Proteger el matrimonio es defender a la sociedad

Rate this post
A lo largo del tiempo, existe un consenso universal de que el matrimonio es una institución natural, anterior al Estado. Interesa privilegiar esta unión del hombre y la mujer por los beneficios que comporta tanto para los implicados como para su descendencia. En casi todas las culturas, es visto como la única forma de fomentar vínculos heterosexuales, para toda la vida, que garantiza la adecuada crianza de los hijos. Lo anterior en un marco de una estabilidad que garantiza los compromisos que este asumen ante la sociedad.
El matrimonio (del latín: matrimonium) es una institución que crea un vínculo conyugal entre sus miembros. Este lazo es reconocido socialmente, ya sea por medio de disposiciones jurídicas o por los usos y costumbres. El matrimonio establece entre los cónyuges —y en muchos casos también entre las familias de origen de estos— una serie de obligaciones y derechos que también son fijados por el derecho, que varían, dependiendo de cada sociedad. De igual manera, la unión matrimonial permite legitimar la filiación de los hijos procreados o adoptados de sus miembros, según las reglas del sistema de parentesco vigente. Custodiar el matrimonio es de interés para el Estado por cuanto que es la institución que es originadora y educadora de los futuros ciudadanos.
No tengo nada contra los homosexuales, merecen todo mi respeto como personas, pero la ciencia no hace más que comprobar una y otra vez que la unión de dos del mismo sexo carece de las cualidades esenciales para que a esta unión se llame matrimonio. Es más, en los veintidós países donde se dio el paso de equiparar a las uniones heterosexuales con las del mismo sexo, los estudios no hacen más que remarcar de los efectos negativos en diferentes aspectos. La educación de los hijos es uno de ellos. El sociólogo estadounidense Paul Sullins realizó una encuesta a 512 niños con padres del mismo sexo, y los resultados de ese estudio fueron publicados en 2015. Los datos muestran que «los problemas emocionales se dan el doble de veces en hijos de padres del mismo sexo que en hijos de padres del sexo opuesto», y estos incluyen mal comportamiento, angustia, depresión, malas relaciones con sus compañeros e incapacidad para concentrarse. «Ya no se puede sostener», concluye Sullins, «que ningún estudio haya revelado que los hijos de familias del mismo sexo están en desventaja con respecto a aquellos pertenecientes a familias del sexo opuesto».
La familia, asentada en el matrimonio, no es producto del capricho de una minoría. Proteger el matrimonio significa salvaguardar a la familia y por ende, defender también a la sociedad. Austen Ivereigh menciona que “el matrimonio es una institución fundamental para la sociedad. El matrimonio es una institución de interés público, y el Estado la protege y le concede algunos privilegios (modalidades fiscales ventajosas; pensión de viudedad u orfandad; continuidad en arrendamientos y en otros contratos; etc.) por los beneficios que aporta a la sociedad: un ambiente donde la humanidad nace, crece, se forma y es cuidada en tiempo de enfermedad y de vejez. El Estado no le concede un estatuto especial por ser una relación sentimentalmente activa entre adultos, sino pensando en el futuro de la sociedad”.
No es de mi incumbencia que dos personas adultas decidan compartir sentimientos, bienes o tiempo. Pero el matrimonio no es cuestión de afectividades o de caprichos de una minoría. Como ciudadano, aspiro a que se respete la figura prescrita de forma clara en la Constitución Hondureña. No estoy de acuerdo con que algunos, con vistas a sus intereses particulares, propongan confusiones que irán claramente en detrimento del futuro de nuestra sociedad.
 

Juan Carlos Oyuela

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *