Malala, un ejemplo de valentía

Cuando leí la historia de esta niña pakistaní me impactó. Tuvo la audacia, desde la tierna edad de 11 años, de levantar la voz en contra de las injusticias en su país. Nos enseña a perder el miedo en defensa de la justicia y los derechos de los más pobres y desfavorecidos. Podría parecer que la acción sencilla de escribir en un blog no tiene mucha importancia. Sin embargo, en la tarea de hacer el bien, todo cuenta, incluso las pequeñas acciones.

“Malala Yousafzai ha pasado a ser un símbolo icónico del derecho universal de las niñas a la educación. Con su lucha y su valentía se ha convertido en una destacada portavoz de los derechos de la mujer. “Ha demostrado con su ejemplo, bajo las circunstancias más peligrosas, que los niños y los jóvenes también pueden contribuir a mejorar su propia situación”, decía el comunicado del comité que concedió el premio Nobel.” (interrogantes.net)

“Malala Yousafzai nació en 1997 en Mingora (Pakistán), y en octubre de 2014, a los 17 años, recibió el Premio Nobel de la Paz y pasó a ser la persona más joven premiada con este galardón en cualquiera de sus categorías en toda la historia. A principios de 2009, cuando aún no tenía 12 años de edad, Malala empezó a escribir un blog en línea en la BBC, en lengua urdu, bajo el seudónimo Gul Makai. En sus relatos iba contando el transcurrir de su vida bajo el régimen del temible Tehrik e Taliban Pakistan (TTP), grupo terrorista vinculado a los talibanes, que estaba intentando tomar el control del valle del río Swat. Las escuelas privadas habían recibido orden de cerrar a través de un edicto talibán que prohibía también la educación de las niñas. Trataban de imponer su interpretación de la Sharia y habían destruido cerca de 150 escuelas en el último año. Malala seguía escribiendo en ese blog y era cada vez más conocida por su encendida defensa de los derechos civiles. Pero su lanzamiento definitivo fue el verano de que aquel mismo año 2009, con el documental Class Dismissed: The Death of Female education, dirigido por Adam Ellick e Irfan Asharaf, del New York Times, que mostraba la vida de Malala y su padre, Ziauddin Yousafzai, y cómo la educación de las mujeres era casi imposible en aquellos lugares. El 9 de octubre de 2012 Malala fue víctima de un atentado en Mingora a manos de un miliciano del TTP. Aquel hombre, después de abordar el vehículo que servía como autobús escolar, le disparó en repetidas ocasiones con una pistola impactándole en el cráneo y en el cuello. El portavoz del TTP, Ehsanullah Ehsan, afirmó que intentarían matarla de nuevo. Dos estudiantes que iban en el mismo autobús también fueron heridas. Malala fue llevada en helicóptero a un hospital militar. El atentado suscitó inmediatamente la condena internacional y el día 15 fue trasladada al Queen Elizabeth Hospital de Birmingham, en Reino Unido, para seguir con su recuperación, donde tuvo que continuar con la rehabilitación y fue sometida a una cirugía reconstructiva. Después de implantarle una placa de titanio y un dispositivo auditivo, Malala regresó a las clases en una escuela secundaria británica en Birmingham: “Volver al colegio me hace muy feliz. Mi sueño es que todos los niños en el mundo puedan ir a la escuela porque es su derecho básico”, afirmaba en unas declaraciones a la prensa.” (interrogantes.net)

Algunos escritos del blog de Malala nos pueden servir de muestra de la calidad humana de esta joven.

Sábado 3 de enero. Tengo miedo

Tuve un sueño terrible anoche en el que había helicópteros del Ejército y talibanes. Tengo esos sueños desde ue se lanzó la operación militar en el Swat. Fui a la escuela con miedo porque el Talibán había emitido un edicto en el que prohíbe que las niñas vayamos a la escuela. (…) Mis tres amigas se fueron con sus familias a Peshawar, Lahore y Rawalpindi después del edicto. (…) Mientras iba a la escuela escuché a un hombre decir “Te voy a matar’. Apuré el paso y cuando miré hacia atrás el hombre venía detrás de mí. Pero, para mi gran alivio, él estaba hablando por teléfono así que debía estar amenazando a alguna otra persona.

