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Somos una mezcla de virtudes y defectos

“Cuanto más grandes somos en humildad, tanto más cerca estamos de la grandeza.”

RABINDRANATH TAGORE

Los buenos somos más. Escuche recientemente a alguien en los medios de comunicación usar este slogan. Por supuesto, tuve la inclinación casi automática de incluirme yo también dentro de ese grupo. Aunque no es del todo realista dividir a las personas en buenas y malas, somos muy inclinados a hacer divisiones. Los de la izquierda y los de la derecha. Los de arriba y los de abajo. Aunque la verdad es que la mayoría de las veces esos colectivos son artificiales y están creadas por personas interesadas en oponer a unos contra otros.

En una sociedad con tantos problemas crónicos y profundos, hace falta mucha valentía -o desconocimiento propio- para ubicarse en el lado de los buenos. Si los buenos fuéramos más, ¿quiénes son los causantes de las graves injusticias que vemos a diario?, y además ¿qué clase de bondad es esa que contempla con indiferencia la violencia y la muerte de tantas y de tantos? ¿Qué bondad es esa que se acostumbra a tanta desigualdad social?

Hace años, un conocido mío de gran corazón, me decía que no la pasaba bien al leer el periódico. Sentía en carne viva las noticias que implicaban asesinatos, robos, casos sonados de corrupción… cuando él me contaba esto yo pensaba, avergonzado, ojalá tuviera la misma sensibilidad. En una ocasión, ambos pasamos en diferentes momentos por una calle en donde una mujer extremadamente pobre había instalado su lugar de habitación. Vivía prácticamente a la intemperie, resguardada solo con unos cartones y unos cuantos trapos sucios. A pesar de haber pasado yo en varias ocasiones por este lugar, no había reparado en la nueva inquilina de la zona. A mi amigo le bastó pasar una vez para que inmediatamente me llamara por teléfono y preguntarme si acaso no le podría llevar yo un poco de comida y algunos ponchos de abrigo para que hiciera frente al frio de la noche.

Ya sea por acción u omisión, todos somos protagonistas de los aciertos y enfermedades de nuestra sociedad. En el caso de la corrupción, por ejemplo, no actúa de forma equivocada solamente el que ofrece un soborno sino también el que la recibe y además, los testigos mudos que hacen como que no ven ni oyen.

Es difícil que en un ambiente enfermo de indiferencia hasta los tuétanos, pueda instalarse cómodamente alguno sin hacer nada, o que tranquilice su conciencia con la ceguera del que no quiere ver tanta pobreza y miseria.

Los buenos somos más. Esta expresión me recuerda otra similar que podría recibir un análisis parecido y que es el título de un interesante libro: “Que los buenos no hagan nada”. En este caso, la frase resulta más imposible aún ya que es difícil calificar de bueno al que se deja atrapar por la inactividad. Una sociedad como la nuestra, con tanto que hacer por el bien de los más necesitados, requiere más que nunca de nuestra participación.

De forma indirecta, la expresión “los buenos somos más”, coloca en aprietos a los relativistas defensores de que la verdad y la justicia dependen del punto de vista de cada uno. Siempre, cuando hablamos de bondad o maldad, estamos abocados a reconocer la objetividad de un orden superior establece un orden y una calificación para estas dos realidades.

Constatar la existencia del bien y del mal, objetivamente, es una muestra más de la existencia de una ley que está fuera de nosotros, una ley que no nos hemos dado a nosotros mismos. Y como podrían decirnos los jurisprudentes, si existe ley, existe legislador. En mi caso personal considero que es un Dios amoroso y providente. 

La ingenua postura de Rousseau que define al hombre como naturalmente bueno es una y otra vez desmantelada por la historia. El hombre no es naturalmente bueno, tiende hacia el bien por supuesto pero contamos con una gota de mal dentro de nosotros. Los que piensan que el hombre es naturalmente bueno y la sociedad es la corruptora han de prepararse para continuos desengaños.

La experiencia también muestra con qué facilidad se pasa de un extremo al otro: de la fe ciega en una humanidad autosuficiente, sin necesidad de redención, a la más profunda decepción y desconfianza hacia todo lo humano. El pesimismo existencialista es el resultado de comprobar que cuando queremos bastarnos a nosotros mismos no nos alcanzan las fuerzas para procurar el bien al que estamos llamados.

La verdad es que no existen personas buenas ni malas en estado químicamente puro. Todos somos una mezcla de claroscuros; tenemos virtudes y defectos. Las virtudes son cualidades que hemos de agradecer y acrecentar con esfuerzo; los defectos representan imperfecciones y errores de personalidad que hemos de procurar erradicar. La constante pugna entre unas y otras nos recuerdan que no nos hemos de dormir en los laureles. Nadie está exonerado de luchar por ser mejor cada día.

