en Educación, Religión

 

Ninguno que quiera dedicarse a la enseñanza debe olvidarse de su primera responsabilidad; estar constantemente aprendiendo y llenándose de aquello que quiera dar a otros. Para enseñar, más que hablar, se trata de escuchar mucho y aprender de todo. La transmisión de la fe, o de cualquier otra virtud, se realiza siempre por desbordamiento, por rebalse… solamente se da lo que se tiene. Y esto no a un nivel aceptable, sino que casi siempre de forma ejemplar y eximia. No basta vivir de las rentas pasadas, sino que ha de ser un empeño mantenido con constancia, a diario.

En mi experiencia docente me encuentro cada vez con más adolescentes a los que se les dificulta aceptar algunas enseñanzas de la Iglesia. El testimonio, que encontré en el excelente artículo El ateísmo juvenil y la educación cristiana me dejó pensando…

Yo creo que no se trata tanto de si crees en Dios o no, sino más bien de cómo lo haces. Fui a un colegio católico y hasta 3º de la ESO [educación secundaria] iba a misa todos los domingos; hasta llegué a recibir la confirmación. Ahora me considero atea; esta postura tiene muchísimas más causas de las que podría escribir aquí. En la universidad es un tema que sale en las conversaciones con mis compañeros cristianos. Mi amiga Ainhoa, por ejemplo, me comentó que ella es creyente, pero que no va a la iglesia porque vive su fe de otra manera más personal en su intimidad; describe su relación con Dios como más “privada” que la de otros que sí van a misa.
En ningún momento quiero decir qué está bien y qué está mal, pero uno de los motivos de mi deserción fue la incoherencia que veía. Se predicaba el amor, el respeto y la tolerancia, y yo no los veía en las personas que repetían ese discurso. Veía a veces malas caras e insultos hacia personas que no encajaban en el molde tradicional, vejaciones a las personas homosexuales y una aparente superioridad moral que estaba muy lejos de la humildad que orgullosamente exhibían como suya.
Me dolía también lo que sentía como autoritarismo, como imposición de que hay una manera establecida para relacionarte con Dios, y yo no lo veía así. Cada cual es persona y por ello, de alguna forma, única. Una relación tan importante como ha de ser la que tengas con quien consideras tu Creador, no puede ser rígida ni impuesta, igual que en cada familia es diferente la relación entre padres e hijos. […]
La religión cristiana pone sus bases en valores que en teoría son moralmente buenos, pero no estoy segura de si se llevan bien a la práctica. Creo que una forma de vida cuyo Mesías dijo “Amad al prójimo como yo os he amado” tiene que estar presidida por el respeto, incluso a personas que no piensan lo mismo. Y me repito: no lo veo en ningún lado. Lo que sí percibo son desprecios, miradas por encima del hombro, empatía solo hacia los que piensan igual, y falta de comprensión y de ganas de comprender hacia los que difieren. […] Creo que tiene que ser maravilloso tener algo que guíe tu vida, pero creo que debe estar guiado por el amor”.

Y como la virtud esencial, la que da forma a las demás es el amor, me pareció que la lección primordial, que nunca debemos olvidar los maestros, es aquella indicación mencionada por Jesús hace más de dos mil años: «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros…». Tal vez esto es lo primero que deberíamos examinar los que tenemos la misión de enseñar, ya sea en la familia o frente a un grupo de estudiantes. Más que un conjunto de conocimientos y lecciones, los jóvenes están deseosos de encontrar testimonios de vida creíbles y auténticos.

Deja un comentario