El sentido cristiano del dolor

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Hace unos días, conversaba con una persona que dice no creer en Dios. Por cosas de la vida, está sufriendo en carne propia una serie de dificultades que lo tienen metido en un laberinto sin aparente salida. El dolor le tiene con los ojos puestos en sus propios problemas y cada día que pasa se siente con menos fuerzas para hacerle frente.
Es una realidad que todos; creyentes o no, altos o bajos, ricos y pobres, todos experimentamos el dolor en algún momento de nuestra vida. Día a día, y conforme pasan los años más, notamos nuestra condición mortal y nuestras propias limitaciones. Desde el punto de vista moral, también constatamos que no somos perfectos y que tenemos muchos vicios y errores que requieren perdón y curación. Aceptar nuestra condición de criaturas es fundamental para encontrar una explicación a nuestra identidad personal y hacer frente a esas limitaciones.
Si Dios es bueno ¿Cómo permite el mal y el dolor?, este es uno de los cuestionamientos más usado por los ateos y agnósticos para intentar demostrar la inexistencia de Dios. Este tema no tiene explicaciones fáciles. La verdad es que desde un punto de vista científico y racional no tiene respuesta. Se equivocan los que echan la culpa a Dios del dolor y los males del mundo porque olvidan la existencia de la libertad humana. Dios no es el creador del mal.
Los cristianos de los que no lo son es precisamente que ante el drama desolador del sufrimiento, los sin-Dios solamente encuentran en el mejor de los casos algo inútil, sin sentido. Fuente de tristeza y desesperación. En cambio, para nosotros los cristianos, Dios es el eterno amante. El Padre-Dios cristiano solamente trae bienes para sus hijos, igual que los padres de la tierra. Él es precisamente la causa de la vida, la libertad y el amor que todos ansiamos en lo más profundo de nuestro corazón.
Solo los cristianos pueden comprender que “La muerte es un proceso de sanación. En ese camino suceden cosas importantes, y el sufrimiento y el dolor suelen ser compañeros de viaje.” (Austen Ivereigh, Yago de la Cierva y Mons. Carlos Osoro, Cómo Defender La Fe Sin Levantar La Voz)
El cristiano saborea en ocasiones la tristeza y la desesperanza, sin embargo para él, hasta estas incomprensibles realidades adquieren un sentido. Igual que el médico aplica la medicina desagradable para alcanzar la salud, Dios permite los dolores que no coartan nuestra libertad, en vistas a bienes mejores.
El dolor, lejos de aislar en una rabiosa soledad, puede servir para solidarizarse y salir al encuentro de los que sufren. Para unos puede ser ocasión de instalarse en la autocompasión, para otros, puede ser la oportunidad de imitar a su Maestro que se hizo cercano, uno más entre nosotros. Y de esta forma enseñarnos a compartir esta realidad con generosidad.
La enfermedad, el sufrimiento y la muerte, bien enfocados, como el antídoto obtenido del mismo veneno, se convierten en medicina para enfocarse en lo verdaderamente importante. Estas realidades pueden ser maestros estupendos para colmar la vocación al amor. Por otra parte “Ofrece el dolor que hayas de sufrir en expiación por lo pecados – los tuyos y los de otros – y en beneficio de los que han sido injustos contigo.” (El Poder Oculto De La Amabilidad)
Intentar entender el problema del dolor es trascendental. Nos lleva a la esencia del cristianismo o nos aparta de él. La forma en qué una persona enfrenta el sacrificio demuestra si confía de verdad en un Ser supremo o no. Paladear el amor divino es la diferencia que brinda al que cree en Dios la posibilidad de transformar una experiencia dolorosa en fuente de alegría y paz.
Para un buen cristiano, Dios es el Dios del amor y la alegría. La confianza en Él le lleva a descubrir que su amor es el aceite que suaviza cualquier sufrimiento. Las dificultades no le apartan de su Padre-Dios sino todo lo contrario. El dolor, sobrellevado por amor es precisamente lo que le hace fuerte. Es el escudo que le protege de la desesperanza y le permiten alcanzar la plenitud definitiva en el amor verdadero.

 

Juan Carlos Oyuela

 

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