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El retorcido egoísmo

Juzgar a otro es juzgarse a uno mismo.”

WILLIAM SHAKESPEARE

Me contaron que en una de las múltiples pruebas a las que son tan aficionados los psicólogos, pidieron a tres amigos que hicieran el retrato de uno de ellos, al que pidieron también un autorretrato. Una pintura mostraba a una persona seria, autoritaria, otro dibujó una figura triste, cansada y abatida. El autorretrato reflejaba a un sujeto apuesto, alegre, seguro de sí mismo… alguien totalmente distinto a la imagen que tenían de él.

El amor propio se encarga de que forjemos un alto concepto de nosotros mismos. El egocentrismo se muestra, por ejemplo, cuando nos buscamos en primer lugar en una fotografía, el mismo que se encarga de agigantar nuestros éxitos y retenerlos en la memoria para siempre y ese mismo sentimiento hace que padezcamos amnesia cuando de ver nuestros errores se trata. El egoísmo hace que seamos duros e injustos en nuestros juicios con los demás y al mismo tiempo, tiernos y complacientes con nosotros mismos.

Lo anterior, dicho de mejor forma, lo encontré en la siguiente cita: “Acostumbramos acusar al prójimo por las menores faltas cometidas por él, y a nosotros mismos nos excusamos de otras bien grandes. Queremos vender muy caro y comprar lo más barato posible… Queremos que interpreten nuestras palabras benévolamente y, en cuanto a lo que dicen de nosotros, somos susceptibles en exceso… Defendemos con extrema exactitud nuestros derechos y queremos que los otros, en cuanto a los suyos, sean mucho más condescendientes. Mantenemos nuestros lugares caprichosamente y queremos que los demás cedan los suyos humildemente. Nos quejamos fácilmente de todos y no queremos que nadie se queje de nosotros. Los beneficios que obramos en favor del prójimo siempre nos parecen muchos, mas estimamos en nada lo que otros nos brindan. En una palabra, tenemos dos corazones… uno -dulce, caritativo y complaciente-, para todo lo que nos concierne; y otro –duro, severo, riguroso-, para con el prójimo. Tenemos dos juicios: uno que mide oportunidades en favor nuestro, y otro para medir las del prójimo, igualmente en nuestro provecho… Y dos medidas; una grande para recibir, y otra pequeña, para pagar lo que se debe”.

El egoísmo se puede comparar a un cáncer que todo lo devora o a un inmenso pulpo que atrapa a las víctimas que caen en su radio de acción. Para el egoísta, todos han de ver las cosas desde su punto de vista, todo lo que es de su agrado ha de ser del agrado de los demás, su dolor ha de ser el dolor de todos, el criterio del “para mí” ha de ser el criterio del mundo entero.

El egoísta es el que echa la culpa de sus errores a todos menos a sí mismo: el calor sería el culpable de la pereza, el carácter de los demás el culpable de la falta de caridad, el exceso de trabajo el culpable de no dedicar tiempo a la familia, el profesor sería el responsable de una materia reprobada… Al moverse en el mundo de las justificaciones y de las excusas, el egoísta se cierra la puerta que conduce a ser mejor y al colocar la causa de sus desventuras en los demás o en lo externo renuncia a rectificar sus fallos.

Lee Iacocca, cuenta en su autobiografía uno de los consejos que le dio su jefe cuando trabajaba en la compañía Ford: “Ten siempre en mente que todos cometen errores. El problema es que la mayoría nunca admite que la culpa fue suya, por lo menos para remediarla: acusan a la esposa, al conserje del edificio, a los hijos, al perro, al tiempo, pero nunca a sí mismos. Por eso, si llegas a hacer una tontería, no me vengas con disculpas, ve primero a mirarte al espejo y después, ven a hablar conmigo” (Lee Iacocca, iacoccea, una biografía, Livraria cultural Editora, 1985, pag. 58).

Errar es de humanos, pero más “humano” es echar la culpa a los demás. Cuando reconocemos sin ambages que somos los únicos responsables de nuestras “metidas de pata”, hasta ese momento seremos también responsables de uno de los actos más nobles que podemos realizar; el saber rectificar con humildad.

El egoísmo se conoce tanto en el fracaso como en el éxito. En el fracaso, disculparse con excusas o caer en el victimismo cómodo del “yo no sirvo” y en el éxito hinchándose como el sapo ante el más mínimo triunfo. En ambos casos, el egoísta ve la realidad con los anteojos que la tiñen con el color del provecho personal, ya sea la comodidad  o el orgullo que desprecia a los demás.

En una ocasión leí que una persona inteligente se recupera enseguida de un fracaso mientras que una persona mediocre tarda mucho en recuperarse de un triunfo, ojalá que tengamos el suficiente sentido común y humildad para detectar nuestros egoísmos y procuremos ponerles remedio.

Empujar o tirar 

Charles Allen habla de una lección que aprendió de un pescador. El hombre acababa de pescar algunos cangrejos y los había puesto en una caja.

—¿Y los deja en una caja abierta? —preguntó Charles—. ¿No se le escaparán?

—No —respondió el hombre.

—Pero mire cómo se esfuerzan por ser libres.

El pescador sacudió la cabeza y sonrió.

—Hace mucho tiempo aprendí que cuando en un cubo hay al menos dos cangrejos, mientras uno intenta trepar al borde, el otro tira de él hacia abajo.

Hay mucha gente que tiene una manera de ver las cosas muy parecida a la del cangrejo. Cuando alguien sale para contar una historia en la iglesia o tocar una música especial, los cangrejos son muy críticos: “Se ha equivocado. Yo podía haberlo hecho mucho mejor”.

Cuando otra persona saca buenas notas en clase, los cangrejos, secretamente, esperan que falle en el siguiente examen. Haz que un cangrejo escuche un comentario amable sobre otra persona y le faltará tiempo para buscar algún reproche.

Los cangrejos siempre se están comparando con los demás. Quienquiera que empiece a subir es visto como una amenaza y los cangrejos solo son felices si pueden tirar de esa persona y arrojarla al fondo.

La única esperanza para los que son como cangrejos es olvidarse de sí mismos y buscar la posibilidad de dar a los demás un empujoncito o un poco de ánimo. Cuando eso suceda, no solo se sentirán mejor los demás, ellos también.

Por eso, anímense y fortalézcanse unos a otros, tal como ya lo están haciendo. 1 Tesalonicenses 5:11.

Renee Coffee (”El Viaje Increíble”)