Domingo 4 de enero: Debo ir a la escuela

Hoy me levanté tarde, a eso de las 10 de la mañana. Antes de la operación militar solíamos ir de picnic los domingos. Pero ahora la situación es tan mala que no hacemos un picnic hace más de un año y medio. (…) Hoy hice tareas del hogar y jugué con mi hermano. Pero el corazón me latía rápido porque mañana tengo que ir a la escuela.

Lunes 5 de enero: No uses vestidos de colores

Me estaba vistiendo para ir a la escuela y me iba a poner el uniforme pero me acirdé de que la directora nos había dicho que no usáramos el uniforme sino nuestra ropa habitual. Así que me puse mi vestido rosa favorito. (…) Más tarde, en la escuela, nos dijeron que no usáramos ropa de colores porque el Talibán no estaría de acuerdo.

Miércoles 7 de enero: Ni fuego ni temor

Vine a Bunaria a pasar Muharram (día de fiesta musulmán). Me encanta Bunair por sus montañas y exuberantes campos verdes. Mi Swat también es muy hermoso, pero no hay paz. En Bunair hay paz y tranquilidad. Tampoco hay fuego ni temor alguno. Todos estamos muy contentos.

Miércoles 14 de enero: Quizás no vaya más a la escuela

Hoy estaba de mal humor mientras va a la escuela porque mañana empiezan las vacaciones de invierno. El director anunció las vacaciones, pero no mencionó la fecha en que la escuela volverá a abrir. Es la primera vez que ocurre esto.En el pasado la fecha de reapertura fue anunciada siempre con claridad. (…) Mi conjetura es que el Talibán va a prohibir la educación de las niñas desde el 15 de enero.(…) Como hoy era el último día de nuestra escuela, hemos decidido jugar en el patio un poco más.

Jueves 15 de enero: Noche de disparos

Hubo disparos de artillería toda la noche y me desperté tres veces. Pero como no había escuela, me levanté más tarde, a las 10. (…) Hoy leí mi diario escrito para la BBC (en urdu) y publicado en el periódico.

A mi madre le gusta mi seudónimo ‘Gul Makai’ y le dijo a mi padre, ¿por qué no cambiarmos su nombre por el de Gul Makai? A mí también me gusta, porque mi nombre verdadero significa “dolor afligido”.

Mi padre me contó que hace unos días alguien le trajo un copia impresa de este diario diciendo lo maravilloso que era. Mi padre sonrió, pero ni siquiera podía decir que eso había sido escrito por su hija.

Puedes ver el blog de Malala en el siguiente link: http://www.malala-yousafzai.com/

El documental «Class Dismissed: The Death of Female education» se puede ver en: https://www.nytimes.com/video/world/asia/100000001835296/class-dismissed-malala-yousafzais-story.html

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¿QUÉ LE ACONSEJARÍAS A ISIDORO?

El esfuerzo por mejorar en las virtudes se puede enfocar de muchas formas. Se puede plantear de forma negativa, tratando de erradicar un defecto. Aunque la experiencia de personas de todas las culturas y de distintas épocas, nos enseñan que es mejor plantear la estrategia de forma positiva. El esfuerzo por ser mejor se vuelve mucho más atractivo si nos planteamos ocupar nuestro tiempo haciendo el bien y avanzando mediante muchas acciones positivas en las virtudes que deseamos alcanzar.
Incluso, para los que ven presente un gran defecto en sus vidas, siempre se puede dar la vuelta al planteamiento. Buscar la virtud opuesta a ese vicio. Por ejemplo, si descubrimos que la pereza es nuestro principal enemigo, la estrategia de lucha sería trabajar la diligencia y el orden, por ejemplo. Al final se trata de fortalecer el amor natural que todos tenemos por el bien y por hacer cosas buenas.
También se puede plantear la estrategia descubriendo cuáles son las virtudes que tenemos más arraigadas. En este caso, se trataría de apoyarnos en esas cualidades buenas que todos tenemos para apalancar la mejora en los puntos que vemos como negativos. Los clásicos hablaban de que existía una «conexión» entre todas las virtudes. La «Conectio virtutum» se puede representar mediante el principio físico de los vasos comunicantes. Subir el nivel del agua en uno de los conductos, hace que todos suban de nivel. Si mejoramos en fortaleza, por ejemplo, diciéndonos que no a pequeños caprichos, esto repercutirá necesariamente en que mejoremos en amabilidad y en espíritu de servicio en los demás.
Tengo un amigo que hizo el test de 24 virtudes de Martin Seligman. Por razones de espacio no entraré a describirlo. Baste con decir que este prestigioso profesor de la Universidad de Pensilvania desarrolló una propuesta de clasificación de virtudes.
Vamos a llamar a este amigo Isidoro. El test consta de 240 preguntas. Está disponible en esta dirección: https://www.authentichappiness.sas.upenn.edu/es/user/login?destination=node/629 para acceder es necesario inscribirse mediante un usuario y un password.
Después del test, Isidoro encontró que sus cinco fortalezas, en orden de importancia, son las siguientes:

