Las excusas como indicadores de pobreza

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Me llamó la atención la noticia que circuló en este Mundial de fútbol de la selección japonesa. Después de su eliminación en el partido contra Bélgica, limpiaron su camerino y dejaron un rótulo escrito con la palabra “Gracias” en ruso. También dieron la vuelta al mundo las imágenes de los aficionados de este país recogiendo basura en las graderías y dando ejemplo de urbanidad a otros aficionados que les contemplaban atónitos. Manifestaciones de buena educación como estas no se improvisan. Es sabido que en el sistema educativo de este país se enseña a los niños desde pequeños a participar de la limpieza de su misma escuela. Con estos antecedentes, no es difícil caer en la cuenta que para el que está acostumbrado a vivir en la pulcritud, le resulta chocante, repulsiva, la basura en el suelo.

Comentábamos este suceso como manifestación de adelanto cultural en la clase de Sociología del Desarrollo a la que asisto hace dos semanas. Después de un agotador partido de fútbol, cualquiera se habría sentido eximido de este trabajo extra, que para muchos es incluso humillante.

Hablando del desarrollo humano en diversos países, caímos en la cuenta de que en muchos aspectos no se trata solamente de un asunto económico. Son admirables el combate frontal a la corrupción y la reforma educativa en Singapur, la medición del índice de felicidad como indicador de desarrollo humano en Bután y el crecimiento económico como punto de arranque para el desarrollo humano en Panamá.

Al contrastar estos casos con la realidad hondureña, la docente nos decía: “Los ciudadanos de Honduras vivimos de forma descontextualizada. Desconectados de la realidad”. “Tenemos una gran capacidad para la autojustificación”.

Mientras nuestra profesora hacía estos comentarios, vino a mi memoria el recuerdo de un sacerdote admirable que conocí hace más de veinte años. Era llamativa su reacción casi instintiva de rechazar las justificaciones. En una ocasión, alguien intentaba dar varias explicaciones con relación a un comportamiento equivocado. Le interrumpió de forma educada pero enérgica diciéndole: “No cambiarás hasta que aprendas a no justificarte”.

Regresé entonces con mi pensamiento a la clase para intentar encontrar la conexión entre las excusas y la pobreza.

Las justificaciones en cualquiera de sus estilos son una forma de salir siempre en caballo blanco. Son el intento de revestir y disfrazar con eufemismos los más claros errores y equivocaciones. Son el veneno que desvirtúa la realidad. Manifestación de conciencia deformada que asume como inevitables comportamientos inadecuados. El engaño perfecto que nos coloca en situación de privilegio y adorna con falsas circunstancias para eximirnos del cumplimiento de deberes y obligaciones. Las excusas son el sepulcro de los deseos de mejora. Adormecen la conciencia y causan acostumbramiento ante los errores propios y ajenos.

Las excusas, al ser la otra cara de la moneda de la pereza conectan directamente con la pobreza. Dar o aceptar excusas manifiestan el nivel de complicidad con la mediocridad. Que casi siempre también van acompañadas de otros indicadores de faltas de generosidad y responsabilidad; las críticas y las quejas.

Para salir de ese lamentable estado de pobreza, y colocarnos en la vía del desarrollo, bastaría con tomar como norma de vida el no dar ni recibir excusas de ninguna clase. Cargar con la responsabilidad de nuestros errores sin paliativos ni eximentes de ningún tipo. Llamar las cosas por su nombre; el robo es robo, la corrupción es corrupción, la pereza es pereza. Así, con un sano realismo de aceptar nuestra imperfección, pondremos los medios para cambiar.

 

Juan Carlos Oyuela

 

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