en Sociedad, Trabajo

«¿podría hablarme de sus defectos?». Es una de esas preguntas en las entrevistas de trabajo para las que todos nos hemos preparado alguna vez. En la mayoría de los casos se recurre a alguna referencia políticamente correcta que dice algo sin decir nada. Una respuesta que comprometa lo menos posible y que al mismo tiempo refleje un supuesto aspecto positivo.
Además de las consabidas respuestas, alguna vez escuché: «mi problema es que soy perfeccionista. Tiendo a incomodar a los demás por mi exigencia desmedida». La sociedad del rendimiento en la que estamos, nos lleva a pensar que el perfeccionismo es un rasgo positivo e incluso deseable. En realidad se trata de una deformación que lejos de producir personas felices provoca una permanente insatisfacción y agotamiento.
Byun-Chul Han en su libro «la sociedad del cansancio» nos advierte «El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote»; sin embargo «la supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad», sino que uno mismo se abandona «a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo explotado».
El texto hace referencia a la hiper-responsabilidad, característica común de los perfeccionistas. Rasgo inofensivo, pero que si no se está atento, sería en cambio una señal de autoreferencialidad y de egoísmo. Detrás del cumplimiento acabado del deber, a veces, se esconden deseos de autoexaltación.
Buscar rendir al máximo en todo momento es colocarse en una carrera frenética que sitúa en «una tendencia de que ahora no solo el cuerpo, sino el ser humano en su conjunto se convierta en una «máquina de rendimiento», cuyo objetivo consiste en el funcionamiento sin alteraciones y en la maximización del rendimiento. (…) El reverso de este proceso estriba en que produce un cansancio y agotamiento excesivos. (…) el exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma».
Además de que es imposible no cometer errores, porque somos seres humanos, el temor al error nos impone una excesiva carga emocional que impide actuar con libertad. Sin libertad, es imposible estar a gusto. Se pierde con facilidad el sentido de las cosas. No es extraño que, en esta óptica de la vida, se maltrate a las personas, ya que lo importante son los resultados a toda costa.
Ben-Shahar Tal, en su libro «La búsqueda de la felicidad» menciona que «El antídoto al perfeccionismo es la aceptación de la realidad. Cuando no aceptamos el fracaso, estamos evitando las dificultades y el esfuerzo, y nos privamos de la oportunidad de aprender y madurar».
El camino es reconocer que somos personas limitadas, pero al mismo tiempo con una gran dignidad. Que valemos, y los demás también, no por lo que hacemos o por los éxitos alcanzados. En esta línea, sabernos y sentirnos hijos de Dios es el inicio del camino a la auténtica libertad interior.
Wenceslao Vial en su libro «Ser quien eres» menciona: “Luchamos por amor a nuestro Padre Dios, es en Él en quien tenemos fija la mirada y no en nosotros mismos. Conviene, por tanto, desechar la tendencia al perfeccionismo, que quizá podría surgir si planteáramos erróneamente nuestra lucha interior según unos criterios de eficacia, la precisión, el rendimiento…, muy en boga en algunos contextos profesionales, pero que desdibujan la vida”. Al final, el secreto es no olvidar que estamos hechos para amar, a Dios en primer lugar y a las personas que nos rodean. Todo lo demás únicamente es medio para esto.

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