  • Curiosidad, interés por el mundo: Es un intenso deseo y motivación por explorar la información novedosa de nuestro alrededor.
  • Espiritualidad, fe, sentido religioso: La espiritualidad es la fortaleza más humana y sublime, consiste en tener creencias coherentes sobre un significado y una finalidad en la vida que trasciende nuestra existencia.
  • Amor por el conocimiento y el aprendizaje: Esta fortaleza psicológica es la que genera la motivación en las personas para adquirir nuevas habilidades, conocimientos o experiencias.
  • Sentido de la justicia, equidad: Esta fortaleza conlleva el desarrollo de habilidades para el consenso equitativo, la sensibilización con la justicia social, la expresión de compasión por los demás y la perspicacia necesaria para comprender las relaciones y obtener resultados equitativos.
  • Liderazgo: El líder es aquella persona que es capaz de influir en los demás. Es la referencia dentro de un grupo (ya sea un equipo deportivo, un curso universitario, una compañía de teatro, el departamento de una empresa, etc.). Es la persona que lleva “la voz cantante” dentro del grupo; su opinión es la más valorada.
    Estos son los valores o virtudes que están más directamente conectados con las necesidades de felicidad y trascendencia de mi amigo. Si solamente contáramos con esta información ¿Cómo le ayudarías a plantear un plan de mejora? Sería interesante que tomaras papel y lápiz e hicieras el esfuerzo por proponerle a Isidoro actividades y motivaciones que le ayudaran a explotar de mejor forma sus talentos.
    Se me ocurre que un plan de mejora podría ser:
  • Curiosidad, interés por el mundo. Esta fortaleza hace que se posea una gran inquietud intelectual. Se desea buscar conocimientos, se tienen hambres por saber de todo. Sin embargo, también se puede convertir en un defecto porque puede llevar a saber un poco de todo, a comenzar múltiples proyectos pero no tener la perseverancia para terminar ninguno. Yo le plantearía a Isidoro que tuviera un tiempo diario fijo de estudio. 15 minutos o media hora podrían bastar. Atención, me refiero a estudio, no lectura. La inquietud de saber se debe dirigir a profundizar no a saber poco de muchas cosas. Podrían haber muchas propuestas más pero me quedaría en esta para comenzar.
  • Espiritualidad, fe, sentido religioso. Es un aspecto muy positivo que puede dar una gran sentido del por qué y para qué de la vida. Sería interesante que Isidoro tuviera algunas momentos diarios para meditar y conversar con Dios. Tener esas prácticas y momentos definidos puede ayudar a ser constantes.
  • Amor por el conocimiento y el aprendizaje. En este momento, lo conectaría con lo propuesto al inicio. Más adelante sería interesante ver los puntos fuertes y débiles en la formación intelectual y Isidoro y hacer un plan de estudio y lectura de acuerdo a sus necesidades.
  • Sentido de la justicia, equidad. En esta línea le plantearía a Ignacio que desarrollara una iniciativa, solo una, en la que pueda colaborar para ayudar a personas que son víctimas de las injusticia, la pobreza o la marginación. Existen muchas posibilidades de voluntariado en las que podría colaborar. Más adelante, incluso se podría plantear a Isidoro que él mismo propusiera alguna iniciativa que genere impacto en su comunidad.
  • Liderazgo. Se ve que Isidoro tiene talentos para servir a los demás organizando y dirigiendo. Podría unir este talento con cualquiera de los puntos anteriores. Por ejemplo, que liderara un grupo de promoción social o de la cultura.
    Para simplificar el plan de mejora, tal vez valdría la pena comenzar con los puntos 1, 2 y 4. Obviamente esto es completamente opinable y desde luego, estaría sujeto a la disponibilidad de tiempo y a las preferencias del mismo Isidoro. Para que el plan avance, el mismo interesado debe ser el principal protagonista. Valdría también la pena que Isidoro contara con la ayuda semanal de un coach que le ayude a mantener el rumbo y la constancia.
    Desde luego, esto es solamente un ejemplo. Existen muchas alternativas para plantear la solución. Tal vez el puesto aquí se vea extremadamente simple, pero para mejorar de verdad, es mejor la constancia en pequeños propósitos que grandes esfuerzos que duran poco tiempo.

