noche, ya es un hombre. Esta es una experiencia personal y el joven tiene prohibido comentar o platicar de su vivencia con los demás jóvenes.
Durante la noche, como es natural, el joven está aterrorizado. Puede oír toda clase de ruidos: bestias salvajes que rondan a su alrededor, lobos que aúllan… o quizás, hasta algún humano que puede hacerle daño. Escucha el viento soplar y la hierba crujir, pero debe permanecer sentado estoicamente en el tronco, sin quitarse la venda. Pasar esta prueba es la única manera en que puede llegar a ser un hombre ante los ancianos de su tribu.
Finalmente, después de esa horrible noche, aparece el sol y el niño se quita la venda… es entonces cuando descubre a su padre sentado junto a él. Entonces descubre que no se ha separado de su lado ni siquiera un instante, velando durante la noche en silencio, listo para proteger a su hijo de cualquier peligro.
¿Sabes algo? De esa misma forma, nosotros tampoco estamos solos. Aún cuando no podamos verlo, en medio de las oscuridades de la vida, nuestro Padre Celestial está a nuestro lado, velando por nosotros, cuidándonos y protegiéndonos de los peligros que nos asechan. Por eso, cuando vengan los problemas y las sombras nos envuelvan, lo único que tenemos que hacer es confiar en Él, con la seguridad de que algún día vendrá el amanecer, nos quitaremos la venda y lo veremos cara a cara tal cual es.

El mandamiento nuevo… en educación

 

Ninguno que quiera dedicarse a la enseñanza debe olvidarse de su primera responsabilidad; estar constantemente aprendiendo y llenándose de aquello que quiera dar a otros. Para enseñar, más que hablar, se trata de escuchar mucho y aprender de todo. La transmisión de la fe, o de cualquier otra virtud, se realiza siempre por desbordamiento, por rebalse… solamente se da lo que se tiene. Y esto no a un nivel aceptable, sino que casi siempre de forma ejemplar y eximia. No basta vivir de las rentas pasadas, sino que ha de ser un empeño mantenido con constancia, a diario.

En mi experiencia docente me encuentro cada vez con más adolescentes a los que se les dificulta aceptar algunas enseñanzas de la Iglesia. El testimonio, que encontré en el excelente artículo El ateísmo juvenil y la educación cristiana me dejó pensando…

Yo creo que no se trata tanto de si crees en Dios o no, sino más bien de cómo lo haces. Fui a un colegio católico y hasta 3º de la ESO [educación secundaria] iba a misa todos los domingos; hasta llegué a recibir la confirmación. Ahora me considero atea; esta postura tiene muchísimas más causas de las que podría escribir aquí. En la universidad es un tema que sale en las conversaciones con mis compañeros cristianos. Mi amiga Ainhoa, por ejemplo, me comentó que ella es creyente, pero que no va a la iglesia porque vive su fe de otra manera más personal en su intimidad; describe su relación con Dios como más “privada” que la de otros que sí van a misa.
En ningún momento quiero decir qué está bien y qué está mal, pero uno de los motivos de mi deserción fue la incoherencia que veía. Se predicaba el amor, el respeto y la tolerancia, y yo no los veía en las personas que repetían ese discurso. Veía a veces malas caras e insultos hacia personas que no encajaban en el molde tradicional, vejaciones a las personas homosexuales y una aparente superioridad moral que estaba muy lejos de la humildad que orgullosamente exhibían como suya.
Me dolía también lo que sentía como autoritarismo, como imposición de que hay una manera establecida para relacionarte con Dios, y yo no lo veía así. Cada cual es persona y por ello, de alguna forma, única. Una relación tan importante como ha de ser la que tengas con quien consideras tu Creador, no puede ser rígida ni impuesta, igual que en cada familia es diferente la relación entre padres e hijos. […]
La religión cristiana pone sus bases en valores que en teoría son moralmente buenos, pero no estoy segura de si se llevan bien a la práctica. Creo que una forma de vida cuyo Mesías dijo “Amad al prójimo como yo os he amado” tiene que estar presidida por el respeto, incluso a personas que no piensan lo mismo. Y me repito: no lo veo en ningún lado. Lo que sí percibo son desprecios, miradas por encima del hombro, empatía solo hacia los que piensan igual, y falta de comprensión y de ganas de comprender hacia los que difieren. […] Creo que tiene que ser maravilloso tener algo que guíe tu vida, pero creo que debe estar guiado por el amor”.

