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Los propios errores y el relativismo

“Muchas veces nuestras faltas nos aprovechan más que nuestras buenas obras. Las grandes hazañas hacen engreírse a nuestro corazón y le inspiran una peligrosa presunción; mientras que los defectos hacen que el hombre entre dentro de sí mismo y le devuelven aquella prudencia que sus triunfos le habían hecho perder.” 

FRANÇOIS FENELON

 

Un vídeo que ha resultado viral, con más de doce millones de visualizaciones, describe un interesante experimento social que da mucho para pensar. Sin que ellos lo sepan, ponen a trabajar por parejas a personas con opiniones totalmente opuestas en temas tan controversiales como el feminismo, el calentamiento global y la ideología transgénero.

Mientras los involucrados siguen las instrucciones y realizan una construcción de madera en común, se hacen y responden preguntas en las que se dan a conocer el uno al otro. Al finalizar del trabajo en equipo, resulta que la estructura es un bar con dos sillas. Se colocan dos cervezas frías y ven un vídeo que explica la postura de cada uno en el tema controvertido. Luego suena un parlante con una instrucción: “pueden irse o quedarse para discutir las diferencias”. El escenario está servido. Las tres parejas del experimento, optan por quedarse a conversar.

La polarización de la sociedad moderna es una de las enfermedades que muestran cómo nos relacionamos unos con otros. Pareciera que, en casi todos los campos, la realidad está dividida en dos facciones irreconciliables; los de derecha e izquierda; los de arriba y abajo, los que están a favor o en contra de lo que sea. Cada uno, con una postura cerrada y autosuficiente, incapaz de cuestionar su propio esquema de ideas y pensamiento.

Esta dicotomía, pareciera que es manifestación de otra característica típicamente posmoderna; el relativismo. En esta postura, no existe verdad ni mentira absolutas. Todo adquiere su valor dependiendo del observador. Todo pareciera bueno, porque sencillamente no existe una medida objetiva con la que encuadrar las diversas situaciones de la vida. En este mundo de la subjetividad, cada uno establece su propia verdad que es válida en el propio reino, que, como una isla incomunicada, no tiene otros criterios o principios con los que contrastarse.

El rey que gobierna cada isla, es un fundamentalista al que le parecen bien todas sus ideas, simplemente porque no conoce otras. Vive en un sistema cerrado, en el que únicamente admite a otros que piensan como él y rechaza, o ridiculiza, a los incómodos que se atreven a disentir de su “maravilloso esquema” de pensamiento.

Para combatir esta soberbia intelectual a la que todos somos proclives, nada mejor que un viejo aforismo utilizado por Agustín, un grande de la antigüedad; “Si enim fallor, sum”. Podría traducirse como: “Si fallo, existo”. Cuanto más se razona esta expresión, más luces brinda al buscador de la verdad. Percibir las propias equivocaciones, manifiesta que existe un bien fuera de nuestra subjetividad. Una realidad que sirve de medida y contraste que indica una realidad objetiva y verdadera.

Considerar que somos falibles, que podemos cometer errores que, todavía ignoramos muchas cosas nos hace bajar del  pedestal que a veces nos construimos y nos pone con los pies en la tierra. Nos abre a la posibilidad de aprender de los demás y poner a prueba nuestras ideas mediante la comunicación con los “extraños” que no piensan como nosotros. Adquirimos así la riqueza de conocimientos de personas eruditas.

Los 10 mandamientos del relativismo

 

Analicemos la situación en unos pocos aforismos, que son lo mandamientos vigentes. El primero y más importante de todos, que los engloba a todos, que los resume y abarca a todos, es el siguiente:

  1. “En este mundo traidor, nada es verdad ni nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Ahora bien, la frasecita de Campoamor, que revela como ninguna otra el fin de las verdades absolutas, es la que incurre en la primera contradicción flagrante: nada es verdad ni nada es mentira… menos esta frase, este principio, este dogma aniquilador.
  2. “Prohibido Prohibir”, tradujeron los del mayo francés, una generación que continúa sin abandonar el poder. Ahora bien, si prohibimos prohibir, ya hay algo que sí está prohibido : prohibir.
  3. “Todo es opinable”, aseguran los hombres de la sociedad de la comunicación. Sí, todo es opinable; todo menos justamente eso : que todo sea opinable.
  4. “Los dogmas son inadmisibles”. Salvo justamente el que a acabo de enunciar, indemostrable pero de aplicación forzosa. En cualquier caso, el hombre siempre parte de un dogma para concluir, tanto en el pensamiento deductivo como en el inductivo
  5. “Libertad de pensamiento”. Muy cierto, pero dos más dos sólo son cuatro en base y por definición. Nadie comienza pensar desde cero, sino desde un eje de coordenadas que le viene dado. El pensamiento humano está sometido a reglas estrechas, que componen lo que se conoce como la ciencia de la lógica: no damos para más y no es para avergonzarse de ello. A fin de cuentas, mal de muchos…
  6. “Toda idea, principio o creencia es tan respetable como otra”. ¿Todas? No, porque la que acabo de escribir vale mucho más que cualquier otra y es acreedora del mayor de los respetos.
  7. “Eduquemos en libertad”. Pero eso es imposible: si concedemos libertad al alumno para someterse o rechazar la educación, seguramente optará por la libertad de no educarse, sobre todo si piensa en el sometimiento y el esfuerzo que implica el hacerlo. Lo único que importa es la tolerancia, no las ideas que se toleran. Es más, la misma libertad de expresión es un atentado contra la libertad ajena, en cuanto pude influir en el interlocutor.
  8. “No acepto aquello que no sea demostrable”. Pero ni tan siquiera puedo demostrar nuestra existencia. Lo empíricamente demostrable no alanza ni el 0,1% e lo conocimientos humanos. Tampoco puedo dar razón de mi existencia.
  9. “Lo que se ve, existe, y lo que no se ve, no existe”. Pero nuestros sentidos nos engañan. Además, de esta forma no existirían la lunas de Júpiter, ni el amor, ni el dolor, ni la belleza, ni el arte, ni la literatura… Además, ¿estamos seguros de que la vida no es sueño y ensueño no es la verdadera vida?
  10. “Nadie puede decir lo que está bien o lo que esta mal”. Pero esta política de no injerencia es buena en sí misma, así como sus numerosos desarrollos en forma de juicios morales, esos juicios que constantemente estamos pronunciando. Es más, si en algo creemos es en nuestras críticas al próximo o en nuestros halagos (en ésos menos, dado que resultan menos numerosos).

No me extraña que el hombre actual esté mareado. Sufre de vértigo intelectual y sus síntomas son: falta de personalidad, acentuada inseguridad en sus talentos. O sea, que el relativismo le ha llevado al complejo de inferioridad, a la tristeza: Porque el hombre puede ser bueno o malo, sabio o ignorante, pero lo que su propia naturaleza racional no puede aceptar jamás sin romperse en pedazos es vivir en la contradicción. El único velo capaz de ocultar la incoherencia es la locura. Y esa es, precisamente, la meta lógica de todo relativismo.

Extraído de hispanidad.com. Autor: Eulogio López – 20-09-2005