MIEDO A DECIR LA VERDAD

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Juan Carlos Oyuela

Leí hace años un ejemplo que muestra cómo las personas se retraen de expresar su propia opinión ante la presión de un grupo. Es la llamada “paradoja de Abilene”. Fue narrada en 1988 por Jerry B. Harvey en su libro “The Abilene Paradox and other Meditations on Management”.

“Una calurosa tarde en Coleman (Texas), una familia compuesta por un matrimonio y sus suegros están muy animados jugando al dominó cómodamente a la sombra en su pequeño jardín. De repente, el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad distante 80 kilómetros. La mujer dice «Suena muy bien, una gran idea», pese a tener sus reservas porque el viaje promete ser largo y caluroso, pero piensa que sus preferencias personales no coinciden con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. No sé si tu madre tendrá ganas de ir.» La suegra después asegura: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no vamos a Abilene!». Así, todos de acuerdo, emprenden viaje. Hay mucho tráfico y mucho calor, por lo que el desplazamiento resulta largo y pesado. Cuando por fin llegan a Abilene, dan una vuelta por el poblado y no encuentran ningún sitio interesante para disfrutar, ni para hacer una parada. Entran en una cafetería y acaban disgustados por el mal servicio y la pésima comida. Finalmente deciden regresar y, después de varias horas de camino, están de nuevo en casa, totalmente agotados y decepcionados. A la llegada, uno de ellos, con cierta intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra explica entonces que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero apoyó la idea porque los otros tres parecían estar muy entusiasmados. El marido dice: «Vaya, pues yo solo fui para satisfaceros a vosotros». La mujer añade: «Pues yo igual, solo fui para agradaros. No me apetecía nada salir con el calor que hace». El suegro por último confiesa que él lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás lo estaban deseando. El grupo se queda perplejo por haber decidido en común hacer un viaje que ninguno de ellos quería hacer. Cada cual hubiera preferido quedarse sentado cómodamente en el jardín, como estaban, pero no llegaron a decirlo cuando todavía tenían tiempo para quedarse a disfrutar de la tarde allí.” (interrogantes.net)

En este caso, las consecuencias del temor a expresarse no son tan graves. Sin embargo, en otras ocasiones, las omisiones pueden significar la diferencia entre la vida o la muerte.

En su libro «Conversaciones Cruciales», Ron McMillan cuenta una historia en la que varios profesionales de la salud se abstuvieron de decir lo que pensaban. Tal vez por temor a quedar mal.

“Una mujer ingresó en un hospital para que le operaran de las amígdalas, y el equipo quirúrgico le amputó por error una parte del pie. ¿Cómo pudo suceder esta tragedia? En realidad, ¿cómo se explican las casi 200 000 muertes hospitalarias al año en Estados Unidos debidas a errores humanos?1 En parte, porque muchos profesionales de la salud tienen miedo a decir lo que piensan. En este caso, hubo al menos siete personas que se preguntaron por qué el cirujano intervenía el pie de la paciente, pero no lo manifestaron. El significado no fluyó libremente porque los involucrados tenían miedo de expresar lo que pensaban.” (Ron McMillan, Conversaciones Cruciales – Edición Revisada)

Es importante estar pendientes para que nunca los silencios nos coloquen en una situación de complicidad culpable. Que nunca los respetos humanos o el miedo al «qué dirán» nos cohíban de cumplir con nuestros deberes. Cultivemos la valentía que nos lleve a expresar nuestros pensamientos con respeto y naturalidad. Será una forma de conquistar la libertad.

365 días con historias sobre virtudes. Biografías, libros, películas y toda clase de recursos con ejemplos para imitar.

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Juan Carlos Oyuela

 

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