Y como la virtud esencial, la que da forma a las demás es el amor, me pareció que la lección primordial, que nunca debemos olvidar los maestros, es aquella indicación mencionada por Jesús hace más de dos mil años: «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros…». Tal vez esto es lo primero que deberíamos examinar los que tenemos la misión de enseñar, ya sea en la familia o frente a un grupo de estudiantes. Más que un conjunto de conocimientos y lecciones, los jóvenes están deseosos de encontrar testimonios de vida creíbles y auténticos.

El lenguaje unificador de la dignidad humana

Dignidad humana

Estar sentado al lado de budistas, musulmanes, evangélicos, mormones y católicos requiere de mentalidad abierta y al mismo tiempo estar gozosamente afianzado en la propia identidad y el valor de las propias convicciones. En mi caso de católico que procura vivir de acuerdo a su fe, significó un ejercicio enriquecedor escuchar puntos de vista diversos en relación a la libertad religiosa y la objeción de conciencia.

La semana pasada, fui invitado a un congreso sobre estos temas en la ciudad de Guatemala. Si bien es cierto, el aporte de la Iglesia Católica es pionero y de gran valor en estos campos, la sociedad multicultural y multireligiosa actual, requieren fomentar espacios de diálogo y enriquecimiento mutuo. 

Por mi labor docente y mis amistades de diversas religiones, conozco a grandes rasgos los principales postulados de todas las religiones presentes en ese foro. Soy consciente de las diferencias históricas y limitaciones doctrinales de muchas de estas posturas. Al mismo tiempo, me sirvió de gran ayuda contemplar la multitud de rostros sinceros que buscan ascender a la cima de la verdad, cada uno desde una herencia cultural diversa.

Alguien podría preguntarse ¿qué pueden tener en común un católico, un musulmán o un budista? Contrario a lo que piensan algunos, los que aprovechan cualquier ocasión para atacar a la religión, el reconocimiento de la existencia de un ser trascendente, lleva de la mano al conocimiento de la dignidad del hombre. 

Paradójicamente, ubicar al hombre como un ser limitado, vulnerable, inacabado, que no se da la existencia a si mismo, ni se gobierna solo, le abre plenamente a la grandeza deslumbrante de un ser que es la Verdad increada, la Belleza infinita y el Bien absoluto. 

El carácter religioso, constatado por la antropología, la historia, la arqueología y múltiples ciencias, es de necesario reconocimiento para tener una visión completa y adecuada del hombre. Al contrario, el descreimiento, en cualquiera de sus formas, en aras de la defensa de lo científico -para muchos limitado a lo comprobable y medible- conduce siempre a la degradación de lo genuinamente humano. Y por ende de la sociedad en su conjunto. El relativismo y la pérdida de valores tan llevados y traídos en la actualidad, tienen su último origen en el desconocimiento del sentido trascendente del hombre. Es precisamente la relación de amor con un ser, que lo antecede y supera, la que da valor y brinda todo su sentido a la persona.

El reconocimiento y la defensa de la dignidad de todo hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es el punto de apoyo que establece claridad de criterios en múltiples situaciones de la sociedad moderna. Su desconocimiento, abre las puertas a errores que pensábamos superados después de las dos guerras mundiales del siglo XX y que generaron la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

Ignorar la inviolable dignidad de todos los hombres puede llevar, entre otras cosas, a caer en errores tan elementales como nefastos. Tener una visión parcial del hombre lleva a cosificarle y dejarlo vulnerable a la fuerza de la ignorancia, el egoísmo o necedad  humana.

La defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, el rechazo a los vientres de alquiler, la fecundación in vitro o la prostitución, el combate a los acosos sexuales, la erradicación de la pedofília y pederastía, la defensa de los matrimonios abiertos a la vida entre un hombre y una mujer, la promoción de la familia, la defensa de la libertad religiosa y la objeción de conciencia son algunos de los campos en los que hace falta ofrecer claridad de ideas en un mundo tan desorientado. El lenguaje unificador de la dignidad humana permite abordar estos y otros temas. Permite alimentar el diálogo entre personas de convicciones tan diversas.

La nueva religión del bienestar

Religión del bienestar
Uno de mis mayores placeres es entrar a las librerías. La mayoría de las veces solo para ver las novedades o las diversas ediciones de obras ya conocidas. En otros tiempos, me atraía la sección de libros de autoayuda. Hasta que conducido por un buen amigo, descubrí otros autores clásicos que decían lo mismo, mejor dicho y en menos páginas.
Basta dar un repaso rápido por los títulos de estos libros para descubrir promesas diversas. Desde aprender a ser millonario con la receta que empleó no sé que gurú (luego se descubre que hizo su dinero vendiendo libros y no precisamente aplicando sus consejos) hasta historias de cómo encontrar el éxito o la felicidad aplicando los principios del estoicismo o del budismo.
Encontré que la más famosa practicante de las artes del bienestar es la actriz Gwyneth Paltrow. Lanzó la marca de estilo de vida Goop en 2008 con un boletín semanal por correo electrónico con consejos para sus seguidores que, por ejemplo, “vigilaran sus pensamientos” y “eliminaran los alimentos blancos”, bajo el lema “Alimentar el aspecto interior”. Sus productos de bienestar, van desde el Jabón de Baño Desintoxicante Emocional hasta los suplementos vitamínicos. Goop se ha convertido en un imperio de estilo de vida valorado en 250 millones de dólares.
La cultura y los productos que promueven el bienestar creció vertiginosamente en los últimos cinco años desde “un interés marginal para una audiencia mayoritariamente femenina, hasta una industria multimillonaria que incluye suplementos nutricionales, masajes a la carta, ropa interior de época, tés enriquecidos con CBD, elixires de champiñones, y otros más”. Es claro que uno de los valores en boga de la sociedad es el autocuidado que hemos de procurar para tener vidas más prósperas y saludables.
Cuidar la propia salud y emplear consejos para ser más productivo o exitoso no debería ser un problema. Sin embargo, no se puede negar que esta preocupación por el confort, si no se cuenta con el debido enfoque y ayuda, puede degenerar en algunas personas en una obsesión enfermiza.
Sin el debido cuidado, se puede partir con el deseo exclusivo del propio bienestar y se puede terminar en una vida atrapada por el narcisismo, el miedo exagerado al sufrimiento, el rechazo al esfuerzo o una vida que busca a toda costa el placer.
Recuerdo que conocí hace años a un joven que el mismo temor a sufrir le atormentaba hasta el extremo que su vida era un auténtico calvario. Su imaginación desbocada le hacía intuir detrás de cada vuelta de esquina las catástrofes más escalofriantes.
Para muchos, la cultura del bienestar ha tomado incluso los matices de una verdadera religión. Siguen al pie de la letra las enseñanzas de supuestos gurús, participan en comunidades de apoyo, hacen viajes para participar en convenciones, llevan un estilo de vida que sería la envidia de un monje tibetano y siguen rituales que configuran por completo sus relaciones y compromisos laborales.
Sin embargo, aunque pareciera que comparten muchos elementos, la verdadera relación con Dios, la de las religiones monoteístas como la católica por ejemplo, avanza en una dirección totalmente opuesta. En lugar de centrar la atención en sí mismo, el verdadero amor a Dios lleva a salir de sí. En lugar de buscar la propia excelencia a costa de lo que sea, el ideal del auténtico amor es darse mediante el servicio y el sacrificio personal.
Así como una habitación cerrada es caldo de cultivo de gérmenes, una vida centrada en la propia excelencia termina por enfermar. Simplemente porque estamos hechos para alcanzar la plenitud mediante la entrega generosa a un ideal que pasa por aprender a amar sirviendo a los demás.