Felices 197 años

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Ayer escuchaba a un buen amigo historiador diciendo que 197 años es poco tiempo para un país. Comparados con otros de tradición milenaria, Honduras es joven y todavía en camino de aprendizaje y construcción. En ese momento recordé la costumbre de otro buen hondureño. Le bastaba con salir a las calles y darse cuenta de la tarea pendiente por hacer para colaborar en la constitución de una sociedad más justa y solidaria.
Experimento lo mismo a diario. Me basta con recorrer los pasillos llenos de jóvenes de la institución donde trabajo, para sentir sobre mis espaldas la dulce responsabilidad de encomendar a Dios las necesidades de cada uno y contribuir, dentro de mis posibilidades, a resolver sus necesidades. Lejos de añadir problemas y visiones pesimistas generalizadas, intento convertir el conocimiento de las dificultades en impulso para intentar ser elemento de mejora y no de queja estéril. Cuántas veces, conversar con uno y otro me ha llevado a repetirme que no es tiempo para la pereza o la inactividad. Estoy seguro de que esta es también una de las principales motivaciones de mis colegas docentes y de tantas y tantos que salen a las calles a diario, convencidos de que su trabajo y su empeño por mejorar son la mejor contribución para hacer de Honduras un país más justo y más libre.
Reconozcamos con honestidad, sobre todo los que ya tenemos algunos años recorridos; somos culpables de muchos de los problemas y deficiencias de nuestro país. Es verdad, existen factores externos, pero a quién si no a nosotros mismos se pueden achacar la falta de educación, la salud deficiente y la falta de valores de nuestros jóvenes. Reconocer estas deficiencias no para recriminarnos de forma estéril sino para suscitar la enmienda y la rectificación oportuna.
Salir a la calle y contemplar los problemas; los tenemos por docenas y a veces pareciera que crecen sin control, lejos de llenarnos de pesimismo, debería llamarnos a involucrarnos más, a formarnos más. No podemos olvidar; Honduras son sus personas y su engrandecimiento pasa por ayudarles a ser más libres, más conscientes de sus problemas y sobre todo más solidarios. Porque los problemas y dificultades siempre han existido y siempre existirán. Es más, estas carencias y retos son la materia prima para implicarnos en un proyecto común y haciéndolo, dejemos de lado las diferencias y construyamos entre todos el país grande que soñaron nuestros padres.
Es inútil para alguno platearse en mejorar a los demás si no comienza consigo mismo. Es en el corazón de cada uno donde se libran las principales batallas por desterrar el egoísmo y la división, principales problemas de Honduras. Mi experiencia me dice que podremos ver de forma correcta los problemas si nos esforzamos por desterrar primero en nosotros, la visión negativa y desesperanzada; otra triste característica de la personalidad de muchos hondureños. Pero esto exige esfuerzo y lucha por ser virtuosos. Esas virtudes personales nos vuelven capaces para percibir la belleza, incluso cuando esta sea una pequeña flor rodeada de espinas.
Dejar de mirarnos de forma exclusiva a nosotros mismos. Dejar de lado los intereses personales, el victimismo y la autocompasión. Salir a las calles, conversar y enterarnos de las necesidades de las personas de carne y hueso. Centrar nuestra atención en nuestros seres queridos e involucrarnos en procurar su auténtico bienestar. Este podría ser sin duda, el mejor regalo que podemos hacer a nuestra Honduras en sus 197 cumpleaños.
 

Juan Carlos Oyuela

 

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