Si hicieras el test y me enviaras tus virtudes, estaría totalmente disponible para ayudarte a elaborar un plan similar.

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UNA RESPUESTA ADECUADA ANTE LA INJUSTICIA

Me gusta la siguiente historia porque es un ejemplo de misericordia y perdón. Muchas veces nos encontramos con acusaciones injustas y la tentación de devolver mal por mal está a la vuelta de la esquina.

Una forma de cambiar nuestra sociedad dividida por la intolerancia es atreverse a dar una respuesta novedosa. Que solamente podemos dar con la ayuda de Dios. Es más, para mí, una de las demostraciones de que Dios existe es que existen personas que son capaces de cambiar el odio por la misericordia.

Esta historia también nos enseña que las generalizaciones siempre son injustas. Ante los casos de abusos de menores por parte de algunos sacerdotes de la Iglesia Católica, se ha de ser claros y buscar la justicia. Pero también, respetar el debido proceso y partir de la presunción de inocencia. Cualquiera puede lanzar una acusación, pero cada caso es único. Y en atención a la justicia, debe ser investigado con objetividad.

A mediados de los años 90 el Cardenal Bernardín se vio acusado ante los Tribunales de Chicago por abuso sexual por un seminarista llamado Steven Cook.

Como él narra en su libro “El don de la paz” (The Gift of Peace) decidió enfrentarse a esta terrible acusación con la fe en la verdad, puesto que, de lo profundo de su corazón salían las palabras del Señor “La verdad os hará libres” (Jn. 8,32). Su primera reacción fue escribir una carta a su acusador en la que con su instinto de pastor, le pedía reunirse con él, pues estaba convencido de que tenía problemas, para rezar. Tras cien días de proceso judicial, que habían sido precedidos de una terrible campaña, protagonizada por la cadena “liberal” CNN, el Tribunal acordó, ante lo infundado de la acusación, archivar el caso.

El Cardenal decide no abrir uno nuevo contra el falso acusador porque “no quería disuadir a personas que verdaderamente habían sufrido un abuso sexual que continuasen con sus reclamaciones”.

Conocedor de la triste situación de su acusador, Steven Cook, enfermo de Sida, el Cardenal le encomienda en sus oraciones y busca la oportunidad de encontrase con él. A través de la madre Cook, recibe el mensaje de que éste lo desea. La entrevista tiene lugar el 30 de diciembre de 1994 en el Seminario “San Carlos Borromeo” de Filadelfia y Steven pide perdón al Cardenal y la conciliación desemboca en la celebración de una misa en la que Steven recibe de manos del Cardenal la unción de los enfermos. La reconciliación es perfecta, la realidad de la Iglesia como familia espiritual cobra todo su sentido. Steven Cook mantiene relación epistolar con el Cardenal y muere en casa de su madre el 22 de septiembre de 1995, totalmente reconciliado con la Iglesia Católica, diciendo que este era el regalo para ella.

La grandeza de esta conducta del Cardenal contrasta con la zafiedad con la que se presentó a la Iglesia Católica en este supuesto caso escandaloso. Después de aclararda la verdad, lamentablemente la heroica actitud del Cardenal no tuvo casi ninguna repercusión en los medios de comunicación. Las declaraciones del sacerdote que le acusó falsamente tuvieron una enorme cobertura mediática en todo el mundo, pero su retractación apenas fue difundida. El Cardenal Bernardín sufrió mucho con todo este proceso. A los pocos meses se le descubrió un cáncer de páncreas del que fue operado. Tiempo después el cáncer vuelve a manifestarse en el hígado. Tomó la decisión de rechazar la quimioterapia y vivir en plenitud los días que le quedasen hasta regresar a la morada del Padre. Finalmente, el Presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, le concedió la más alta distinción del pueblo norteamericano, “La medalla de la Libertad”, por su espíritu conciliador, entrega al prójimo y atención a los enfermos y menesterosos.

