El mejor recurso para ser coherente

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Eres coherente cuando te empeñas en que exista correspondencia entre lo que dices y haces. Entre lo que piensas y dices. Como estás sumergido en una sociedad perfeccionista que rechaza los errores, puedes pensar que es imposible mejorar en coherencia, sobre todo porque constatas a diario que tienes defectos y que las cosas no te salen bien a la primera. La coherencia o autenticidad es compatible con los defectos y errores personales. El único requisito es que sepas rectificar en cuanto percibas que estás equivocado. Esto es difícil porque el orgullo y la soberbia, a veces, juegan malas pasadas. Te puede parecer que dar tu brazo a torcer es signo de debilidad. Ya lo decía un santo del siglo XX:

“La coherencia de vida no implica la ausencia de errores o faltas, sino la lucha por rectificar constantemente el rumbo (cfr. AD, 163-164).” (JOSÉ LUIS ILLANES, Diccionario De San Josemaría Escrivá De Balaguer)

Tus errores pueden ser de palabra, de acción o de omisión. Tal vez, uno de los aspectos de tu conducta más difíciles de dominar son las conversaciones. A veces por ligereza y falta de reflexión, o tal vez por mal hábito, dices mentiras. Una de las mejores formas que tienes para ser sincero es aprender a rectificar en seguida. A veces basta un comentario como “pensándolo bien, no es del todo exacto lo que dije” o “teniendo nuevos datos, lo que había dicho no es del todo correcto”. Dicha la mentira, para rectificar toma en cuenta el siguiente consejo:

“Si quieres que se te perdone el pecado, debes retractarte de tus palabras. Tienes obligación de acudir a cada una de las personas que te escucharon para rectificar tus afirmaciones.” (El Poder Oculto De La Amabilidad)

Lo habitual será que te esfuerces por hacer las cosas bien. Cometerás errores algunas veces, pero muchas veces harás tu trabajo de forma que recibas aplausos y felicitaciones. En esos momentos, también tendrás la necesidad de no dejarte llevar por la vanidad, atribuyendo equivocadamente, la totalidad del éxito. Para estas ocasiones, viene al caso una anécdota que leí hace algún tiempo:

“Un día preguntaron al gran guitarrista en quién pensaba cuando preparaba o daba un concierto. Narciso Yepes contestó sin reparos: —Yo toco para Dios. Y añadía: —Aunque a veces me olvido y he de rectificar, sobre todo en los aplausos. —¿Y le gusta a Dios su música? Y contestó el maestro: —¡Le encanta!” (Paso Haciendo El Bien)

Los santos también han cometido errores. El problema no son las equivocaciones en sí, que muchas veces son inevitables, sino qué hacemos con ellas. A las personas corrientes, un pecado o una falta le pueden sumir en el pesimismo o la tristeza. En cambio para un santo, los errores son ocasiones de confiar en la misericordia divina. Si te acostumbras a pedir perdón, cada vez que te equivocas, los errores te ayudarán a ser más humilde. Es la experiencia de san Josemaría Escrivá que:

“No ocultaba ese temperamento fuerte, pero se esforzaba por rectificar la intención y reconocía con buen humor: “El Señor se ha servido también de mi caratteraccio, de mi tozudez, para sacar adelante el Opus Dei”.” (JOSÉ LUIS ILLANES, Diccionario De San Josemaría Escrivá De Balaguer)

Este santo no ocultaba sus equivocaciones. Le servían para convencerse cada vez más de su pequeñez y al mismo tiempo de la grandeza del amor de Dios. Cuentan que en una ocasión:

“Una de las mujeres que formaron parte de la Asesoría Central fue testigo de cómo san Josemaría sabía rectificar. “Perdonad, me equivoqué; -no vacilaba en decir- me faltaba un dato y ahora, al tenerlo, pienso de otra manera”. “Os aseguro que rectificar quita lo agrio del alma”, comentó en otra ocasión” (JOSÉ LUIS ILLANES, Diccionario De San Josemaría Escrivá De Balaguer)

Cuando llevas los errores con humildad, en lugar de convertirse en un obstáculo para tu mejora personal, te sirven para ser más comprensivo con los demás. Reconocer tus errores y defectos, lejos de quitarte autoridad te volverá alguien más humano. Si estás en una posición en la que debes ayudar a otros a ser mejores, te servirá saber que no es necesario esconder los propios defectos:

“Eso no forma, eso genera rechazo porque se ve que es artificial. Lo que ayuda, lo que forma, es ver nuestra lucha alegre por mejorar, por procurar ir por delante y saber rectificar cuando nos equivocamos… porque nos equivocaremos y no una vez sino muchas…” (Antonio Pérez Villahoz, Formar Bien Es Posible)

Con el empeño por descubrir tus errores y el esfuerzo por rectificar, te volverás alguien atractivo para los demás. Si además, procuras querer de verdad a los que te rodean, los defectos no te separarán de ellos sino todo lo contrario. Para concluir:

“Si hay verdadero cariño a las almas, procuraremos luchar nosotros en nuestra mejora personal, en nuestro trato con Dios, y ese esfuerzo nuestro —muchas veces imperceptible— y esos errores que se ven y que procuraremos enmendar, serán muchas veces lo que atraerá a las almas a Dios, porque verán autenticidad en nuestras vidas, verán la alegría de rectificar, verán el deseo de ser mejores aunque muchas veces no lo logremos.” (Antonio Pérez Villahoz, Formar Bien Es Posible)

 

Juan Carlos Oyuela

 

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