Las imperfecciones personales, enfocadas con humildad, cumplen la valiosa función de comprender y a ser pacientes con los defectos ajenos. Pero, sobre todo, las imperfecciones personales nos ayudan a conseguir la mínima modestia de nunca auto colocarnos de forma imprudente entre los que se consideran “buenos”. Pensar que tenemos una virtud tampoco nos concede la autoridad de erigirnos en jueces para trazar una línea que separa a los buenos de los malos.

Los que más han luchado y sufrido por ser mejores tal vez nos contarían que nunca se les ocurriría ubicarse entre los buenos. Toda potestad y bien es recibido. Tal vez por conocerse mejor nos hablarían más bien de sus errores y de la misericordia divina que les ayuda continuamente a superar sus defectos. Ojalá aprendiéramos de ellos, pidiéramos la ayuda de Dios y de los que nos quieren, para que al final de nuestra vida seamos incluidos entre los que son buenos de verdad.

El caballero que pidió perdón

Érase una vez un despiadado caballero que durante toda su vida no había hecho otra cosa que sembrar la discordia, y causar dolor a cuantas personas habían osado cruzarse en su camino.

Un buen día, al levantarse, observó que le habían salido unas llagas purulentas y malolientes en la piel de todo su cuerpo. A medida que pasaban los días, las úlceras iban creciendo y creciendo. Asustado, decidió acudir al lago azul, famoso por curar todo tipo de enfermedades.

Agotado por el viaje, bajó de su caballo y se sentó en la orilla del lago. De pronto, emergió de las aguas una hermosísima ninfa que le preguntó:

—Poderoso caballero ¿qué has venido a buscar aquí?

El gentilhombre respondió:

—Hace tiempo que vengo sufriendo de terribles heridas que invaden todo mi cuerpo.

La ninfa le dijo:

—Báñate en el lago.

El hidalgo así lo hizo y, después de permanecer varios minutos en las frías aguas, salió. Y cuál fue su sorpresa, al comprobar que no había desaparecido ni una sola de sus llagas.

—¡Mira! -exclamó enfadado-: No he sanado.

El hada sin perder la calma le dijo:

—Tus llagas son el fruto del odio que llevas en tu corazón. Tan sólo el bálsamo del perdón puede curarte.

El aristócrata, enfurecido, montó de nuevo sobre su caballo y con premura se alejó de allí.

Pasó el tiempo y, un atardecer de verano, el caballero regresó de nuevo hasta el lago. La ninfa emergió nuevamente de las aguas y le preguntó:

—¿Qué has venido a buscar aquí?

El gentilhombre respondió:

—¿Es que no me reconoces?

El hada le observó con detenimiento durante unos minutos y le dijo:

—Han aumentado tanto las lesiones de tu piel que, de no ser por tu voz, jamás te hubiese reconocido.

El hidalgo, angustiado, exclamó:

—¡Ayúdame! Me he convertido en un monstruo repugnante, y sufro de terribles dolores.

La ninfa, con voz serena, le respondió:

—Las úlceras son el fruto del odio que anida en tu corazón. Tan sólo el bálsamo del perdón puede sanarte. El dolor que sufres, no es otra cosa que tu propio arrepentimiento.

El hidalgo, cabizbajo, montó de nuevo sobre su caballo y se alejó del lugar.

Pasó el tiempo y, un amanecer, llegó hasta el lago un apuesto joven.

La mágica dama emergió de las transparentes aguas y le preguntó:

¿Qué has venido a buscar aquí?

El joven respondió, a la vez que se dibujaba una gran sonrisa en sus labios:

—¿No me reconoces? Yo, soy aquel caballero lleno de úlceras que vino hasta ti para pedirte ayuda. ¿Me recuerdas ahora?

El hada, sorprendida, exclamó:

—De no ser por tu voz, jamás te hubiese reconocido. Te has transformado en un joven muy apuesto, me entusiasma comprobar que estás completamente sano.

El gentilhombre prosiguió:

—Vengo a darte las gracias, hermosa dama. Puse en práctica tu sabio consejo, y fui a pedir perdón a todos y cada uno de los seres humanos a los que un día hice daño. Por cada persona que me perdonaba de corazón, desaparecía una de mis llagas. Así, hasta curarme del todo.

La ninfa sonrió satisfecha.

—No tienes nada que agradecerme, lo has hecho todo tú solo. Yo tan sólo soy la voz de tu conciencia y el lago, el espejo donde veías reflejado tu interior. A partir de ahora, dedícate a hacer el bien y a amar a tus semejantes y, cuando quieras hablar conmigo, tan sólo tendrás que escuchar la voz de tu corazón.