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MIEDO A DECIR LA VERDAD

Leí hace años un ejemplo que muestra cómo las personas se retraen de expresar su propia opinión ante la presión de un grupo. Es la llamada “paradoja de Abilene”. Fue narrada en 1988 por Jerry B. Harvey en su libro “The Abilene Paradox and other Meditations on Management”.

“Una calurosa tarde en Coleman (Texas), una familia compuesta por un matrimonio y sus suegros están muy animados jugando al dominó cómodamente a la sombra en su pequeño jardín. De repente, el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad distante 80 kilómetros. La mujer dice «Suena muy bien, una gran idea», pese a tener sus reservas porque el viaje promete ser largo y caluroso, pero piensa que sus preferencias personales no coinciden con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. No sé si tu madre tendrá ganas de ir.» La suegra después asegura: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no vamos a Abilene!». Así, todos de acuerdo, emprenden viaje. Hay mucho tráfico y mucho calor, por lo que el desplazamiento resulta largo y pesado. Cuando por fin llegan a Abilene, dan una vuelta por el poblado y no encuentran ningún sitio interesante para disfrutar, ni para hacer una parada. Entran en una cafetería y acaban disgustados por el mal servicio y la pésima comida. Finalmente deciden regresar y, después de varias horas de camino, están de nuevo en casa, totalmente agotados y decepcionados. A la llegada, uno de ellos, con cierta intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra explica entonces que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero apoyó la idea porque los otros tres parecían estar muy entusiasmados. El marido dice: «Vaya, pues yo solo fui para satisfaceros a vosotros». La mujer añade: «Pues yo igual, solo fui para agradaros. No me apetecía nada salir con el calor que hace». El suegro por último confiesa que él lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás lo estaban deseando. El grupo se queda perplejo por haber decidido en común hacer un viaje que ninguno de ellos quería hacer. Cada cual hubiera preferido quedarse sentado cómodamente en el jardín, como estaban, pero no llegaron a decirlo cuando todavía tenían tiempo para quedarse a disfrutar de la tarde allí.” (interrogantes.net)

En este caso, las consecuencias del temor a expresarse no son tan graves. Sin embargo, en otras ocasiones, las omisiones pueden significar la diferencia entre la vida o la muerte.

En su libro «Conversaciones Cruciales», Ron McMillan cuenta una historia en la que varios profesionales de la salud se abstuvieron de decir lo que pensaban. Tal vez por temor a quedar mal.

“Una mujer ingresó en un hospital para que le operaran de las amígdalas, y el equipo quirúrgico le amputó por error una parte del pie. ¿Cómo pudo suceder esta tragedia? En realidad, ¿cómo se explican las casi 200 000 muertes hospitalarias al año en Estados Unidos debidas a errores humanos?1 En parte, porque muchos profesionales de la salud tienen miedo a decir lo que piensan. En este caso, hubo al menos siete personas que se preguntaron por qué el cirujano intervenía el pie de la paciente, pero no lo manifestaron. El significado no fluyó libremente porque los involucrados tenían miedo de expresar lo que pensaban.” (Ron McMillan, Conversaciones Cruciales – Edición Revisada)

Es importante estar pendientes para que nunca los silencios nos coloquen en una situación de complicidad culpable. Que nunca los respetos humanos o el miedo al «qué dirán» nos cohíban de cumplir con nuestros deberes. Cultivemos la valentía que nos lleve a expresar nuestros pensamientos con respeto y naturalidad. Será una forma de conquistar la libertad.

PARA SER BUENOS

Debo a Alexander Solyenitsin una de las intuiciones más certeras que conozco sobre el hombre. El escritor ruso desterrado al archipiélago Gulag cuenta en sus memorias cómo un día, tras recibir una golpiza, tuvo un delirio de venganza. Imaginó que la situación se invertía. Que sus verdugos pasaban a ser presos y él, verdugo. Sintió de pronto cómo la maldad hacía erupción en su interior. Manaba a borbotones desde una oscura y hasta entonces desconocida fuente. Se vio a sí mismo, casi extasiado, desquitándose con extrema saña y crueldad. Entonces recapacitó y cayó en la cuenta de una tremenda e inquietante realidad: la línea divisoria entre el bien y el mal no está en el exterior. No podemos trazar una línea divisoria que separe a unos hombres de otros —los «buenos» y los «malos»—, sino que atraviesa de punta a punta el corazón de cada hombre.

