PARA SER BUENOS

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Debo a Alexander Solyenitsin una de las intuiciones más certeras que conozco sobre el hombre. El escritor ruso desterrado al archipiélago Gulag cuenta en sus memorias cómo un día, tras recibir una golpiza, tuvo un delirio de venganza. Imaginó que la situación se invertía. Que sus verdugos pasaban a ser presos y él, verdugo. Sintió de pronto cómo la maldad hacía erupción en su interior. Manaba a borbotones desde una oscura y hasta entonces desconocida fuente. Se vio a sí mismo, casi extasiado, desquitándose con extrema saña y crueldad. Entonces recapacitó y cayó en la cuenta de una tremenda e inquietante realidad: la línea divisoria entre el bien y el mal no está en el exterior. No podemos trazar una línea divisoria que separe a unos hombres de otros —los «buenos» y los «malos»—, sino que atraviesa de punta a punta el corazón de cada hombre.

Todos tenemos una lucha interior que define externamente lo que somos. Para ser buenos, hemos de saber que somos capaces de hacer las acciones más depravadas y perversas. Por eso, hemos de vigilar sobre nosotros mismos. De forma natural no deseamos hacer el mal, pero cuando lo cometemos, incluso esas acciones malas las podemos aprovechar para ser mejores.

En estos días un grupo de amigos fue a una excursión a un conocido lago de mi país. Alquilaron kayaks y comenzaron su alegre travesía. Después de un par de horas remando, uno de ellos notó que estaba entrando agua a su medio de transporte. Fue entonces que comenzó a pedir ayuda a sus amigos y regresar al muelle fue toda una odisea. Se tiró al agua, y entre varios compañeros intentaron sacar su canoa. Otro, un poco más liviano, se subió al kayak dañado y dejó el suyo al temeroso de perecer en el fondo de las aguas.

Al regresar al punto de origen, resultó que habían dado el kayak n. 4, el defectuoso, a mi amigo. El dueño de los alquileres de kayak dijo a sus compañeros de negocio: «cuántas veces les he dicho que no entreguen el kayak n. 4 ya que está en mal estado».

Cuando conté las historias contadas por mis amigos, pensé que a veces somos el kayak n. 4. Tenemos desperfectos, fallamos, cometemos errores. Pero, ¿cómo había sido la excursión sin el kayak n. 4? Tal vez una excursión como cualquier otra. Gracias al desperfecto, mis amigos vivieron mejor el compañerismo, el trabajo en equipo. Se interesaron unos por otros. Gracias al Kayak n. 4, mis compañeros tuvieron una historia interesante que contar por la noche. El desperfecto inesperado hizo que pasaran una gran experiencia.

Así pasa también en nuestra vida. Quisiéramos una vida perfecta y sin contratiempos. Pero las faltas y los errores son los que más nos sirven para mejorar. La humildad consiste precisamente en eso: aceptar nuestros errores, no perder la alegría y además sacar experiencia de ellos.

Para ser buenos hemos de saber que podemos ser malos, y que de hecho lo somos en diversas ocasiones. Pero ese conocimiento lejos de producirnos tristeza nos debe llevar a estar vigilantes, aprender de nuestras fallas y recomenzar de nuevo, siendo más conscientes de nuestra debilidad. El conocimiento de nuestra debilidad nos permitirá romper nuestra autosuficiencia y nos llevará a pedir ayuda. Este es otro aspecto importante de nuestra mejora personal. Nadie puede ser mejor si no cuenta con amigos con los que compartir sus problemas y dificultades. Recibir consuelo y ayuda nos permite mantener el combate contra nosotros mismos.

¿Qué hacer con nuestros defectos? No tomarlos tan en serio. En este deporte que consiste en ser mejores cada día es más importante levantarse que no caer. Así, aprenderemos a perder y a ganar. Adquiriremos la agilidad que da la humildad para reiniciar nuestra lucha por ser mejores, aprovechándonos de nuestras faltas diarias.

Gracias por acompañarme un día mas en este reto de 365 días de historias sobre virtudes.

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Juan Carlos Oyuela

 

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