Todos tenemos una lucha interior que define externamente lo que somos. Para ser buenos, hemos de saber que somos capaces de hacer las acciones más depravadas y perversas. Por eso, hemos de vigilar sobre nosotros mismos. De forma natural no deseamos hacer el mal, pero cuando lo cometemos, incluso esas acciones malas las podemos aprovechar para ser mejores.

En estos días un grupo de amigos fue a una excursión a un conocido lago de mi país. Alquilaron kayaks y comenzaron su alegre travesía. Después de un par de horas remando, uno de ellos notó que estaba entrando agua a su medio de transporte. Fue entonces que comenzó a pedir ayuda a sus amigos y regresar al muelle fue toda una odisea. Se tiró al agua, y entre varios compañeros intentaron sacar su canoa. Otro, un poco más liviano, se subió al kayak dañado y dejó el suyo al temeroso de perecer en el fondo de las aguas.

Al regresar al punto de origen, resultó que habían dado el kayak n. 4, el defectuoso, a mi amigo. El dueño de los alquileres de kayak dijo a sus compañeros de negocio: «cuántas veces les he dicho que no entreguen el kayak n. 4 ya que está en mal estado».

Cuando conté las historias contadas por mis amigos, pensé que a veces somos el kayak n. 4. Tenemos desperfectos, fallamos, cometemos errores. Pero, ¿cómo había sido la excursión sin el kayak n. 4? Tal vez una excursión como cualquier otra. Gracias al desperfecto, mis amigos vivieron mejor el compañerismo, el trabajo en equipo. Se interesaron unos por otros. Gracias al Kayak n. 4, mis compañeros tuvieron una historia interesante que contar por la noche. El desperfecto inesperado hizo que pasaran una gran experiencia.

Así pasa también en nuestra vida. Quisiéramos una vida perfecta y sin contratiempos. Pero las faltas y los errores son los que más nos sirven para mejorar. La humildad consiste precisamente en eso: aceptar nuestros errores, no perder la alegría y además sacar experiencia de ellos.

Para ser buenos hemos de saber que podemos ser malos, y que de hecho lo somos en diversas ocasiones. Pero ese conocimiento lejos de producirnos tristeza nos debe llevar a estar vigilantes, aprender de nuestras fallas y recomenzar de nuevo, siendo más conscientes de nuestra debilidad. El conocimiento de nuestra debilidad nos permitirá romper nuestra autosuficiencia y nos llevará a pedir ayuda. Este es otro aspecto importante de nuestra mejora personal. Nadie puede ser mejor si no cuenta con amigos con los que compartir sus problemas y dificultades. Recibir consuelo y ayuda nos permite mantener el combate contra nosotros mismos.

¿Qué hacer con nuestros defectos? No tomarlos tan en serio. En este deporte que consiste en ser mejores cada día es más importante levantarse que no caer. Así, aprenderemos a perder y a ganar. Adquiriremos la agilidad que da la humildad para reiniciar nuestra lucha por ser mejores, aprovechándonos de nuestras faltas diarias.

Gracias por acompañarme un día mas en este reto de 365 días de historias sobre virtudes.

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La regresión infinita del egoísta

Juan Carlos Oyuela

“No necesitamos tanto de la ayuda de nuestros amigos como de la confianza en esa ayuda.”

EPICURO DE SAMOS

En un artículo anterior, El conocimiento más útil en la ética, escribí sobre la necesidad del conocimiento propio y del examen personal para verificar si el rumbo que lleva nuestra vida es el adecuado. Debo reconocer que luego de publicado me quedó algo de inquietud porque podía dar la impresión de que hemos dedicar gran parte de nuestras energías a conocernos a nosotros mismos. La verdad es que el hombre, cuya vocación es al amor, cuanto menos se contemple más alcanzará hacer el bien a los demás y como consecuencia será mucho más feliz.

No digo que no hemos de examinarnos en tiempos concretos para hacer balance, pero es mejor centrarnos más en procurar pensar en los demás y en cómo servirles que estar atentos a mirarnos el ombligo.

El egoísmo tiene muchas consecuencias. Para empezar nos hace perder el tiempo, a olvidar y descuidar nuestro deberes. Si se mezcla con la imaginación pueden elaborar historias que nos torturan e incluso nos enfermen. La imaginación del egoísta se encarga de convertir granos de arena en auténticas montañas que aplastan.

Para aclarar a qué me refiero quizá nos sirva la siguiente cita:

«Hay un problema con el conocimiento psicológico: nadie puede aplicárselo a sí mismo. Las personas pueden ser extraordinariamente sagaces respecto a las carencias de sus amigos, esposas o hijos. Pero no tienen la menor percepción sobre sí mismas. Aquellas que ven con fría lucidez el mundo que las rodea no albergan más que fantasías en cuanto a su propia realidad. El conocimiento psicológico no sirve de nada si uno se mira en el espejo. Este extraño hecho, que yo sepa, no tiene explicación.

Personalmente siempre había pensado que la programación informática podía aportar cierta luz al respecto, concretamente un procedimiento llamado recursión. La recursión consiste en hacer que el programa entre en un bucle y vuelva sobre sí mismo a fin de utilizar su propia información para repetir un proceso hasta obtener un resultado. Se emplea la recursión para ciertos algoritmos de distribución de datos y cosas así. Pero debe usarse con cuidado o se corre el riesgo de que el ordenador caiga en lo que se conoce como una regresión infinita. En programación, es el equivalente a esos espejos de las ferias que reflejan otros espejos, y más espejos, cada vez menores, hasta el infinito. El programa sigue adelante, repitiéndose y repitiéndose, pero nada ocurre. El ordenador se bloquea.

Siempre pensé que algo parecido debe de suceder cuando las personas dirigen hacia sí mismas su aparato de percepción psicológica. El cerebro se bloquea. El proceso de pensamiento sigue y sigue, pero no va a ninguna parte. Debe de ser algo así, porque nos consta que la gente es capaz de pensar en sí misma indefinidamente. Algunos apenas piensan en nada más. Sin embargo, da la impresión de que la gente nunca cambia como resultado de una intensiva introspección. Nunca se comprenden mejor. Es muy poco habitual encontrar un auténtico conocimiento de uno mismo.

Casi se diría que uno necesita a otra persona para que le diga quién es o le sostenga el espejo. Lo cual, si uno se para a pensarlo, resulta muy extraño.

O quizá no lo sea».

Escribe esto de forma magistral Michael Crichton en su libro “Presa”. Todos tenemos a la vuelta de la esquina la tentación de querer construir nuestra vida de forma egoísta. Aparentemente es más cómodo aislarse y desentenderse de los demás, pero a la larga esta vida termina marchitando y amargando a cualquiera.

El egoísta está demasiado pendiente de recibir de los demás un trato que su supuesta “alta dignidad” merecería. Tristemente este camino le lleva de decepción en decepción ya que, según él, los demás siempre se quedan cortos en las alabanzas y muchas veces no se verá colocado en el pedestal que cree merecer. El egoísta entra en un “loop” interminable en el que se hundirá más y más, terminando por vivir solo y despreciado.

En relación con el tema, me gustó lo que leí hace tiempo en “egoísmo y amor” de Rafael Llano:

«El hombre vanidoso gusta de las personas y de las cosas cuando reflejan su propia imagen. El ser humano siente una atracción indeclinable por los espejos. No solamente por esas superficies de vidrio especialmente pulidas para reflejar imágenes, sino también por otro tipo de “espejos”: la opinión pública en que se refleja su personalidad, las tres líneas del periódico en que hablan de su persona, la mirada de los más próximos en que lee admiración… Sí, tal vez los espejos que el hombre más busca sean las pupilas de las personas que lo rodean, particularmente si estas son importantes. Parece que en vez de que ese hombre mire a los otros para descubrir sus necesidades —que es la mirada de quien sabe amar — , los mira apenas para descubrir lo que piensan de él: “¿Le gustó la figura que hice? ¿Le pareció interesante mi punto de vista, la agudeza de mi inteligencia, la firmeza de mis decisiones?…” Interroga a los otros, no acerca de ellos, de sus cosas, sino únicamente acerca de sí mismo, como si las personas le interesaran exclusivamente en la medida en que él mismo se refleja en ellas».

A la persona vanidosa, nada le provoca mayor placer que experimentar la agradable emoción de que todo se relacione con ella, de que a su derredor sucedan grandes cosas porque ella está presente. De que las circunstancias y los ambientes adquieran vida y vibración porque ella les confiere la voz y el brillo sin los cuales permanecerían miserablemente mudos y apagados. La vanidad encuentra también su espejo en las obras que salen de nuestras manos. Nos examinamos atentamente en ellas para ver reflejada nuestra propia perfección. Cuando nos satisfacen, nos demoramos contemplando en ellas nuestra belleza como la adolescente frente a su tocador; cuando nos desilusionan, nos entristecemos como la anciana señora que compara la imagen reflejada en el espejo con la fotografía de su juventud. Es tan importante el reflejo emitido por nuestras obras, que genera esa ansiedad, ese desasosiego e inquietud que se llama perfeccionismo. El perfeccionista no se resigna a ver su imagen menos brillante estampada en un trabajo incompleto, en una clase, en una publicación, en una cena festiva, en un trabajo manual o artístico, en una empresa cualquiera que no llegue a ser una obra maestra. Trabaja hasta el agotamiento, precisamente en aquello que más se cotiza en el mercado de la opinión pública. En esos trabajos es escrupuloso, preocupado, minucioso, diligente, exhaustivo. Y en otros, que tal vez son más importantes, y que nunca aparecerán en su currículum —como las tareas básicas del hogar, la educación de los hijos, el estudio de materias poco brillantes y más fundamentales, la lucha en los cimientos del alma por conseguir auténticas virtudes — , es indolente, lento, despreocupado y negligente. Así se explica la existencia de eso que podríamos denominar la pereza selectiva, la pereza que se manifiesta solamente ante las ocupaciones menos atractivas. Se trata de vanidad pura que, desmotivada por el anonimato y herida por la oscuridad, derrama por esa llaga abierta tedio, cansancio y modorra. El deslumbramiento del vanidoso —esa especie de elefantiasis personalista que lo coloca en el centro del universo— podría encontrar una imagen plástica en la figura mitológica de Narciso. Narciso era un joven extasiado por su propia belleza que, un día, al ver reflejado su rostro en las aguas de un lago, atraído por sí mismo, intentó abrazarse y murió ahogado. Es lo que sucede con este tipo humano: termina ahogado, asfixiado por el excesivo aprecio que siente por sí mismo. Yo, mis cosas, mis problemas, mis proyectos, mis realizaciones… Hay personas que solo parecen ver su propio rostro, que solo saben hablar de sí: sus pensamientos les parecen importantísimos y sus palabras son para ellas la música más melódica. Su verdad tiene que coincidir necesariamente con la verdad. Los otros deberán concordar con sus opiniones porque la razón indudablemente tiene que estar con ellas. La voz de los demás deberá ser como una resonancia de la suya. Si no fuera así, surgirá la discusión o la desavenencia. Y, después, un hombre así habrá de quejarse de soledad. Pensará que todos lo abandonaron, cuando en realidad fue él quien se aisló en su pedestal. Nadie soporta su presencia porque nadie se resigna a no tener voz, a ser simplemente eco. La soledad es el corrosivo que ahoga la personalidad narcisista. Gustavo Corcho, en Linóes do abismo, sintetiza el perfil de la personalidad del vanidoso cuando dice: todas las cosas, todas las opiniones “son como el espejo de su propia importancia, de su propio rostro, que para él es la grande, la única realidad en torno de la cual el mundo entero es un inmenso marco”.

En nuestras relaciones con los demás, en el matrimonio por ejemplo, la raíz de muchos problemas está en olvidar que nuestra vida ha de ser servir de la mejor manera y no tanto esperar ser servidos. De esta forma, nuestros talentos, lejos de envanecernos, se colocan en el lugar adecuado para enriquecer a otros y enriquecernos.

Servir a los demás. Dar sin esperar nada a cambio. De esta forma, nos pasaremos la vida alegres aunque en alguna ocasión veamos que no somos correspondidos.

¿Quiéres vencer a diario el egoísmo?

Apunta en tu agenda una lista de personas a las que quieres ayudar y piensa en ellas. Si lo haces con constancia, descubrirás muchas formas de ayudarles.

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Gracias por ser testigo de este reto de 365 días promoviendo las virtudes. Hasta mañana.

Un año de virtudes

Comienza hoy, primero de enero, el reto del 2019. Todos los días de este año estaré publicando un post relacionado con la mejora personal mediante la adquisición de hábitos buenos. El sitio se convertirá durante 365 días, en una auténtica caja de herramientas con toda clase de recursos sobre virtudes como el orden, el trabajo, la excelencia, la amistad etc.
Pondré a disposición historias, artículos, libros, biografías, retos, actividades, citas famosas relacionadas con una virtud.
Me interesa escuchar tus comentarios.

Juan Carlos Oyuela
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Juan Carlos Oyuela
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